lunes, 6 de julio de 2009

Honduras: contra golpe e impasse político

Bruno Lima Rocha (especial para ARGENPRESS.info)

El domingo día 28 de junio la casa del presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, amaneció bajo cerco militar. Tropas leales al mando del Ejército metrallaron su residencia y lo retiraron del país. No por casualidad, este sería el día de una consulta popular, convocando la ciudadanía hondureña a se posicionar en cuanto a la reforma constitucional.

El temor de los oligarcas locales, del arreglo político-jurídico institucional, fomentados por la presencia de capitales impulsando el antiguo Plan Puebla-Panamá (la integración forzada, estilo ALCA, para América Céntrica), era el fortalecimiento del Poder Ejecutivo a partir de una base de relación plebiscitaria con una parcela del pueblo organizado. Por lo visto la derecha centro-americana intenta reproducir la fórmula de los escuálidos venezolanos. Ya anteviendo la probable victoria de una enmienda constitucional futura (no presentada en la consulta, es cierto) habilitando la reelección, decidieron operar antes, aún pagando los costes del aislamiento y condena internacional.

Un golpe “democrático” presenta el límite de la “democracia” de procedimientos

Por más absurdo que pueda parecer, y es. Este golpe fue “autorizado” por la Suprema Corte. Eso caracteriza una distinción del periodo de la Guerra Fría. Con una técnica distinguida, portando un discurso de legitimación jurídico, la élite dirigente hondureña dio muestras de “ponderación” en el rito de conservación del poder. No creyó en los procedimientos legales de impedimento político de un Ejecutivo contestado por los poderes liberales-burgueses, y a la vez, no cerró estos mismos poderes. Apostaron en la fuerza, pero aún no en la barbarie.

En otros tiempos el cierre sería aún más trágico, como ocurrió con Salvador Allende (Chile, en 1973). En el periodo en que vivimos, donde el debate se da sobre el formato de democracia, los golpistas tomaron una medida preventiva, no cometiendo el asesinato a sangre fría del jefe de Estado depuesto la bala. Llevando Zelaya para Costa Rica, país vecino, comunican al mundo que preservan los suyos, reservando la represión para la oposición interna de izquierda, postura política esta que no es a de Zelaya. Preservar la vida del gobernante derrumbado es algo semejante al ocurrido en el fallido golpe en Venezuela, en abril de 2002, cuando Hugo Chávez fue cercado en el Palacio Miraflores, llevado a una prisión militar en el Caribe, y reconducido al poder después de la presión popular los días siguientes. Bien, este quesito presión del pueblo en las calles existe en Honduras. El problema hasta la fecha de publicar este texto, es el hecho de Manuel Zelaya ser recalcitrante y no dar señales de estar dispuesto a arriesgar la vida para mantener el gobierno.

De otra parte, se hay una diferencia entre el golpe hondureño y el intento del empresariado venezolano, es la relación con las fuerzas armadas. Chávez tenía el apoyo de la mayoría de los oficiales de baja patente y sargentos. Zelaya viene de la oligarquía hondureña y es visto como traidor por sus pares en la comandancia de las corporaciones militares aún profundamente influenciadas por la Escuela de Américas, las acciones de tipo tierra arrasada y las regulares implicaciones con el narcotráfico. Así, la variable represión va a jugar un papel importante. Esto porque, la reacción inmediata al golpe fue convocar una huelga general ya en la madrugada de domingo para segunda (29 de junio).

Laberintos y salidas para lo contra-golpe popular

Entiendo que en estos casos, la conmoción interna es el termómetro. Si no hubiera gente movilizada, aún sabiendo que es siempre una minoría activa quien toma al frente, daría por comprender que hay un apoyo de la “mayoría silenciosa” al golpe. El silencio de los que no son siquiera entrevistados es también fruto del bloqueo mediático. Como vivimos un momento de lucha popular de 4ª generación, las fuerzas represivas tienen como blanco permanente el bloqueo de antenas de telefonía celular, el control de lan houses y cyber cafés, además de la caída de tráfico y de velocidad en las bandas de internet en el país. Minando la capacidad de convocatoria por la media electrónica y las herramientas de comunicación móvil e de interactividad, los hondureños dan pruebas de haber aprendido con velocidad las lecciones de la represión iraní contra la contestación ciudadana. Todo eso se suma con siempre pésima cobertura de las agencias de noticias transnacionales y de las TVs con cobertura global como la CNN. No por casualidad, el recado de los golpistas ya en los primeros momentos, al mantener en cautiverio por un periodo un equipo de la Telesur.

Para interrumpir las protestas, habría dos salidas. Una sería la renuncia pública de Zelaya, gesto que no fue hecho. Otra, más costosa, es el aumento de la represión interna, retomando las prácticas de la década de ’80, cuando Honduras era el centro de la guerra sucia centro-americana promovida por los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre (de 1981 a 1992). En la mayor parte de los episodios semejantes, la falta de legitimidad no soporta los costos de muertos, heridos y mártires. Pero, para mantener el aliento, la resistencia civil interna necesitará ver la salida visible, lo que incluye el papel del actor legal, el presidente electo y depuesto Manuel Zelaya Rosales.

Las medidas de lucha en Honduras son mucho más contundentes del que se difunde por las agencias internacionales. Mientras escribo estas palabras, veo la noticia de que 34 carreteras internas están bloqueadas y Tegucigalpa, la capital, está cercada por tropas leales al golpe. Es justo el opuesto del ocurrido en Caracas en abril de 2002. En la ocasión, lo muero literalmente descendió haciendo uno cerco a la entradas de la capital venezolana. Simultáneamente, el Palacio Miraflores y el más poderoso canal de televisión fueron rodeados de populares, siendo que la Telesur fuera reocupada por resistentes civiles.

En momentos de crisis, aún quienes opinan de afuera y públicamente se posiciona contra el golpe y a favor de un polo de poder popular por fuera de las estructuras de la democracia liberal de procedimientos (como modestamente lo hago yo desde Brasil), no podemos perder la frialdad analítica. Cada momento implica un paso y un proceder. Ahorita no más, aún envuelto en un manto de supuesta legalidad, está el aumento de la represión a través del Congreso golpista votando leyes de emergencia y de forma abrupta apunta que la bayoneta y las rejas son la opción preferencial de la oligarquía hondureña.

Esto se da porque afuera del país la cosa está arrecha para los gorilas. Todas las condiciones externas para frenar el golpe están dadas, pero el jefe de Estado depuesto tiene que hacer su parte también. Retomado el aliento, con sustentación verbal (pero ningún acto incisivo) de la Asamblea General de la ONU, de la OEA, de Casa Blanca (Obama se manifestó para el Departamento de Estado no cortó la ayuda externa para Honduras), de la ALBA, además de la retirada de todos los embajadores europeos en la capital hondureña, Zelaya tiene oportunidades reales de retomar el poder legal. Pero, para eso tendrá que arriesgarse físicamente. Ahora le resta cumplir su palabra, retornar al país escoltado o no por otros jefes de Estado y emparedar los golpistas.

Pero, un análisis desde el punto de vista del pueblo en movimiento no puede sostenerse según los pasos dados o no por un politiquero convertido. Las dudas de fondo no reposan en la resistencia civil y en la movilización de las entidades de base hondureñas. Ahí reside el grado de certeza de las mayorías latino-americanas. La cuestión difícil de ser respondida es en cuanto a la firmeza de propósito y la lealtad al cargo del propio Manuel Zelaya. De ese modo, prepararse para una lucha de más largo plazo y no anclar las esperanzas en las posturas políticas del oligarca convertido parece ser la medida más correcta a ser tomada.

Bruno Lima Rocha es politólogo, docente universitario y militante de la FAG.


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