miércoles, 22 de julio de 2009

De la ambigüedad del concepto pueblo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Bien, no hablemos de clases sociales porque los interesados en desdibujar los contornos del concepto "pueblo" quieren hacer del mismo un significado irreconocible. Y cuando hablo de interesados, me refiero a esos que predominan, que gobiernan, que son dueños del dinero, de las haciendas y de las empresas... esos que, en definitiva, constituyen la médula de lo que se llama plutocracia.

No hablemos, pues, de clases sociales y quedémonos sólo con la idea "pueblo". Pues bien, desde ella hay, como siempre a lo largo de la historia, dos clases de "pueblo": el dominante y el dominado; el opresor y el oprimido, el potentado y el rampante. Desde aquí se entenderán mejor las cosas...

Los caciques, los tiburones, el rey, los reyezuelos, los crasos, los sin conciencia, la aristocracia clerical, los soberbios y los desalmados constituyen la flor y nata del pueblo que detenta el poder verdadero en este país.

Prevaricadores, sujetos y objetos del cohecho, expertos en el fraude fiscal y en la demagogia, estudiosos del trapicheo electoral y del cinismo salen ahora (pero podían haber salido mucho antes) a la escena "nacional" como imputados y escarnecidos, los pobres, en virtud de las conspiraciones; conspiraciones a las que acostumbra el pueblo entresacando a los que, estando en lo más alto de la pirámide social, se enriquecen a costa del pueblo y abusan del pueblo aunque el pueblo sabe bien que al final todo se queda siempre e indefectiblemente en agua de borrajas...

Esas son las conspiraciones que nos duelen, las que hacen del ruido estruendo para que las consecuencias queden en nada; conspiraciones que debieran consistir en castigar no sólo judicialmente sino también electoralmente a los autores, a los cómplices y a los patrocinadores de la rapiña y de la prepotencia, pero en la que en lugar de retirar "el pueblo" el saludo a toda esa gentuza -ya que no les puede llevar a la guillotina-, acaba veleidosamente refrendando con su voto en sus escaños a toda esa canalla. Es este el modo en que todo ese deshecho de la ciudadanía termina saliendo fortalecida en las elecciones siguientes mucho más de lo que lo estaban.

Siga así el pueblo de sus clases medias o acomodadas que son las que al final prevalecen y configuran la democracia. Pero los que no pertenecemos a su casta no tendremos más remedio que seguir trabajando para que el pueblo noble los excluya de este concepto para siempre. Nos obligarán a seguir esforzándonos para que el pueblo muy rico, rico y semi-rico no prostituya al pueblo deprimido haciéndole ver que todos pertenecemos al mismo rebaño.

Por aquí, por este conducto, en tiempos en que se han ensanchado las franjas de gente acomodada en todo el mundo en la medida que avanza la depauperación de otras, nos llega la vileza de un pueblo, el norteamericano, que al estar compuesto el cuerpo electoral esencialmente por patricios, gente acomodada como a la que aquí me refiero, se encanalló al reelegir democráticamente a un monstruo a sabiendas que lo era. Lo que hacen ahora, aunque sea sólo a escala, en Valencia y en Madrid esos herederos del espíritu de la Roma antigua y bárbara.

Sea como fuere, el desfile de ladrones, de depravados y de villanos elegidos por "el pueblo" prueba hasta qué punto el ciudadano mísero, el ciudadano débil, el ciudadano sensitivo nada tienen que ver en democracia con los elegidos, con las elecciones y con la suerte de toda su nación; y mucho menos con la suerte del los territorios que habitan. No confundamos. A ver si quedan las cosas claras a propósito de la palabra pueblo y de todo lo que el significado arrastra consigo.

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