lunes, 20 de julio de 2009

Los siniestros amigos de Micheletti

Giovanni Beluche

Un golpe de Estado como el que se dio en Honduras no ocurre sin una cobertura política y militar de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos. Demasiado cerca de sus fronteras, en lo que han dado en llamar su patio trasero, en la Centroamérica del TLC, no ocurre nada de tanta magnitud sin la bendición de las agencias de seguridad yanquis.

Nunca se conocerá a ciencia cierta que tanto estaba enterado el presidente Obama, pero su falta de determinación para sanear de criminales a dichos organismos y su aval para que el embajador Hugo Llorens (designado por Bush para Honduras en julio de 2008) se mantuviera en el cargo, le hacen co responsable de sus actuaciones.

Hugo Llorens, el Halcón

Llorens arribó a Honduras el 12 de setiembre de 2008, en los estertores de la enferma administración Bush. Diez días después de la llegada de este flamante diplomático, ya el General Romeo Vásquez confesaba que había sectores interesados en derrocar al presidente Zelaya. El “valiente” soldadito comentó que las relaciones establecidas con Venezuela, Bolivia y Nicaragua habían desatado el malestar de quienes se le habían acercado a proponerle el derrocamiento del mandatario. El propio Llorens reconoció su participación en reuniones en la que se analizó el golpe de Estado como medida para deshacerse del presidente Zelaya.

Nada extraño para un funcionario que durante su larga trayectoria convirtió a las sedes diplomáticas de su país en gendarmerías de las fuerzas de seguridad norteamericanas, bajo la trillada consigna de la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado. En 2002 Bush lo nombró como Director de Asuntos Andinos del Consejo Nacional de Seguridad y principal asesor de asuntos relacionados con Venezuela, bajo las órdenes del Subsecretario para Asuntos Hemisféricos, el servidor de Los Halcones Otto Reich. Este último fue el encargado de proteger al terrorista internacional confeso Posada Carriles, en su regreso a Estados Unidos, después de que lo pescaron en Panamá con una enorme cantidad de explosivos y un plan para atentar contra el Ex Presidente cubano Fidel Castro en el Paraninfo de la Universidad de Panamá, repleto de estudiantes y profesores. Posada Carriles ha dejado una estela de sangre y dolor en varios países latinoamericanos (ver en Internet abundante información), llegando al cinismo de reconocer su autoría del estallido de un avión cubano (1976) lleno de deportistas y pasajeros civiles.

Curiosamente, Llorens era el Asesor de Bush para Asuntos Andinos y de Venezuela cuando se da el golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez (2002). Parece que a Otto Reich y a Hugo Llorens les quedó la costumbre de hacer el trabajo sucio en países cuyos gobiernos resultaban incómodos a la administración Bush. Por eso lo envían de embajador a Honduras, para que se encargue de Zelaya. El golpe que dan en junio de 2009 viene fraguándose desde, por lo menos, setiembre de 2008. Una semana antes del golpe (22 de junio) un diario hondureño anunció que un grupo de políticos (oligarcas), militares y el embajador Llorens se habían reunido para ¿buscar? una salida a la crisis política que atravesaba el país. El propio The New York Times reveló que Thomas Shanon (Secretario de Estado Adjunto) y el embajador Llorens platicaron con los milicos hondureños y altos dirigentes de la oposición acerca del derrocamiento de Zelaya. Lo incomprensible es que Obama los mantenga en el cargo.

Billy Joya Améndola, el de las manos llenas de sangre

Billy Joya Améndola (alias Dr. Arranzola), ministro consejero del dictador Micheletti, es una verdadera “joya” de la guerra sucia. De amplio recorrido por América Latina, se formó en el ejército de Augusto Pinochet en Chile, con beca pagada por las Fuerzas Armadas de Honduras financiada con los impuestos del pueblo que hoy está reprimiendo. En Argentina brindó servicios bajo la disciplina del General Guillermo Suárez Masón, conocido como el “carnicero del Olimpo”, por ser el jefe de uno de los centros de detención más tenebrosos de la dictadura argentina.

En Honduras sus pasos en el arte de la represión y la tortura datan de los ochenta, cuando dirigió el Batallón de Inteligencia 3-36, que tuvo como encargo la desaparición de opositores políticos. En su pedigrí destaca la formación de los escuadrones de la muerte que azotaron a la hermana república centroamericana durante la guerra sucia. Por sus crímenes el gobierno de España pidió su extradición en varias ocasiones desde 1985, pero el poder judicial hondureño siempre lo protegió. Vale decir que es el mismo poder judicial corrupto que hoy interviene en el derrocamiento del presidente Zelaya. En 1995 un juez hondureño, que se salió del canasto de sus superiores, ordenó su detención y se fugó a la España que antes lo requería, donde gozó de “asilo” político. Ahora vuelve a sus andanzas.

Oscar Andrés Rodríguez, el cura de la oligarquía

Entre los cercanos amigos de la dictadura sobresale el clérigo Rodríguez. Su nefasto papel justificando el golpe de Estado y su omisión de condena alguna para los vejámenes de la dictadura, le han convertido en una nueva vergüenza para una iglesia acostumbrada a compartir la mesa y la cama con los ricos. Además de una vocación de servicio a los poderosos, en el caso del cardenal Oscar Rodríguez, su conducta obedece a que desde diciembre de 2001 (administración de Carlos Flores) a cambio de sus favores el gobierno de Honduras le paga un jugoso sueldo de 100,000 lempiras (cien mil) al mes, equivalentes a USD 5,555 mensuales (cinco mil quinientos cincuenta y cinco dólares).

Los amigos de Micheletti, vuelven a sus andanzas

Con esta clase de amistades y con la bendición de la iglesia católica y de los pastores evangélicos (destaca Evelio Reyes, expulsado del Movimiento Amplio por la Dignidad y la Justicia por su apoyo al gobierno de facto), la dictadura se siente fuerte y ha comenzado el asesinato selectivo de dirigentes opositores. El sábado 11 de julio fue ultimado en su propia casa en San Pedro Sula, el dirigente del Partido Unión Democrática Roger Iván Bados González. Al día siguiente (domingo 12 de julio) fue acribillado Ramón García, otro líder del mismo partido. A la oleada represiva se suma el atentado perpetrado contra Fabio Ochoa, la golpiza que recibió la ex diputada Angélica Benítez, la persecución contra el diputado César Ham, las amenazas de muerte esgrimidas contra Coronado Ávila, Elsy Banegas, Wilfrido Paz, Eduardo Flores y Manuel Montoya. La lista de perseguidos políticos es mucho más amplia, todos opositores al régimen de facto.

Estos crímenes no son casualidad y se enmarcan en la escalada represiva de la dictadura de Micheletti, que han conculcado las libertades individuales y sociales del pueblo hondureño y ha asesinado personas que marchaban pacíficamente en las calles. Llama la atención el silencio cómplice y la tenue importancia que le dan a estos hechos los grandes medios de información. El régimen reprime cada día a un valiente pueblo, que no ha cesado de movilizarse para que se restaure el orden constitucional, lo cual pasa por la restitución del presidente Zelaya y el castigo para los criminales.

Peligro de guerra en Centroamérica

En su desesperación el gobierno de Micheletti y su pandilla de locos sanguinarios son capaces de crear un conflicto militar contra Nicaragua, que convoque a un sentimiento “nacionalista” para justificar quedarse en el poder y distraer la atención sobre el verdadero conflicto interno provocado por sus propias actuaciones. Esta banda de criminales constituye una amenaza para la estabilidad de una región con muy débiles estructuras democráticas.

Negociación o Constituyente

No hay salida posible y duradera a la crisis hondureña, que no pase por el retorno incondicional del presidente Zelaya y la restauración de plenas libertades democráticas. Ningún presidente salido de un proceso electoral conducido por la dictadura, incluida la ocurrencia de Oscar Arias de un gobierno compartido entre Zelaya y los golpistas, contará con legitimidad, ni a lo interno ni a lo externo de Honduras. Se impone el llamado a una Asamblea Nacional Constituyente que transforme las oprobiosas condiciones de pobreza y exclusión al que la oligarquía ha sometido a las grandes mayorías del pueblo hondureño, que incluya la eliminación del ejército represivo que sólo sirve para cuidar los intereses de los poderosos.

Los leguleyos y Oscar Arias Sánchez se rajan las vestiduras hablando de negociación, pero no hay salida para la crisis hondureña que no incluya juicio y castigo para los criminales que usurpan el poder y que han derramado la sangre del pueblo humilde. No puede repetirse la historia de los acuerdos de paz de inicios de los noventas, que dejaron incólumes las causas de las guerras civiles: la pobreza, la miseria, la enorme desigualdad en la que está sumergida Centroamérica. Acallar las armas debe acompañarse de una amplia transformación estructural, que garantice una justa distribución de la riqueza socialmente producida. ¡No hay democracia con hambre!.

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