viernes, 10 de julio de 2009

En Argentina, ¿hace falta un economista en el Ministerio de Economía?


José Castillo (LA ARENA)

El nuevo titular de esa cartera presenta la curiosa contradicción de ser un hombre formado en el ultraliberalismo, pero que es acusado de "traición" por sus pares. Sin embargo, no parece mucho lo que los sectores populares pueden esperar de él.

El nombramiento de Amado Boudou al frente del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas de la Nación (tal su actual nombre completo) dio para interpretaciones de diverso tenor. Pero nuestro interés es centrarnos en un conjunto de adjetivaciones que aparecieron ligadas al nombre del nuevo ministro. Comencemos por las críticas: "economista formado en la más ultraliberal de las escuelas de economía del país, el Cema (Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina), dirigida por un "dinosaurio" de la escuela de Chicago como Carlos Rodríguez, pero por donde circulan otros personajes de la misma ideología como Roque Fernández (primero presidente del Banco Central y luego ministro de Economía del menemismo), o Pedro Pou (que también estuvo al frente del Banco Central en esa década). Uno le podría agregar que, junto al jefe de gabinete saliente, comparten también el "currículum" de haber iniciado su militancia política en las huestes juveniles de la Ucedé, el partido del quizás mayor saurio argentino, el capitán-ingeniero Alvaro Alsogaray, al que nos referiremos más abajo en este artículo.

Realidad compleja

Pero la realidad siempre es más compleja. El Cronista publicó ayer un editorial titulado "De Chicago Boy a 'marranus economicus'", hablando de una "traición académica" del nuevo ministro, que se habría pasado del liberalismo a ser un feroz intervencionista estatal, particularmente a partir de su gestión en la administración de los fondos estatizados de las AFJP. Estamos evidentemente frente a un "intríngulis": todos los economistas del establishment señalan que no habrá "cambios" en la economía, entendiendo por tales una mayor liberalización. Y por si quedaran dudas sobre su opinión, pegaron el faltazo al acto de asunción del nuevo ministro. ¿En cuál de las dos adjetivaciones está la verdad?

Increíblemente, en ambas. A Boudou, el establishment económico "le hizo la cruz" por haber sido quien administró la reestatización de las AFJP, un verdadero golpe a los negocios de la City. Pero, a la vez, Boudou demostró que es todo un "economista del sistema" cuando miramos que se hizo con esos fondos (nada menos que 102.000 millones de pesos). En ningún caso se produjo una mejora de las jubilaciones -ni hablemos ya de llegar a la exigencia constitucional del 82% del haber de los activos o de la movilidad de los haberes-, sino que ni siquiera se cumplió con los fallos judiciales que exigían liquidar correctamente los ajustes de los montos jubilatorios posteriores a la devaluación del 2002. La Anses se convirtió en una caja todoterreno, apta tanto para comprar bonos con el objetivo de cumplir con los vencimientos de la deuda externa como para operar cual "banco" de préstamos a empresas que requerían capitalización. Quizás el caso más patético es el préstamo reciente a la filial argentina de General Motors, apenas un par de días posterior a la declaración de quiebra de su casa matriz en los Estados Unidos. En síntesis, más allá de las diferencias sobre cuánto debe o no intervenir el Estado vis a vis el rol del mercado, en Boudou está firmemente arraigado el preconcepto de que una economía funciona a partir de los incentivos que se le den a las empresas y del cumplimiento que se haga de los compromisos internacionales. Para eso se administran fondos, y no para ninguna política redistributiva que es vista meramente como un "gasto improductivo".

¿Qué ministro de Economía?

En estos días, los reemplazos ministeriales han traído a la luz un viejo debate. "Hay que darle más peso al Ministerio de Economía", se escucha decir repetidamente tras las gestiones de muy bajo perfil de Peirano, Miceli y, el más silencioso de todos, Carlos Fernández. Muchos añoran a los "superministros", del estilo de Domingo Cavallo.

En las últimas décadas muchas historias se esconden detrás de las oficinas del quinto piso de Hipólito Irigoyen 250, un viejo edificio en cuyo frente todavía son visibles las marcas del ametrallamiento de la Plaza de Mayo en junio de 1955. Desde sus espaciosas oficinas se ve al frente la Casa de Gobierno, a la derecha el Río de la Plata, a la izquierda la Plaza de Mayo, escenario de tantas protestas, muchas veces contra el propio ministro y, más lejos, casi como un ícono, el edificio de la casa central del Banco Nación y el comienzo de la city bancaria, por 25 de Mayo. Allí, recordemos, estuvieron instalados los superministros Alvaro Alsogaray en 1959 -que nos dijo que "había que pasar el invierno"-, Krieguer Vasena en 1967 -que terminó corrido por el Cordobazo-, el tristemente célebre Martínez de Hoz durante la dictadura, Sorrouille en 1985 -terminando rápidamente con las esperanzas de que con la democracia "se comía, se educaba y se curaba", despertando a la realidad de que con la democracia más bien se pagaba la deuda externa-, y el ya citado Cavallo, huésped en dos ocasiones -la primera para meternos en la Convertibilidad que significó el horror de los dos dígitos de desempleo por primera vez en la historia argentina y la segunda para "salvarnos" y terminar siendo despedido por la movilización popular en diciembre de 2001-.

¿Quiere decir esto que son mejores los ministros de menor talla, más silenciosos? Un simple recorrido por las historias, al azar, de Celestino Rodrigo -que dio origen a un plan de ajuste con su nombre en 1975-, Lorenzo Sigaut en 1981 -"el que apuesta al dólar pierde"-, Juan Carlos Pugliese en 1989 -"les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo", en plena hiperinflación-, o López Murphy con su intento fallido de super-ajuste en marzo de 2001, rápidamente nos convence que no.

¿Y entonces?

Dicen que cuando Bush padre se preguntaba por qué había perdido las elecciones después de ganar la primera guerra de Irak, el vencedor Bill Clinton le respondió con un poster que colgaba en su oficina: "es la economía, estúpido". Pero más atrás en el tiempo, un político de otro origen, Vladimir Lenin, solía definir a la economía como "política concentrada". Es que los economistas, por más saber tecnocrático que posean, no hacen otra cosa que responder a las líneas políticas generales de los gobiernos respectivos. Esta es la tragedia de la economía -y la política- argentina de los últimos 27 años: los grandes lineamientos de quien gana y quien pierde en la distribución de la riqueza en nuestro país, fueron delineados durante la dictadura militar y no han sido modificados. Pasaron gobiernos y obviamente, ministros de Economía, de alto y bajo perfil, "ortodoxos" y "heterodoxos", "con confianza" o "sin confianza empresaria". Sus objetivos fueron curiosamente parecidos a los que acaba de señalar Amado Boudou apenas terminado de asumir. En sus palabras no estuvo mejorar la distribución del ingreso, ni aumentos salariales, ni más presupuesto para educación o salud, sino algo que ya escuchamos muchas veces: "hay que asegurar el superávit fiscal y garantizar el acceso a los mercados internacionales de crédito". Está todo dicho.

José Castillo es economista. Profesor de Economía Política y Sociología Política en la UBA. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Foto: Argentina - La presidente Cristina Fernández de Kirchner junto al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Julio Alak, y el ministro de Economía, Amado Boudou. / Autor: Presidencia de la Nación


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