viernes, 14 de agosto de 2009

Cinismo en Mosconi


Néstor Sappietro (APE)

Hace apenas unos días nos referíamos a la muerte de Bartolomé, el hijo del cacique Lucio Juan, que tenía dos años, pesaba diez kilos y murió por desnutrición. Decíamos entonces que los pibes de la comunidad wichí se nos siguen muriendo como si nada fuera. Esas muertes que el olvido naturaliza suceden lejos de cualquier escándalo mediático.

General Mosconi, al norte de la provincia de Salta, es una de las dos reservas de gas y petróleo más grandes del país. La cuenca del noroeste, donde está Mosconi, tiene reservas comprobadas por 29.949.000 metros cuadrados de petróleo y 161.748.000.000 metros cúbicos de gas, abasteciendo a diferentes provincias, así como también a países vecinos como Chile y Brasil.

Por el mismísimo terreno donde se enriquecen las empresas multinacionales, el hambre pasa acribillando a nuestros pibes.

Eduardo Paliza, uno de los líderes de las diez comunidades originarias de Mosconi que vinieron hasta Buenos Aires para denunciar la situación que atraviesan los integrantes de las etnias del noroeste argentino describe una situación que duele y avergüenza: “El municipio y la provincia ya no abastecen nuestros comedores ni otorgan los subsidios en tiempo y forma. La vida de nuestros hijos no se negocia, hacemos responsables a las autoridades por cualquier otra muerte evitable que ocurra entre nuestros hermanos”.

Ellos están cansados de morir en silencio en la brutal continuidad de 500 años de desprecio y exterminio. Eduardo Paliza lleva la bronca de esos 500 años en cada una de sus palabras: “No vamos a permitir que se nos muera un solo chico más de hambre, porque si esto ocurre, vamos a volar el gasoducto que pasa debajo de nuestras tierras y que se lleva las riquezas de nuestro subsuelo a razón de 30 millones de metros cúbicos de gas por día”.

Es la apología de la obscenidad en su máxima expresión, la agonía de un pueblo construida sobre un territorio que produce ganancias millonarias.

Y como si fuera poco con la indiferencia,

como si no alcanzara con condenarlos a la muerte temprana por causas evitables,

como si no bastara la impotencia de verlos violar su territorio y excavar hasta llevarse la última gota de sangre de la tierra,

como si todo el desprecio no fuera suficiente;

por las dudas, también hay un lugar para la degradación de las comunidades...

El intendente de General Mosconi, Isidro Ruarte, los acusa de “vagos”:

“El problema no es el hambre. Es mentira que estos aborígenes estén desnutridos, lo que pasa es que la gran mayoría no quiere trabajar porque son vagos y tienen problemas con el alcohol. Si usted les da mercadería, ellos la venden para comprarse vino en vez de dársela a la familia... Como si fueran pocos, cada vez son más, tienen muchos hijos que no pueden mantener, las chicas a los 12 años ya quedan embarazadas porque no se cuidan”.

El intendente de Mosconi niega y acusa haciendo culto de un cinismo que indigna.

Un cinismo que tiene innumerables referencias en la historia de nuestro país y que se ha utilizado desde siempre para justificar todas las políticas de exterminio.

Cada sentencia del intendente es un insulto a la verdad.

La negación como toda acción política.

El intendente niega el hambre, la desocupación, el desabastecimiento de los comedores... Niega la muerte.

¿Cómo esperar que semejante personaje haga algo para que no perdamos más pibitos como Bartolomé ante semejante muestra de desprecio?

¿Cómo no entender a quienes amenazan con volar un gasoducto para que los escuchen?

¿Cómo no maldecir? ¿Cómo no apretar el puño? ¿Cómo espantar tanta tristeza?

Autor imagen: APE


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