martes, 14 de julio de 2009

De la teoría y la práctica política (Parte VII): Caminos e identidades

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Estados Unidos es una superpotencia y el único país desarrollado con pasado colonial y China a punto de convertirse en la segunda economía mundial es todavía un país del Tercer Mundo que alterna entre el G20, el G8, el Grupo de los 77 y aparece entre las naciones no alineadas. El socialismo que estancó la economía de la Unión Soviética y Europa Oriental, en cambio catapulta al gigante asiático de la retaguardia a la cabeza de la economía mundial.

Después de 70 años de esfuerzos en la Unión Soviética y de cincuenta en los países de Europa Oriental, espacios en los cuales hubo derroche de heroísmo colectivo, audacia y también enormes errores, el socialismo colapsó, tal vez no porque fuera inviable, sino porque era un intento prematuro, porque aquellos no eran los caminos y porque el modelo soviético, no sólo económico sino también político e ideológico, impuesto de un país a otro, no era apropiado.

Recuerdo que cierta vez, hace mucho tiempo, en Cuba un compañero tuvo que responder por haber afirmado en clases que: Suecia, Noruega y Holanda eran tan socialistas como Hungría, Rumania y Polonia. Todavía hoy, en esos mismos círculos, la idea de una aproximación al socialismo, que aparece como resultado del desarrollo capitalista, es rechazada. No importa que Lenin haya dicho que: “El socialismo es universal por su contenido y nacional por su forma”.

A propósito, raras veces se recuerda que intentando salvar al socialismo soviético que ya en 1920 estaba en crisis, Lenin concibió la Nueva Política Económica, basada en el establecimiento del “Capitalismo Monopolista de Estado”. Debido a que el experimento no se desplegó y Lenin murió, nunca se supo si el resultado hubiera sido un socialismo diferente o un nuevo tipo de capitalismo.

Tampoco, al tomar a China como paradigma, se reconoce que allí el socialismo sobrevivió y avanzó porque Deng Xiaoping se apartó resueltamente del modelo soviético, abandonó las comunas populares, las haciendas colectivas y la estatización absoluta, abrió espacios al capital extranjero y a la iniciativa económica de los nacionales y los emigrados, ajustó criterios para compatibilizar la planificación con el mercado y, en materia de política internacional, aplicó un inequívoco pragmatismo.

A diferencia de lo ocurrido en la Unión Soviética donde desde 1924 el partido comunista y todos los resortes del poder político fueron controlados por Stalin y luego, en lugar de apoyar a Kruzchov y convertir la desestalinización en un proceso rectificador, actuaron conservadoramente, en China el Partido y el Estado usaron y utilizan su poder para respaldar y asegurar la continuidad de la línea reformista.

El fondo del asunto pudiera estar en que, como sugiere Marx, todo sistema social es una combinación de base y superestructura y que si bien las relaciones de producción aportan el perfil del sistema, es en la superestructura donde, mediante el diseño del sistema político, la regulación de las funciones del Estado y la adopción de las leyes, se moldean las relaciones sociales y las normas de convivencia.

En todas partes el capitalismo tiene las mismas bases económicas, idénticas formas de propiedad y la estructura clasista es aproximadamente la misma, sin embargo, los rangos de eficiencia son abismalmente diferentes en los países desarrollados y América Latina respecto a Europa y los Estados Unidos.

Aunque existen fenómenos históricos que condicionan cualquier análisis, las diferencias no provienen del modo de producción, sino del ejercicio del poder político, de la actuación del Estado, del funcionamiento de las instituciones y del respeto por las leyes. Precisiones aparte, en unos lugares el Estado sirve a la sociedad y es garante del bien común y en otro es un instrumento de la oligarquía o, como ocurrió en los países del socialismo real, de la burocracia

Tal vez de la incomprensión de esa dialéctica emana la confusión de quienes opinan de que en el Tercer Mundo, donde existen naciones que aun no han rebasado la tribu, millones de personas son excluidas y los sistema políticos son controlados por oligarquías antediluvianas, para mejorar el desempeño de una sociedad, imponer la justicia social, aplicar políticas sociales apropiadas, luchar contra la pobreza, el hambre y la insalubridad, es preciso comenzar por cambiar el sistema, cuando a veces, basta con cambiar el gobierno.

Tal vez en algunos de esos países, donde las tareas inmediatas se asocian a la solución de problemas económicos y sociales vinculados a la lucha contra el hambre, el analfabetismo y la exclusión, no se trate de destruir el Estado capitalista, sino de apoderarse de sus resortes y utilizar el poder que ello confiere para reorientar la economía, avanzar hacía una distribución más justa de la riqueza social e imponer la justicia social. Probablemente, entre la situación actual de la América Latina y el socialismo, también se requiera de un periodo de transición.

En cualquier caso no hay manera de encontrar en Marx y tampoco en los clásicos del liberalismo una orientación al respecto, debido a que sus referentes teóricos e históricos se ubicaron relacionaron con el capitalismo desarrollado de la Europa de su época y a que su escasa información sobre los vastos espacios del ahora llamado Tercer Mundo, les impidieron adelantar ninguna conclusión científicamente útil. No queda otra alternativa que crear. ¡Hágase!

Ver también:
- De la teoría y la práctica política (Parte VI)
- De las ciencias y la práctica política (Parte V)
- De las ciencias y la práctica política (Parte IV)
- De las ciencias y la práctica política (Parte III)
- De las ciencias y la práctica política (Parte II)
- De las ciencias y la práctica política (Parte I)


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.