viernes, 10 de julio de 2009

Una revolución socialista sin caballos de Troya

Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)

Una revolución socialista siempre requerirá de cambios y continuidad, de rupturas y secuencias, de críticas y autocríticas, de revisión y reimpulso, que amplíen y consoliden los nuevos espacios de participación popular que se vayan conformando, al mismo tiempo que se van profundizando los diversos cambios políticos, económicos, sociales, culturales, espirituales y militares que la caracterizarán ciertamente como socialista.

Para ello será preciso impulsar sin temores ni caballos de Troya un amplísimo movimiento popular revolucionario que, escapando de los moldes tradicionales de la política y de la cultura “occidental” habitualmente aceptada, anule y supere el estado de cosas existente, esbozando así un nuevo modelo civilizatorio, centrado en alcanzar la emancipación integral del ser humano, sin discriminación alguna, a diferencia de aquel implantado según las reglas e intereses del capitalismo. Algo que, inevitablemente, nos conducirá -aún sin desearlo- a la confrontación y al cuestionamiento de aquellos valores que sustentan al capitalismo, comenzando por comprender, según lo expresado por Fidel Castro en el marco del XXV aniversario del asalto al Cuartel Moncada, que “socialismo y capitalismo son dos cosas diametralmente distintas, por definición y por esencia”, y, sobre todo, que el socialismo requiere de un esfuerzo colectivo permanente y no únicamente el impulso y la presencia de un individuo o de un colectivo providenciales.

Así, para que la revolución socialista tenga asideros sólidos se hace necesario también que las condiciones objetivas y subjetivas permitan que todas las iniciativas de los diversos sectores populares hallen cómo expresarse y concretarse libremente, sin depender del Estado, al cual habría que transformar radicalmente, en función de un poder popular efectivo, autónomo y autogestionario, teniendo en la obtención del bien común uno de sus rasgos principales. Esto demandaría de parte del pueblo una conciencia revolucionaria plena, abierta al debate político e ideológico, sin dogmas preestablecidos, fortalecida en la práctica efectiva de la democracia participativa. De este modo, el socialismo tendrá un mejor cometido emancipatorio (tanto en un sentido colectivo como en uno individual), recordando en todo momento que su implantación es ajena a la coacción, al sectarismo y al pensamiento único o uniforme; cuestiones que contradicen de forma absoluta la esencia real de lo que es el socialismo.

En el presente, hay que reivindicar radicalmente la vida, en toda la extensión del término. El capitalismo -aún aquel que se pretende humanizado- representa una grave amenaza para la vida en este planeta, lo cual exige, en el caso del socialismo, una visión diferente y un cambio estructural, de raíz, que se expanda de forma dinámica a todos los ámbitos de la vida social, contradiciendo la antigua percepción inducida por los apologistas del capitalismo que hace culpable de atraso y ruina económica, de falta de libertad y de causar zozobra internacional, afectando la paz interna de las naciones. El socialismo, por tanto, aparte de verse obligado a resolver los problemas coyunturales del pueblo, debe tender a la multiplicación de los diferentes espacios democráticos, partiendo desde la base hasta alcanzar los niveles superiores de organización, sin caer en el simplismo de acabar enmarcado en una ley o un decreto, sino más bien apuntando a la construcción de una nueva institucionalidad que esté supeditada en todo momento a la voluntad y a la soberanía popular, evitando -al mismo tiempo- la influencia perniciosa del burocratismo representativo. Logrado esto (sin resultar conformes), el camino al socialismo revelará, sin duda, el camino a la emancipación integral de nuestros pueblos.

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