lunes, 6 de julio de 2009

De la ciencia y la practica política (Parte III)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Hace unos veinte años me contaron que un periodista interrogó al filósofo y político francés Regis Debray:

- ¿Cómo definiría usted a Fidel Castro?

- ¡Es un leninista!.

Ante tan lapidaria respuesta el periodista insistió:

- ¿Qué es un leninista?

- Un oportunista con principios, concluyó el interpelado.

Nunca supe si la anécdota era o no cierta y no definiría a Lenin ni a Fidel Castro de esa manera, aunque admiro la síntesis del autor para, con un símil que involucra a dos grandes actores políticos de los siglos XX y XXI, resumir ideas de gran complejidad y con máxima economía de recursos expresivos y exponer elementos esenciales de la teoría y la práctica política.

No se trata ahora de Lenin o de Fidel Castro que, como ocurre con todos los fuera de serie, son difíciles de encasillar en uno u otro calificativo, sino de un “recurso del método” para entender la política y sobre todo la dialéctica entre la táctica y la estrategia, la flexibilidad y la firmeza.

Entre las complejidades de la política figuran su anclaje a las coyunturas y su imbricación con el porvenir, su eterna relación con el poder y su existencia ligada a la lucha de clases y al consenso. Para ejercer con altura la política se necesitan, a la vez principios éticos y morales, habilidad para el cálculo, capacidad para ejercitar el sentido de la oportunidad, imaginación para idear fórmulas eficaces, incluso fantasía para imaginar a los hombres y al mundo como no son.

Para hacer política se requiere habilidad para leer los datos de la realidad, percibir las esencias de los fenómenos y procesos, grandeza y modestia para triunfar sin aniquilar a los adversarios y flexibilidad para perder hoy y ganar mañana. En política como recientemente dijera Lula: “Se hace lo que se puede.” Y cada oportunidad perdida, es un revés.

Debido a la complejidad de los procesos sociales que involucran intereses diversos y sensibles, principalmente económicos, en una escala que abarca a países, regiones y, en ocasiones al mundo, los líderes y los estadistas han de poseer cualidades excepcionales, entre ellas capacidad para identificar metas e implementar soluciones a largo plazo, a veces en períodos que superan sus expectativas de vida o la duración del mandato.

En esa dialéctica, lo más difícil es el momento en que circunstancias, previsibles o no, provocan un cambio de la perspectiva global y en breves plazos, a veces de modo urgente, es necesario introducir correcciones, asumir cambios bruscos, reorientar tácticas y estrategias y rectificar sin desmentirse

Así ocurrió hace algunos años cuando en los países de Europa Oriental y luego en la Unión Soviética el llamado “socialismo real” entró en una fase crítica, momento en que los líderes de turno maniobraron, unos para tratar de salvar al sistema y otros para precipitar su colapso.

El escenario de la política es la lucha de clases en cada país y a nivel internacional que, específicamente en América Latina, se expresó en las jornadas por la primera independencia, más tarde en el movimiento de liberación nacional, luego en la resistencia a las tendencias hegemónicas del imperialismo que establecieron el neo colonialismo y más tarde en la contradicción Este-Oeste.

Actualmente, con todo mezclado, la confrontación ocurre entre las fuerzas políticas avanzadas, convertidas en gobierno e integradas por una nueva izquierda que batalla contra los restos de las oligarquías y las aspiraciones hegemónicas imperiales.

El sorpresivo cambio operado en la política norteamericana con la llegada al gobierno de Barack Obama significa un desafío a la capacidad de la izquierda para ajustar no sólo el discurso sino las tácticas y, aunque es prematuro, probablemente también algunas estrategias.

En política nada es blanco y negro, en ninguna negociación se ofrece o se recibe todo lo que se quiere y al margen de criterios globales, cada vanguardia y cada estadista, en cada coyuntura, avanza o cede hasta donde puede.

En el terreno político, casi siempre la negociación es parte de la solución y no del problema y los “ramos de olivo existen”. Es verdad que a veces son parciales, vienen condicionados e incluso pueden estar envenenados, aun así no dejan de ser “ramos de olivo”.

Los Aliados que se negaron a pactar con los presuntos herederos de Hitler y reclamaron la rendición incondicional de Alemania y Japón, aunque ello significaba otros dos millones de bajas, los coreanos que negociaron con la mitad del país ocupado, los vietnamitas que fueron a las conversaciones de Paris con el sur de su país convertido en base norteamericana y gobernado por títeres y con el norte bajo las amenazas y las bombas, saben que el diálogo político con el enemigo es otra forma de librar grandes batallas.

Ver también:
- De las ciencias políticas (Parte II)
- De las ciencias políticas (Parte I)

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