lunes, 6 de julio de 2009

De la teoría y la práctica política (IV)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Recuerdo a un maestro que en cierta ocasión me corrigió cuando, al escribir sobre el triunfo de un candidato que apreciaba utilicé una fórmula manida: “Ganó por una mayoría aplastante”.

La objeción no provenía de una cuestión técnica asociada a la redacción o al lenguaje, sino de su creencia de que esa expresión, inconscientemente revelaba un matiz intolerante que niega el derecho de existir a las minorías. Las mayorías y las minorías, razonó, no sólo cohabitan la realidad sino que forman parte de las mismas entidades sociales, políticas o nacionales. Se puede aceptar que las minorías se subordinen a las mayorías, aplastarlas es ir demasiado lejos.

Según su credo, una sociedad sin minorías étnicas, culturales, religiosas e incluso políticas es una sociedad anómala y, al prescindir de ellas se corre el riesgo de prescindir también de algunas vanguardias. Las ideas científicas, sociales, culturales y políticas más avanzadas, así como los movimientos y los líderes que las impulsaban fueron en un tiempo minoritarias, incluso excluidas.

Naturalmente que existen también ideas y elementos reaccionarios que como cenáculos, grupúsculos, camarillas, mafias o entidades conspirativas confrontan a las mayorías, sin adquirir por ello el derecho a las prerrogativas inherentes a las minorías legítimas. Para distinguir unas de otras, además de sabiduría se necesita cierto olfato.

Por otra parte, tanto referido a los grandes procesos políticos como a asuntos más o menos cotidianos, las nociones de minoría y mayoría son relativas, entre otras cosas porque se trata de entidades formadas por ciudadanos políticamente activos con capacidad para optar y elegir entre más de una opción, respaldando o asumiendo ángulos, aspectos, medidas o consignas, no automáticamente sino de modo selectivo.

Ello es particularmente notable cuando se trata de procesos que como los grandes movimientos reformistas o las revoluciones pretenden cambiar al conjunto de la sociedad o a una parte apreciable de la misma. En esos casos suele ocurrir que las mayorías o partes de ellas, apoyan unas políticas más que otras. Es posible que unas mismas personas respalden las medidas económicas o sociales y asuman como suyos el curso político general y tomen distancia de enfoques culturales, legislaciones laborales, medidas de política exterior u otros asuntos.

Raras veces los procesos políticos, eventos de enorme complejidad, son percibidos como “paquetes” que se toman o se dejan en su totalidad, sino que por involucrar a decenas, a veces centenas de millones de personas, se distinguen por tratar de lograr una identidad en temas esenciales, ofreciendo márgenes para escogencias en una gran diversidad de asuntos. Se puede ser socialista sin ser ateo, creer en el marxismo sin asumir el realismo socialista e incluso ser un negociante y pertenecer a un partido comunista.

Ocurre así porque la conciencia social no es un todo uniforme ni una suma un equilibrio de lo diverso derivado de circunstancias materiales, trayectorias históricas, desenvolvimiento cultural y otra multitud de factores objetivos y subjetivos. Pretender que la mayoría asuma con uniformidad absoluta los criterios de la vanguardia, los sostenga como “una concepción del mundo”, lo apoye todo, a todas horas y durante todo el tiempo, es lo más parecido a pretender un pensamiento único, cosa que peca de maximalista.

Lo que suele ocurrir es que los líderes presentan a seguidores, electores o militantes plataformas constituidas por lineamientos políticos generales y trabajan para, en torno a ellos, generar consensos capaces de cohesionar a la sociedad, sin afectar la diversidad de criterios y puntos de vista de los individuos, los grupos sociales, las congregaciones religiosas y multitud de otros elementos.

Tal vez uno de los defectos del modelo conocido como socialismo real, implantado en la Unión Soviética y Europa Oriental fue tratar de alcanzar una homogeneidad ideológica, no sólo en el seno del partido único, sino incluso a escala de toda la sociedad y llevarla al absurdo de pretender que todos coincidieran no sólo en las convicciones políticas, sino también acerca de la religión, el arte, la literatura y la moda.

De la Revolución Bolchevique a la fecha, todos los grandes movimientos políticos promovidos desde la izquierda, incluyendo las luchas de liberación nacional, los movimientos patrióticos, la confrontación con las dictaduras, las expresiones antiimperialistas han sido hostilizados, no sólo desde el interior de cada país por las oligarquías, sino desde el exterior con todo el inmenso poderío de la reacción mundial, especialmente de los Estados Unidos.

Las circunstancias asociadas a esa opulenta confrontación han generado esquemas de polarización extrema que han alterado profundamente la dialéctica entre minorías y mayorías y forzado el papel de los lideres que no pocas veces, para lograr la supervivencia de los procesos y lograr su avance, son obligados a girar contra instituciones, teóricamente idóneas pero que en manos de la reacción devienen su contrario.

Se trata de la historia muchas veces repetidas de los parlamentos y los poderes judiciales que en los momentos definitorios se olvidan de la separación de los poderes y se alinean todas junto a oligarcas y opresores en defensa de gobiernos y candidatos impopulares, incluso como ahora ocurre en Honduras con los golpistas.

En estudios y reflexiones de esta naturaleza, no debe perderse de vista, sobre todo en la América Latina actual que, tras el candido y victimizado rotulo de minorías, se refugian los restos de las clases derrotadas que aunque son menos numéricamente, disponen de más dinero, cuentan con el respaldo del imperio y la reacción mundial, ejercen el control de los medios de difusión, poseen las grandes empresas, la tierra y tienen de su parte a diputados, magistrados, obispos y generales.

Es cierto que entre la teoría y la práctica política median diferencias sustanciales y que algunos puntos de vista académicos no resisten la confrontación con la realidad. No obstante es bueno conocer lo uno y lo otro.

Ver también:
- De las ciencias políticas (Parte III)
- De las ciencias políticas (Parte II)
- De las ciencias políticas (Parte I)


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