miércoles, 22 de julio de 2009

Último parte de la realidad


Oscar Taffetani (APE)

El reloj de descuento que ha puesto a funcionar la ONU marca que faltan 6 años, 163 días, equis horas, equis minutos y tantos segundos para llegar a 2015. ¿Qué sentido tiene ese reloj? Si lo viéramos de un modo escolar, la cuenta regresiva nos recuerda que la fecha límite se acerca y que en ese momento los países deberán mostrar, sin disimulos ni atenuantes, si han podido cumplir con los llamados Objetivos del Milenio.

En el Monitor que puede verse en Internet (www.mdgmonitor.org), la Argentina es uno de los países coloreados con gris, lo que significa que no suministra la información necesaria al organismo internacional.

Al principio, cuando los datos eran auspiciosos, la Argentina sí los mostraba. En el Informe de Progreso que publicó la Presidencia de la Nación a fines de 2006 se muestra, por ejemplo, el descenso de la tasa de desocupación, desde el pico de 20,7% alcanzado en 2003 hasta niveles en descenso de 16,3 (2004) y 13,2 (2005).

En 2007, según esta publicación, el porcentaje de población con ingresos por debajo de la línea de pobreza llegaría a un 30%. Y en 2015, bajaría al 20%. Para ese entonces, la indigencia y la pobreza extrema (primero de los Objetivos del Milenio) serían completamente erradicadas de la Argentina.

Pero los Objetivos del Milenio, como todo el mundo sabe, se alejan. El reloj del Monitor, más bobo que nunca, sigue marcando los días y las horas que faltan para una fecha límite que ya carece de significado.

En cuanto al Censo Nacional de la República Argentina, la ley (que nadie ha tenido el tino de reformar) dice que debe realizarse recién en 2011. De modo que habrá un Bicentenario con discursos y exposiciones y fuegos artificiales, pero sin una estadística que revele la situación económico social y el nivel de recursos humanos y productivos de la patria.

Dos claras advertencias

A falta de datos confiables del INDEC (institución que sobrevive a pesar de los ingentes esfuerzos del Gobierno y de la oposición por liquidarla), comienzan a difundirse reportes de observatorios y fundaciones de origen privado. Basándose en ese tipo de estudios (por ejemplo, los del Observatorio de Deuda Social de la UCA) y en los reportes de Cáritas y otras organizaciones que brindan cobertura a la población más pobre, el Episcopado argentino lanzó a principios de julio el dato de que ya casi el 40% de la población del país está bajo la línea de pobreza.

Por eso Jorge Casaretto, obispo a cargo de la Pastoral Social, le contestó al último llamado al diálogo del Gobierno nacional con un pedido muy concreto: “en primer lugar, no puede estar ausente la cuestión de la inclusión social (...) Además, debería potenciarse el plan Remediar (la distribución de medicamentos esenciales entre los más necesitados)”.

El economista Claudio Lozano, diputado por la ciudad de Buenos Aires del Proyecto Sur, hizo un reclamo en el mismo sentido, al lanzar la consigna Un Bicentenario sin hambre desde las páginas de los diarios.

“La desigualdad entre el 10% más rico y el 10% más pobre -escribió- saltó de 22 a 28 veces en 10 años. (...) Este panorama irrumpe con el rostro de 6,5 millones de pibes pobres y 3,5 millones de chicos hambrientos. (...) La solución es HOY, y el diálogo social cobraría sentido si su objetivo fuera garantizar un bicentenario sin hambre, ordenando el resto de nuestras políticas en función de esa decisión”.

Dirigencia, se busca

En los años ’30, último ciclo de aquella república conservadora y oligárquica que mostró su capital en oro (y también su gran deuda social) durante el Centenario, gobernaba el distrito de Avellaneda el caudillo Alberto Barceló, quien había descubierto ciertas llaves para conseguir el voto de los pobres.

La familia Barceló, a través de María Elena Barceló de Martín (hija de Alberto) y de la primera dama Mariana Boloque, había fundado una institución de Caridad que se ocupaba de la beneficencia, atendiendo a los pobres del distrito en el anonadante palacio de Lavalle 43, Avellaneda.

Trabajo, jubilaciones, pensiones, becas, ladrillos, alimentos y hasta “protección” (en el sentido mafioso del término) se dispensaban una vez al mes, cara por cara y caso por caso. En todas las escuelas de Avellaneda, por decisión del caudillo Barceló, se servía la llamada copa de leche (que en algunos casos -como tristemente se repite hoy- era la única ingesta de lácteos que tenían los chicos pobres, en el día).

Otra forma de contacto personal con los más humildes, si bien inserta en un contexto político diferente y representando un verdadero amanecer de la justicia social, fueron los encuentros que Eva Perón tuvo con los viejos, las madres y los desocupados en la oficina de la Secretaría (y luego Ministerio) de Trabajo y Previsión, allá por 1946. En aquel salón de planta baja de lo que hoy es la Legislatura porteña, fueron velados los restos de Evita en los últimos -lluviosos- días de julio de 1952. El fervor popular hizo que la cola para despedir a Evita llegara desde la Diagonal Sur hasta el fin de la calle Florida, atravesando el centro de la ciudad de Buenos Aires.

Dos momentos diferentes, casi sin punto de comparación, salvo en el hecho de que la Argentina contaba, a nivel político, social y cultural, con una auténtica dirigencia.

Hoy la pobreza presenta los mismos rasgos terribles que tenía por aquellos días: niños que no llegan al hombre, marcados por el hambre y el desprecio; viejos que se mueren entre imprecaciones, sin que el Estado se acuerde de ellos. Más el alcohol, la prostitución y la degradación moral, minando los cuerpos y las almas. Pero, además, la droga. Y los jefes de la droga. Y los socios y empleados de la droga, manejando los destinos de los pibes, en los cordones de pobreza de las ciudades.

La dirigencia actual, comenzando por el mismo vértice de la pirámide, sólo parece empeñada en hacer buenos negocios y enriquecerse a nivel personal, cabalgando de elección en elección, sin un proyecto estratégico, sin políticas de Estado y sin la mínima sensibilidad para oír el susurro agónico y el llanto sin lágrimas de los pobres.

¿De dónde va a salir la dirigencia, la nueva dirigencia que necesita nuestra patria? ¿De dónde saldrán las muchachas y muchachos que quieran cambiar, de verdad cambiar, estas malditas reglas de juego?

No tenemos certezas. Así como el INDEC no tiene estadísticas confiables, nosotros -perdón- no tenemos certezas. Sólo nos queda esta confianza irracional, profunda, en la riqueza del pueblo. Una riqueza superior a la de la tierra y los mares. Una reserva moral en la que creemos.

La batalla contra el hambre y la pobreza en la Argentina, no importa cuántas se hayan librado antes, recién comienza.

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