viernes, 10 de julio de 2009

México enfilado al bipartismo


Gerardo Fernández Casanova (especial para ARGENPRESS.info)

“Que el fraude electoral jamás se olvide”

Terminado el proceso electoral intermedio, el PRI se alza con el triunfo y Calderón y su partido se sumen en el peor fracaso. El PRD registra también un severo retroceso, aunque el movimiento popular encabezado por AMLO conserva el control de la Ciudad de México.

El movimiento que impulsó el voto nulo no logró cifras significativas, aunque no deja de ser una seria llamada de atención. El proceso se caracterizó por el exceso en el gasto en las campañas del PRI y del PAN, así como por la violación sustantiva de las disposiciones en materia de intervención de los medios electrónicos de comunicación, los que emplearon todo tipo de subterfugios para mantener su condición de poder.

El PRI se prepara para gobernar desde el congreso, con el presidente sometido a sus dictados. El PAN asume el fracaso y corta la cabeza de su dirigente formal, el títere peleonero Martínez Cázarez. En el PRD nadie asume la responsabilidad del fracaso, incluso se le minimiza. Los partidos pequeños, con excepción del Socialdemócrata, mantienen sus registros.

Es de destacarse el triunfo de la tozudez de AMLO en el caso de Iztapalapa, la delegación más poblada del Distrito Federal, en el que su candidata fue arteramente bloqueada por la dirigencia nacional del PRD en contubernio mafioso con el Tribunal Electoral Federal. Ante el atentado, el líder del movimiento popular armó una negociación con el PT y su candidato a delegado, así como con la Jefatura de Gobierno, de manera de impulsar el triunfo electoral del abanderado del PT bajo el compromiso de que, una vez instalado en el puesto, solicite licencia y el Jefe de Gobierno proponga a la Asamblea Legislativa su reemplazo por la candidata originalmente bloqueada, todo esto a diez días de la fecha de los comicios. AMLO se volcó a la comunicación con los electores para explicar las razones y las formas de la estratagema y obtuvo una respuesta afirmativa contundente. Es una de cal por muchas de arena, pero de un enorme peso político.

Son muchas las lecturas que se han hecho sobre este proceso electoral y sus efectos en el destino del país. En estas líneas quiero referirme a un aspecto que juzgo de grave trascendencia y que implica un serio riesgo para el proyecto nacional emancipador. Los resultados registrados colocan a México al borde del bipartidismo made in usa. La real competencia electoral se dio entre el PRI y el PAN, y el debate se limitó a la forma, mejor o peor, de hacer lo mismo. Al PRI le resultó sencillo exhibir la palmaria incapacidad de gobernar de los panistas, sin cuestionar el modelo de desarrollo en lo esencial. Por su parte, el PAN pretendió asustar al electorado con el retorno de los dinosaurios, sin percatarse que sus contrincantes se esmeraron en mostrar caras frescas muy modernas y bonitas, incluso mejor dotadas en estos atributos que los clasemedieros panistas. Hay que recordar que el término de dinosaurios lo inventó Carlos Salinas de Gortari para referirse a los viejos priístas que, todavía ubicados en el nacionalismo revolucionario, se oponían a los afanes modernizadores neoliberales de Salinas; los actuales ni sombra son de aquellos “asquerosos populistas”.

Al estilo de demócratas y republicanos, el modelo y el sistema están fuera de toda discusión, ambos partidos lo aplican y respetan. Esto ha sido funcional para los Estados Unidos; sus fundadores crearon el modelo conforme a sus intereses nacionales y particulares, sin interferencia de ninguna potencia externa. Por lo contrario, en México el modelo adoptado a imitación extralógica o a imposición forzada, lleva doscientos años de no funcionar, no obstante los jalones que los movimientos sociales han logrado. El modelo mexicano es funcional para los Estados Unidos, puesto que le garantiza la disponibilidad de materias primas y mano de obra barata, en beneficio de su economía, pero de ninguna manera ha sido útil para los mexicanos.

El bipartidismo que nos amenaza como país, implica el afianzamiento del modelo y aleja la expectativa de su transformación positiva. Podrá darse su sacrosanta alternancia, pero se limitará a las caras y a las siglas de los gobernantes, para que todo siga igual. El electorado es engañado con una supuesta democracia representativa, por la que puede elegir entre las dos opciones autorizadas; lo demás no existe. El hambre y la miseria son simples azares del destino, que no son materia de politización; el que lo lleve al debate electoral caerá en fuera de lugar y penalizado.

En esta condición el compromiso de la movilización popular se multiplica. Se necesita vencer a un monstruo de dos cabezas, escurridizo y tramposo; que se da el lujo, además, de financiar y promover la descomposición al interior de la izquierda con quintacolumnistas a sueldo, quienes pretenden sumarse al juego para construir un tripartidismo en el que, con un disfraz de izquierda moderna, se ofrece la seguridad de mantener el modelo a cambio de participar en la repartición del poder y las chambas.

Se requiere profundizar en la movilización popular y, sin lugar a dudas, darle organicidad como aparato electoral, capaz de convertir el descontento y los agravios en votos efectivos por el verdadero cambio.

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