miércoles, 22 de julio de 2009

Crisis del socialismo real: La izquierda conservadora

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Entre las características más sobresalientes de las revoluciones figuran la audacia para retar el orden establecido, la imaginación para idear fórmulas novedosas, el idealismo con que se proponen ambiciosas metas, la irreverencia con que asumen credos y tradiciones y el radicalismo con que critican el status quo. Todo eso y más, incluyendo un partido de nuevo tipo conducido por una élite dirigente fuera de serie existieron en la Revolución Bolchevique.

Inexplicablemente, en los siete años que corren entre 1917, fecha del triunfo de la revolución y 1924 cuando a la muerte de Lenin, Stalin se apoderó del poder, la dirección de aquel partido, constituida por unas decenas de cuadros de alto nivel que habían pasado por pruebas definitorias, acumulando meritos extraordinarios y que entonces no tenían cargos ni prebendas que defender, se tornó asustadiza y mansa, se plegó ante ilegalidades, manipulaciones y arbitrariedades, llegando a desoír las orientaciones del líder muerto para terminar siendo excluidos o liquidados físicamente por ordenes de Stalin.

En 1901, casi veinte años antes de alcanzar el poder, en el exilio, Lenin escribió ¿Qué Hacer?, ensayo que resume sus ideas esenciales acerca de lo que debía ser un partido de vanguardia. Se trata de su escrito más polémico y de los más contradictorios.

En su esencia más profunda el proceso de construcción del partido, era para Lenin el de creación de un estado mayor para conducir la revolución. No se trataba de una organización masiva ni de un aparato de poder, tampoco de una entidad electoral. Un estado mayor no necesita de la democracia y en su seno el debate político se concentra en las cuestiones asociadas a la táctica y la estrategia.

En ¿Qué Hacer?, trabajo que dio continuidad a su artículo: ¿Por Dónde Comenzar?, Lenin descartó toda opción reformistas, sobre todo cuando se asociaba a la democracia liberal y esclareció las confusiones teóricas de aquellos que creían en la espontaneidad del movimiento de masas y confundían las demandas económicas de los trabajadores, realizada por medio de los sindicatos, con la lucha por el poder, para lo cual se requieren no sólo otros instrumentos, sino una conciencia política que los trabajadores por si solos son incapaces de generar.

En la más honesta y sorprendente de sus percepciones acerca de la clase obrera, Lenin declara que el proletariado por si sólo no genera conciencia política, sino que esa conciencia le es introducida desde fuera, con lo cual, a pesar de casi cien años de esfuerzo de los teóricos soviéticos por demostrar lo contrario, todo quedó dicho: la clase obrera aporta la fuerza de la revolución y la vanguardia, integrada por elementos de la intelectualidad revolucionaria, su perfil. En vida de Lenin el esquema funcionó, pero no ocurrió lo mismo bajo Stalin.

Los años heroicos de los primeros planes quinquenales, de la colectivización de la agricultura y de la derrota del fascismo fueron también los de las grandes arbitrariedades que cesaron con la muerte de Stalin, sin que ello diera lugar a un renacer del espíritu de vanguardia de los bolcheviques.

La economía de la Unión Soviética creció consistentemente, sus hazañas espaciales asombraron al mundo, el partido llegó a reunir a 20 millones de militantes pero por razones inexplicables el Estado Soviético, el sistema político y el partido que lo encabezó, fueron incapaces para percibir y de resolver los déficit que lo hacían vulnerable.

Por el modo rígidamente vertical como fue estructurado, por sus normas de funcionamiento inflexibles y burocráticas y que virtualmente excluían la democracia y la crítica, el estilo de su dirección que ignoraba a las bases y confería toda las atribuciones para la elaboración de políticas y la toma de decisiones a los órganos dirigentes y por la férrea disciplina con que de modo acrítico era obligado a aceptar y defender las directivas de arriba, incluyendo aquellas con las que no estuviera de acuerdo, el Partido Comunista de la Unión Soviética, nominalmente heredero de los bolcheviques, que una vez intentaron encabezar la revolución mundial, se transformó en una colosal fuerza conservadora.

Al ejercer el liderazgo del movimiento comunista internacional que incluía a todos los partidos de orientación marxista del orbe, el Partido Comunista de la Unión Soviética, trasladó a la izquierda internacional aquellos matices conservadores que les impidieron maniobrar en los avatares y en las coyunturas de la lucha política en cada país y en cada momento concreto.

Aquellos polvos trajeron otros lodos. Decenas de millones de militantes, probados y forjados en la lucha, honestos y políticamente maduros, consagrados, fieles e incluso heroicos, fueron habituados a rumiar consignas e inhabilitados para la crítica y la iniciativa en nombre de la disciplina.

La disciplina que un día hizo del partido soviético el puño de acero de la revolución y un apoyo vital para el movimiento progresista mundial, al transformarse en obediencia, convirtió a la vanguardia, en un ente pasivo que no participó de la rectificación y fue excluido de la reforma del sistema que ayudó a construir y al que fue incapaz de defender y preservar.

Tan profundas fueron las deformaciones que la vasta y pesada maquinaria partidista, educada para acatar y obedecer y que hacía tiempo había perdido la combatividad revolucionaria que en su día caracterizó a la vanguardia bolchevique fue incapaz de reaccionar cuando, desde su propia cúpula burocrática, el país y el propio partido fueron disueltos.

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