lunes, 27 de julio de 2009

De la teoría y la práctica política (Parte VIII): La práctica teórica

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Según experiencias personales, los estudiantes de matemáticas y física, comprenden mejor las explicaciones teóricas sobre ciertas leyes rectoras de la historia y del funcionamiento de la sociedad. No se trata de que tales estudios los atraigan, sino de que están mejor entrenados para razonar de modo abstracto.

Al explicar que toda la estructura social en cualquier época histórica se reduce a dos categorías: base y superestructura, es frecuente que alguno pregunte: ¿Dónde está la base y dónde la superestructura?”. Lo mismo ocurre respecto a conceptos como “Ser y Conciencia Social” y otras parecidas.

A diferencia de quienes se desenvuelven como pez en el agua en los ámbitos abstractos, otros estudiantes que necesitan de representaciones más concretas o coloridas, resultan insatisfechos o desconcertados cuando se le comenta que las categorías o los conceptos de las ciencias son creaciones ideales y que como tales, no existen como entidades materiales y que, en sentido estricto, se trata de herramientas para entender la realidad y no la realidad misma.

Esa es la razón por la cual, Hegel, Marx o Einstein, no necesitaron otra cosa que papel y pluma, pizarra y tiza para, con sus inteligencias prodigiosas, desentrañar fenómenos tan complejos como las bases de la historia humana o la reacción en cadena y extraer conclusiones de valor, décadas e incluso siglos antes de que sus hallazgos fueran de alguna utilidad práctica.

Si bien Marx no podía reproducir a escala una revolución ni Einstein recrear una explosión nuclear; usando esas y otras categorías científicas construyeron modelos teóricos, los hicieron funcionar en sus cabezas y los mostraron al público entendido que, comprendieron o no sus tesis, entre otras cosas por su capacidad para adentrarse en una dimensión gnoseológica denominada conocimiento teórico o científico, donde impera la abstracción pura y las sensaciones carecen de vigencia.

Transitando por estos razonamientos, que parecen absurdos y tal vez lo sean y que de alguna manera desafían la muy estimada e inexacta cognición sensorial, una estudiante me emplazó a probar mis razonamientos en la “práctica” y, llevando las cosas al extremo, dijo retadora: “Si el profesor tuviera razón, la lucha de clases sería una metáfora y no el motor de la historia”.

- En efecto, tienes razón, en términos estrictamente científicos - afirmé yo - la idea de la lucha de clases es una metáfora, un recurso metodológico que permite construir modelos teóricos abstractos para, a escala de laboratorio, explicar científicamente ciertos procesos sociales. Con ese recurso, sin salir de la biblioteca del Museo Británico, pudo Marx comprender la dialéctica del devenir histórico y crear las bases de la sociología cientifica. Mediante tales ejercicios se crean los conocimientos. A esos procesos Louis Althusser denominó “práctica teórica”.

De lo que se trata insistí, es de disponer de herramientas teóricas y metodológicas para comprender la historia en su conjunto, percibir lo esencial de las grandes épocas que sirven de escenario a los procesos concretos y asumir cada anécdota, no como accidentes o sucesos aislados, sino como momentos del proceso histórico en su conjunto.

Los cambios que se registran en la América Latina de hoy no son hechos fortuitos que obedezcan a actitudes individuales, sino el resultado de la maduración de condiciones históricas que hacen propicios y necesarios cambios estructurales económicos y políticos profundos, que transitan por procesos concretos encabezados por fuerzas sociales específicas y líderes apropiados.

Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Correa, Fernando Lugo, Lula da Silva y otros que debutan o debutarán, no hacen la historia sino al revés: la historia los hace a ellos y los habilita para conducir a sus pueblos hacía nuevas y más elevadas metas, con cuyo cumplimiento la historia no termina sino que cada vez vuelve a comenzar. Naturalmente no hablo de eventos místicos, sino de determinismo científico.

Con voluntad y talento, forjando alianzas y consensos viables, los líderes legítimos influyen en la maduración de las condiciones objetivas y subjetivas, hacen avanzar los procesos sociales, incluso pudieran llegar a “quemar etapas” y conducir la historia por atajos; lo que no pueden hacer es ignorar que esas capacidades tienen límites y que, del mismo modo que la historia abre posibilidades, también crea condicionantes y limitantes que no son hechos fatales sino paradigmas que indican hasta dónde se puede avanzar.

Las revoluciones no son hechos sino procesos que se despliegan en el tiempo, avanzan de hito en hito, no en un sentido recto y lineal de progresos constantes, sino mediante una línea quebrada, en la cual hay momentos de aceleración y también de retrocesos. Ninguna generación revolucionaria puede proponerse alcanzarlo todo ni proponerse aquello que corresponde hacer a otras y en ningún proceso los jóvenes son afortunados herederos llamados a una plácida existencia en la cual disfrutarían de la obra de sus mayores.

Comprender esas esencias y actuar en consecuencia es un indicativo de la madurez de los liderazgos. “Los líderes - ha dicho Fidel Castro - surgen cuando no hay líderes…”

Ver también:
- De la teoría y la práctica política (Parte VII)
- De la teoría y la práctica política (Parte VI)
- De las ciencias y la práctica política (Parte V)
- De las ciencias y la práctica política (Parte IV)
- De las ciencias y la práctica política (Parte III)
- De las ciencias y la práctica política (Parte II)
- De las ciencias y la práctica política (Parte I)

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