lunes, 20 de julio de 2009

Perú: Un cuento chino

Gustavo Espinoza (NUESTRA BANDERA, especial para ARGENPRESS.info)

De manera injusta, por cierto, en el lenguaje popular de nuestros países suele usarse la expresión “un cuento chino” para aludir a un embuste o un engaño. Injusta, decimos porque no siempre corresponde a la verdad.

El pueblo chino, poseedor de una cultura milenaria, no merece esta tipo de distorsiones y tiene otros muchos –millones- de cuentos que son una cálida y delicada expresión de belleza y fantasía- Pero la interpretación sesgada de la expresión, ocurre, y se ha convertido en casi un dicho popular.

En el Perú, por ejemplo, referirse a “un cuento chino” es llamar la atención sobre un relato funesto, burlón, pero también falso, cubierto de mentiras y engaños, que sirve para sorprender incautos y burlarse de inocentes. Es, sin duda, un recurso popular en los bajos fondos, y una manera de soslayar la realidad porque se la considera inoportuna e irritante.

Curiosamente “un cuento chino” le hizo Alberto Fujimori a los peruanos en 1990, cuando precisamente se hizo pasar por chino, siendo en realidad japonés.

En sus spots publicitarios, cuando aparecía al lado de dos enormes tubérculos, se hablaba de él como “el chinito de la yuca”, y como chinito de la yuca se quedó hasta el año 2000, cuando, como en el cuento verdaderamente chino, se descubrió finalmente que el Emperador estaba desnudo. Entonces, lo echaron.

Ahora ha querido hacernos un nuevo cuento chino. Citado a comparecer en un tribunal que lo juzga por corrupción ha matizado una vocinglera proclama politiquera con un conjunto de artificios para demostrar que él, “es un hombre honrado”.

¿De qué trató esta vez la historia?

Se recuerda que en la segunda parte del año 2000 Alberto Fujimori, aun Presidente de la República del Perú, entregó maletas con quince millones de dólares -es decir, 52 millones de soles nuevos- a su asesor presidencial en materia de Inteligencia, Vladimiro Montesinos Torres.

Fue ese el pago por “sus servicios” prestados al Mandatario entre 1990 y ese año.

Bien mirada la cosa, y a la luz de la legislación laboral vigente, fue esa una extremadamente jugosa “compensación por tiempo de servicios” seguramente nunca pagada antes a nadie en el Perú donde vive -como se le atribuye a Antonio Raimondi- un mendigo sentado en un banco de oro.

En su momento, el beneficiado entregó la suma a sus cómplices y se fue del país para retornar poco después. El dinero, entre tanto, fue depositado en un banco del exterior, donde quedó poco después quedó al descubierto.

Cuando la verdad se hizo evidente -42 días más tarde y para que nadie le sacara en cara el tema- Fujimori sacó de sus gavetas en Palacio de Gobierno una suma similar, y la devolvió al Estado. Pero ya el delito había sido cometido y hoy debe responder por él ante la justicia.

Esta vez Alberto Fujimori ha dicho que hizo ese pago no por su voluntad, ni porque quiso. Lo hice –dijo- “obligado por las circunstancias”.

Es por cierto la primera vez seguramente en toda su vida que el personaje de nuestro relato admite que hizo algo contra su voluntad, porque hasta hoy siempre nos dijo que todo lo que hacía estaba “fríamente calculado” y respondía a “una mente científica y matemática”.

Esta vez, en la víspera de una sentencia, nos dice cabizbajo que él no fue, que “lo obligaron”.

No precisamente dice quiénes lo obligaron. Y se parapeta en un eufemismo: “fueron las circunstancias”. Así lo asegura, trémulo y demudado.

Luego, para seguir despertando a su aletargado auditorio, afirma que lo hizo para “evitar un Golpe de Estado”. Y en torno al tema deslinda varias deliciosas perlas.

El “Golpe” no lo iba a dar su enemigo político, ni un militar ambicioso, si un líder social, ni un caudillo revolucionario. No. Lo iba a dar su amigo, su más cercado y estrecho colaborador, su asesor en materia de inteligencia, el que le hacía los discursos, el que le compraba las corbatas, el que lo vestía con sus ternos, le enviaba gruesas sumas de dinero semanal o quincenalmente, el que lo llevó a dormir en el SIN, retirándolo diez años antes de su lecho constitucional en Palacio de Gobierno. El iba a darle el golpe. Y, entonces, lo evitó

¿Y cómo lo hizo?. No detuvo al culpable, presuntamente insurrecto. Ni siquiera lo destituyó. Menos, por cierto, lo denunció públicamente para que el paìs supiera que anidaba tan torvas intenciones. Simplemente resolvió comprárselo, pagándole quince millones de dólares del Estado para que se inhibiera de actuar. En otras palabras, lo dio una coima, para que no actuara.

Claro que en el interín, descubrió que el “Golpista” -su asesor, su amigo, su cómplice en todos los latrocinios que se conocen- quiso actuar valiéndose de “su cúpula militar”.

Y es esta también la primera vez que Fujimori -“Jefe Supremo de la Fuerza Armada y cien por ciento responsable del Poder Civil y Militar”- admite la tesis que “la cúpula militar”, no era suya, sino de Vladimiro; que no le respondía a él, sino a su asesor de inteligencia; que él, literalmente estaba en la calle, que no tenía nada, salvo el dinero del erario público con el que cual podía comprar complicidades y adhesiones. Y entonces, heroicamente, resolvió -según nos dice- “salvar al país de un Golpe de Estado”.

Al abordar el tema desde el banquillo de los acusados, Fujimori –que ya está condenado por asesinato a treinta años de cárcel- da rienda suelta a su imaginación y nos cuenta una leyenda: “Yo quería -dice- postular a las elecciones del 2000 para ganar, pero luego retirarme y dejar en el gobierno a alguien que asegure la aplicación del modelo. Y ese era, Francisco Tudela…”

Claro que él no tenía -nunca tuvo- la seguridad de ganar una elección. Hizo un fraude notable para “ganar” en 1995, y volvería a hacerlo el 2000. Tampoco tenía la seguridad de confiar en quienes lo rodeaban, porque su asesor principal, ¡era “golpista”, su ministro de economía formaba parte de un plan subversivo, y su general Villanueva Ruesta estaba complicado en la acción sediciosa. Estaba, literalmente, rodeado de enemigos, que le juzgaran lealtad a toda prueba.

¿Habrá creído el propio Fujimori su cuento chino?

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