martes, 7 de julio de 2009

El nuevo orden internacional en gestación tropieza en Honduras


Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

El avión que traía de regreso a Manuel Zelaya a Tegucigalpa terminó descendiendo en El Salvador. Un contingente militar hondureño impidió el aterrizaje mientras comenzaba la balacera en los alrededores al aeropuerto dejando un muerto al menos y cerca de 30 heridos, según MSNBC.

En ese avión podrían haber estado la presidenta argentina Cristina Fernández, y los presidentes Fernando Lugo de Paraguay y Rafael Correa de Ecuador.

De haber aterrizado con ellos, el episodio de presión o negociación como quiera llamársele, habría llegado a su límite máximo comprometiendo las vidas de varios mandatarios. Es un hecho sencillamente inédito.

Las nuevas autoridades que rechazaron la mediación del Secretario de la OEA José Miguel Insulza para el retorno de Manuel Zelaya, acuden a la razón legal interna. Para el nuevo gobierno, Zelaya es un prófugo e insisten en que se han ajustado a derecho.

Los que especulan en que mediar con las nuevas autoridades en Honduras se trataría de una especie de “gesta personal" del Secretario General Insulza o de otros políticos en el circuito, quedan aprisionados por los fantasmas de su propio narcisismo.

Como versiones criollas de Dick Cheney, no sería extraño que prefiriesen el fracaso de su gestión, el aumento de la tensión, sea por la adicción al histrionismo o al rentable lobby belicoso, sin comprometerse a resolver el problema sistémico internacional.

No se ha confirmado si el gobierno de transición no sacrificó al destituido presidente exigiéndole acatar en silencio a cambio de su vida, aunque no se descarta esa posibilidad.

Es una forma de encontrar una explicación a la decisión de arrestarlo después de su expulsión. Algo no cuadra o es parte de negociaciones no reveladas. ¿Por qué no fue arrestado en primer lugar?

El contrasentido puede ser simplemente improvisación negligente, sin embargo podría estar indicando un pragmatismo puesto al límite.

La oposición del nuevo gobierno hondureño a la presión internacional, es en cierta medida un rechazo al nuevo orden internacional que se estaría gestando.

Precisamente el inusual consenso de los países de más gravitación rechazando el quiebre democrático en Honduras lo demuestra. También hay otros hitos acumulados en corto tiempo. La reunión de los G 20 en Gran Bretaña, el discurso de Barack Obama en El Cairo, el amplio espectro de acuerdos de cooperación entre EEUU y Rusia especialmente para la paz, y la postura que comparten EEUU, Colombia y Venezuela sobre esta crisis entre otros.

A pesar de los indicios de un nuevo orden mundial en gestación, un problema central consiste en que el marco de convenios internacionales que vela por un orden justo es aceptado por las naciones en la medida que no altere las variables intrínsecas del poder local o bloquee otro tipo de aspiraciones.

Independiente de los apetitos externos en la zona, en esta crisis se está produciendo el habitual enfrentamiento entre la dimensión local del poder político y la nueva naturaleza del poder internacional que genera la creciente globalización. Esta vez es entre uno que se aspira a construir en torno a un nuevo orden internacional en gestación y el otro consolidado en los intersticios de las soberanías nacionales.

Según el actual gobierno el regreso de Manuel Zelaya puede llevar a un "baño de sangre", una advertencia tipo ultimátum a la presión internacional.

Por otra parte la cuenta regresiva para reinstituir a Manuel Zelaya proviene de un sistema internacional sin poder de coerción que no sea aislar o bloquear, al menos que derive en una crisis humanitaria. ¿Es allí donde se dirige Honduras?

La restitución de Zelaya por la fuerza sería crear una fractura interna en Honduras de difícil pronóstico. Sucedió con la restitución de Aristide en Haití, cuyas graves consecuencias obligaron a instalar una misión de paz permanente de la ONU.

En un escenario de ultimátum contra ultimátum con bases mínimas para mediar, se está abriendo un nuevo referente en el debate acerca de los límites del intervencionismo.

El intervencionismo de entes multilaterales por lo general ha funcionado bajo las premisas de una comunidad internacional que se agrupa con frecuencia para tomar decisiones con el doble estándar hacia los DDHH y la democracia.

Sea para aplicarlo en los casos de la Junta Militar en Myanmar, del régimen iraní, de las monarquías del golfo pérsico, o del número abultado de seudo democracias, el doble estándar se ha convertido en un mecanismo para equilibrar las decisiones que trascienden la naturaleza de las instituciones internacionales.

Es así que la postura del gobierno en Honduras se fortalece. Los militares en Myanmar observan y rechazan la visita del Secretario General de la ONU Ban Ki Moon a la líder de la oposición Aung San Suu Kyi, y el gobierno de Ahmedinejad en Irán también se fortalece, así como otras naciones presionadas para alterar su legalidad interna.

Claramente la nueva autoridad está desafiando el nuevo orden internacional en gestación. ¿Por qué? ¿Dónde está la sustentación?

Es probable que esté en reglas del juego para este nuevo orden internacional todavía diseñadas a medias, y con la ambigüedad que produce el peso de las viejas confrontaciones.

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