martes, 4 de agosto de 2009

Después de la cumbre, Pekín y Washington navegarán en la misma embarcación

Dmitri Kosirev (RIA NOVOSTI)

Para aquellos celosos del rigor protocolario en las relaciones internacionales, probablemente causó asombro el hecho de que el presidente chino Hu Jintao no acudió a la cumbre China-Estados Unidos celebrada recientemente en Washington.

En la inauguración del evento oficialmente denominado Dialogo Estratégico Económico entre China y Estados Unidos, intervino el presidente estadounidense, Barack Obama.

En su discurso, el presidente estadounidense expresó su deseo de visitar lo antes posible China, y en lo que respecta el presidente chino, él ya estuvo en EEUU la pasada primavera, de modo que desde el punto de vista del protocolo, las cosas quedaron en orden.

En cambio, parece que nunca antes una delegación oficial china tan numerosa había visitado EEUU. Fueron más de 200 funcionarios encabezados por el consejero de estado Dai Bingguo, responsable de la estrategia de política exterior china.

Y si se tiene en cuenta que las empresas estatales desempeñan un papel clave en China entre esos 200 funcionarios que integraban la delegación china había muchos directores de esas empresas en capacidad de adoptar decisiones cruciales en asuntos de economía.

La parte estadounidense también estuvo representa a un nivel lo suficientemente competente, y el comentario general fue que en los dos días que duró la conferencia fue una verdadera maratón de presentaciones entre comerciantes y empresarios de ambos países, y además, una ocasión muy oportuna para discusiones importantes.

La reciente cumbre chino-estadounidense demostró que en el momento actual, la economía y únicamente la economía, es el asunto más importante para ambos países.

La relevancia del factor económico fue tan evidente, que el resto de los aspectos de las relaciones bilaterales, incluso las más desagradables quedaron al margen de la agenda tal manera que a partir de ahora, parece que deberán avanzar por un sendero a parte.

En vísperas de la cumbre, dos figuras clave de la delegación norteamericana, la secretaria de estado estadounidense Hillary Clinton y el secretario del Tesoro de EEUU Timothy Geithner, intervinieron con artículos desde las página del diario Wall Street Journal y reproducidos por el diario chino Renmin Ribao, en los que los funcionarios expusieron cifras concretas y hechos evidentes.

Como por ejemplo que para el día de hoy el Producto Interior Bruto (PIB) de China supera los cuatro billones de dólares, que diariamente por el Océano Pacífico cruzan miles de mensajes electrónicos y llamadas por teléfonos celulares, y que el año próximo los vuelos directos entre China y EEUU alcanzarán 249.

Pero los artículos de los funcionarios estadounidenses no citaron una cifra clave que supone la médula de las relaciones chino-estadounidense y que cualquiera de los asistentes a la cumbre de Washington sabe de memoria.

Son los 1,5 billones de dólares que componen la deuda pública de EEUU a China en bonos del tesoro. China es el mayor en el mundo acreedor de la economía estadounidense y la deuda de EEUU a China es comparable con su actual déficit presupuestario, ya que para el año próximo, ascenderá hasta los 1,84 billones de dólares.

Por supuesto que no hay que tomar en serio los comentarios que se hacen en China de que el dólar debe dejar de ser una divisa de reserva mundial y no obstante, en EEUU hay muchos que tiemblan cada vez que desde Pekín se dicen cosas semejantes.

O como ocurrió la pasada primavera boreal, cuando desde Pekín en voz alta expresó dudas sobre la fiabilidad del dinero chino invertido en EEUU y sobre los riegos de un colapso de la economía estadounidense.

La pasada cumbre chino estadounidense más que todo sirvió para que la elite económica de ambos países pudieran conocerse personalmente y los más importante, pudieran ponerse de acuerdo en cómo salir juntos de la crisis.

El reconocimiento del hecho de que "navegamos en una misma barca" se convirtió en la constatación más importante en las relaciones entre la primera y la segunda potencias mundiales.

Relaciones que continuarán desarrollándose de la mima forma a pesar de que entre los dos países existen grandes diferencias culturales y tienen sistemas sociales y políticos muy distintos, como subrayó en Washington al pronunciar su discurso el consejero de estado chino.

Y si omitimos las consideraciones diplomáticas, pues predomina la impresión de que el deudor EEUU hace todo lo posible para tener contento a su acreedor chino de tal manera, que no ocurran movimientos bruscos, para que Washington pueda seguir tomando más dinero prestado a Pekín.

Aquí es cuando surgen no pocos interrogantes en cuanto a cómo podrán cambiar las relaciones internacionales, en las que el dúo chino-estadounidense desempeña un protagonismo clave.

Como por ejemplo si cambiará el estilo de la política exterior de EEUU cuando los presidentes desde Washington, además de imponer a todos las reglas de su democracia, mediante organizaciones no gubernamentales se dedicaban a cambiar los gobiernos en otros países.

O si, por lo menos, a partir de ahora, la Casa Blanca se limitará a hacer amenazas permanentes y nada más.

China conoce muy bien esta táctica, al menos en lo que concierne al Tibet o a la Región Autónoma Uigur de Xinjiang.

Es necesario reconocer que últimamente desde Washington ese tipo de replicas se hacen en tonos muy modestos casi imperceptibles.

¿Será que van a desparecer definitivamente a nivel global, o únicamente con respecto a China?

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