lunes, 13 de julio de 2009

Paradojas

Flavia Mameli (ARTEMISA)

Nada de lo que se diga sobre una cárcel, ni sobre la escuela que funciona muros adentro sería suficiente para dar cuenta de lo que allí sucede. Como contar cómo es el ruido del mar, o como describir el olor del café caliente, relatar qué se esconde entre las escaleras húmedas y las rejas despintadas sería inútil. Son esos los casos en los que el lenguaje se queda tan estéril. Pero aún así voy a hacer el intento.

Trabajo como docente en la Escuela de Educación Media nº 2 (EEMNº2) desde 2008, pero conozco parte de la historia del Penal desde mucho antes. Nací a pocas cuadras de ese lugar, y nunca pude borrar las imágenes de familiares esperando para la visita, haciendo un fogón en la plaza de enfrente para matar el frío. Más tarde, en mi camino de vuelta de la escuela o de mi clase de gimnasia veía a las familias caminar hasta la estación del Sarmiento, y cargando enormes barcos de madera balsa y murales con imágenes de Cristo hechos por los internos.

Hoy, algunos años más tarde, la postal no ha cambiado mucho. Sólo que también puedo verla desde adentro. Y al hacerlo compruebo que enseñar en contextos de encierro es una tarea que casi nunca encuentra respuesta en los libros de texto. Pero a veces, por obra del azar o del destino, la realidad sorprende, y mucho.

Confieso que si me hubieran contado lo que estoy a punto de narrar, no lo habría creído. Pero lo que sigue me pasó poco tiempo atrás.

La escena sucedió cuando mis alumnos y yo leíamos una crónica periodística, y uno de ellos me dijo: "Maestra: ¿qué es una paradoja?". Intenté dar una definición, di un par de ejemplos y enseguida retomamos la actividad. Algunos minutos después me sorprendí al ver algo que aleteaba en el vértice formado entre el piso y una de las paredes del aula: un pichón tenía ahí su nido. Me acerqué hacia él y vi el detalle de su plumón y de las ramitas e hilachas sobre las que reposaba. Mis alumnos me contaron que el animal llevaba varias semanas en ese lugar, y que su mamá iba cada día a alimentarlo.

Durante el resto de la clase no pude dejar de pensar en el pichón, que buscaba el equilibrio, medio cuerpo dentro del aula, medio cuerpo fuera. La hora estaba a punto de terminar cuando un alumno me dijo: "¿Vio profe? Una paloma, que es el símbolo de la libertad, viviendo en una cárcel. ¡Qué paradoja!".

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