lunes, 31 de agosto de 2009

Drogadicto y pobre: La peor de las mezclas

Ulises Naranjo (MDZOL)

¿Qué pasa si una persona sin recursos tiene problemas realmente serios con drogas en Mendoza? Pues ahí se agrega otro calvario que, en algunos casos, termina en El Sauce o el Pereyra y en otros en la desesperación total. Esta gestión, ha mermado en un 75% el presupuesto del Plan de Adicciones y no cumple con la ejemplar ley 7088.

Poco podemos hablar del mundo de las drogas si no consideramos que hay una doble naturaleza que las constituye: son cura y veneno, maravilla y miseria, placer y dolor. 

En su justa medida, una droga puede curar tu mal u otorgarte sensaciones placenteras; en su injusta medida, una droga puede matarte. Un ejemplo de esto fue protagonizado por el filósofo Sócrates, quien, hace unos 2500 años, murió víctima de una droga que cura –la cicuta– pero que le fue suministrada en exceso, con el objetivo de matarlo.

De esta manera, hay dos caminos que suelen seguir las personas que se acercan a las sustancias: con ellas, no todos la pasan bien y no todos la pasan mal. Así pues, si sólo consideramos que brindan placer, estamos considerando a medias y si sólo creemos que hacen daño, también estamos considerando a medias. 

Una mirada sobre este complejo mundo necesariamente debe, entonces, estar por encima de las parcialidades y esto es así porque las drogas son más viejas incluso que nuestra idea del delito y el invento del hospital. 

Bajo este contexto, y en el marco de la noticia de la no punibilidad para el consumo personal de la marihuana, digamos que, en el mundo, las drogas han estado, están y estarán por siempre. 

Digamos también que algunas son legales –alcohol, psicofármacos– y otras no y que las más dañinas son las legales. Digamos también todas las clases sociales las utilizan y que quienes tienen más plata las consumen de mejor calidad. Digamos también que la adicción no es sólo patrimonio de las drogas, pues hay adictos al trabajo, al sexo, al shopping, al chocolate, al alcohol, al juego y a tantas otras cosas que son publicitadas profusamente y a diario, con mensajes equívocos, para estimular su consumo. 

Digamos, finalmente, que ser drogadicto y pobre es una doble condena acumulativa. 

Hecha la aclaración, centrémonos en la situación de las drogas como daño. ¿Qué pasa si algún integrante de nuestra familia tiene, por ejemplo, problemas con sustancias? ¿Qué servicios ofrece la red sanitaria? La respuesta no es fácil, porque la problemática es compleja y va mucho más allá de las opiniones livianas y los titulares erróneos que se están esgrimiendo en los medios. 

Estamos en problemas

Mauricio Vezzoni es el joven titular del Plan Provincial de Adicciones. Es psicólogo y ha realizado tareas vinculadas a la temática desde la base, pues ha sido operador y trabajado directamente con niños y jóvenes en situación de calle. A él, le trasladamos la pregunta. 

“Desde que asumimos, hemos llevado de dos a seis los centros de atención para gente con problemas de adicciones. En estos lugares, quienes tienen problemas, en primer lugar, son abordados por un equipo formado un psicólogo, un psiquiatra y un trabajador social, quienes determinan el tratamiento a seguir”, inicia. 

Lo cierto es que esto se da en los casos más “livianos”. Ahora bien, si resulta que un adicto crónico a la cocaína (con, por caso, síndrome de abstinencia, baja estima personal y desnutrición) se acerca a la red pública –un hospital, un centro de salud o incluso un centro de tratamiento para adicciones– la verdad es que apenas será desintoxicado, estabilizado y otra vez a la calle, a la buena de Dios. Esto, en el mejor de los casos, porque si el problema se acentúa el destino será los hospitales Sauce y Pereyra. 

Ahora bien, si el enfermo proviene de una familia con recursos, en una clínica privada será debidamente atendido, con el proceso y los tiempos que la adicción merece. Esta situación se da en el marco de que la actual gestión redujo en un 75% el presupuesto destinado al Plan de Adicciones, incluso sacándole dineros que por ley le correspondían: “Es verdad lo de la reducción, pero igualmente trabajamos mucho y exprimimos la creatividad”, confiesa Vezzoni.

Testigo de lo que parecen ser otros tiempos es Miguel Conocente, titular del Plan en la anterior gestión. Escuchémoslo: “La Provincia cuenta con una ley referida al tema adicciones que es pionera en muchos aspectos. Aprobada por unanimidad en enero del 2003, la Ley 7088 entre otras cosas establece como objetivos prioritarios del Plan Provincial de Adicciones. Actualmente, lamentablemente esta ley no es cumplida”, inicia. 

“La letra es completísima. Dispone trabajar estrategias de reducción de daños, desarrollar programas de prevención a partir de criterios científicos, cuya eficacia pueda ser medida y que perduren en el tiempo por plazo mayores a lo que dura una gestión de gobierno, un sistema de organización de los tratamientos que el gobierno financia a partir de normas de calidad ISO 9002 (llamado Programa Asistencial de Coordinación Interinstitucional-), un presupuesto propio con un piso fijado por la Ley más aportes del Instituto de Juegos y Casinos, el Ministerio de Salud, donaciones, etcétera; y otros aciertos que han significado que esta norma se tome como referencia a nivel nacional (en particular, el Comité Científico Asesor en materia de drogas que trabaja para el Ministro Aníbal Fernández actualmente). En Mendoza, lo repito, esta Ley Provincial hoy no se cumple”, completa Conocente. 

Aumentando el daño 

Aclaremos un punto importante de la ley, llamado la reducción del daño: se trata de una estrategia de salud pública que considera que el consumo de drogas es inherente al ser humano y que apunta a reducir los efectos negativos de las sustancias. O sea: no se preocupa tanto por el consumo, como por aquellos que efectivamente tienen problemas con él. 

Esta teoría, presente en los mejores planes del mundo, se convirtió en ley en Mendoza y arrojó muy buenos resultados y, hoy por hoy, ya no es especialmente considerada. Ergo: si no se reduce el daño, pues se lo está aumentando. 

“Hay abordajes que son prohibicionistas y otros que apuntan a la reducción del daño. Nosotros preferimos ver caso por caso. A veces, somos prohibicionistas y a veces hacemos reducción del daño, según lo que nos pide la situación. Igualmente, nosotros hemos cuatriplicado el número de prestaciones asistenciales”, aduce Vezzoni. 

Al respecto, Conocente retruca: “Lo que ocurre con la reducción del daño es reflejo de la situación general de no cumplimiento de la ley. Es una lástima que una serie de programas de prevención que fueron desarrollados, algunos por más de 6 años, no se hayan seguido sosteniendo. Y fueron justamente esos programas los que llevaron a que nuestra provincia fuera la única del país que midió por debajo de la media nacional en el consumo de sustancias durante tres años consecutivos. Estos programas preventivos dieron resultados altamente positivos y formaron a gran cantidad de personas en temas de adicciones. Hoy, lamentablemente, no se aplican”.

Y finaliza el anterior encargado del Plan: “Es fundamental que en adicciones trabajemos en verdaderas políticas de Estado, de otra manera no habrá resultados verdaderos más que buenas intenciones cortoplacistas, en el mejor de los casos”.

Hoy en la provincia hay un Plan de Adicciones que recibe un 75% menos de presupuesto, pero que aún así abrió, hasta ahora, cuatro centros más para atenciones de casos no complejos y a ello sumemos la tarea de dos o tres organizaciones civiles que quedaron trabajando en este tema, pues las demás desaparecieron. 

Dejalo que disfrute 

¿Cuál es la solución? Lejos está de ser la de meter en cana a un pibe por andar con un porro encima. Las soluciones, que son varias y están contempladas en nuestra ley, pasan por la aceptación de que las drogas existen y van a existir siempre y que hay que asistir a quienes se llevan mal con ellas.

Como toda problemática estructural, exige una respuesta sistémica y una receta fundamental: el trabajo serio e interdisciplinario (Salud, Educación, Deporte, Desarrollo Social, Trabajo, Cultura, Vivienda) en la generación de hábitos de vida saludable. 

¿Para qué? Para que los jóvenes tengan alternativas a la hora de elegir entre tomarse una cerveza o fumarse un faso en la esquina y hacer deporte en un club o aprender a tocar un instrumento o capacitarse en un oficio para conseguir un buen trabajo. 

¿Y si después de todo eso un adulto además tiene ganas de fumarse un porro, comerse un asado y tomarse un vino? Pues que los disfrute, amigos, si a nadie perjudica.

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