viernes, 14 de agosto de 2009

El derrumbe del llamado “Socialismo Real”: Causas, impactos y lecciones

Narciso Isa Conde

Esta reflexión data de años atrás: se remonta embrionariamente a los días finales de 1965, (inmediatamente después de nuestra hermosa revolución de abril) cuando nuestro Partido Comunista Dominicano proclamó el “no seguidismo” al PCUS y la adopción de una política internacional “independiente y creadora”. Se profundizó cuando conocimos más de cerca el llamado modelo soviético y diversas expresiones del “socialismo real”.

Tomó mucho vuelo a raíz de conocer la “Primavera de Praga” y condenar la intervención militar de la URSS en ese país, evaluando sus causas de fondo; continuó desarrollándose a las luz de no pocas lecturas críticas de la historia del socialismo e intensas vivencias en el movimiento comunista y revolucionario mundial en las dos décadas posteriores,

Se nutrió de los inolvidables intercambios con el erudito latinoamericanista soviético Kiva Maidanik, guevarista por convicción, y de los ricos debates entre él, Schafik Handal, Hugo Kores, Manuel Piñeyro, Marta Harnercker y el autor de estas líneas. Igual del primer Foro de Sao Paulo, de seminarios permanentes como el de la revista America Libre y del creado por Manuel Monereo desde la Fundación de Investigaciones Marxista del PC de España

Tomó cuerpo antes del “derrumbe” y se expresó antes y después en múltiples trabajos partidarios, artículos y ensayos y entrevistas en revistas nacionales e internacionales, publicaciones propias como la revista “Impacto Socialista” que dirigí y el semanario “Hablan los Comunistas” (décadas de los 70 y 80); en columnas de periódicos comunistas y no comunistas, en seminarios, congresos, paneles, debates televisivos y radiales, folletos y libros, particularmente en el primero publicado bajo el título COMUNISMO VS. SOCIALDEMOCRACIA (1986).

Este análisis se fue puliendo y enriqueciendo en variadas ocasiones, recordando aquel especial momento en que cinco secretarios generales ( Patricio Echegaray, Schafik Handal, Rigoberto Padilla, Humberto Vargas Carbonel y Narciso Isa Conde) de los PC del Continente, Manuel Piñeyro (Comandante Barbarroja) y el intelectual cubano Luís Suárez Salazar, poco antes del colapso general de la URSS, dimos a luz -luego de intensas reflexiones en Nicaragua y en Cuba- la “Carta Abierta a los Partidos Comunistas y Revolucionarios de América Latina y el Caribe,” y el ensayo titulado “América Latina: Continente de la Esperanza” (1990).

Este producto -no el único- de esa reflexión y debate trascendentes, fue inicialmente estructurado en forma parecida y próxima a esta nueva versión, ahora algo actualizada y reforzada, como primer capitulo de mi libro “REARMANDO LA UTOPÍA”, publicado en 1999 y ahora en proceso de revisión y enriquecimiento cara a su tercera edición.

Creo útil volver en este periodo sobre sus pasos y darlo a conocer por este y otros medios involucrados en el debate sobre el presente y el futuro del socialismo en el mundo, en vista la importancia que a mi entender tiene aproximarnos cada vez más al conocimiento de las causas de aquel “cataclismo político” en interés de no volver a tropezar con las mismas piedras y peñones; procurando prevenir lo previsible, recuperar conceptos abandonados, recrear otros, corregir rumbos y entuertos, y sobre todo recrear esperanzas alrededor de proyectos más atractivos, menos vulnerables, con capacidad auto-superadora y dinámicas persistentes capaces de unir cada vez más la conquista del pan, la belleza, la igualdad y la libertad como valores colectivos.

No pretendo que esta sea la verdad incontrovertible sobre esos acontecimientos, tampoco toda la verdad, mucho menos la verdad absoluta. Aspiro sencillamente a que la difusión de este trabajo contribuya a aproximarnos a ella, para como movimientos tratar de ser cada vez más certeros. Es un aporte modesto a un debate trascendente sobre un tema trascendente, que precisa de una mayor participación y socialización.

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Los cambios acaecidos a final del siglo XX incluyeron el derrumbe de los procesos anticapitalistas y anti-imperialistas europeos, a los que no pocos críticos de izquierda de esas realidades le atribuyen fuerte componentes del capitalismo de Estado

Una especie de cataclismo político con muchas naciones víctimas y con escasos pero valiosos sobrevivientes.

Un terremoto de alta intensidad que arrasó simultáneamente con importantes conquistas sociales, pero también con graves y costosas aberraciones.

Una tragedia que súbitamente cambió la correlación de fuerzas mundiales y le abrió paso a escala planetaria a la epidemia neoliberal y a la uni-polaridad militar.

Todo eso y algo más.

Pero de ninguna manera la fantasiosa muerte del socialismo como ideal liberador.

Lo transformado, lo construido y lo adulterado nunca dejó de ser un proceso inconcluso y estructuralmente defectuoso.

Nunca dejó de ser un tránsito difícil y arriesgado, escasamente paradigmático.

Jamás llegó a ser un sistema esencialmente socialista, sino más bien un intento de tránsito hacia él, sensiblemente deformado. Y la mayor tragedia consistió en que no pudo auto-renovarse.

Mistificación

En esos países el socialismo nunca llegó a ser una realidad plena en el transcurso de este siglo.

Una de las grandes mistificaciones de ese proceso de tránsito al socialismo en Europa del Este fue presentar como socialismo pleno, como socialismo desarrollado , o como avance hacia un comunismo cercano, las que realmente fueron transformaciones incompletas y adulteradas en el marco de procesos anticapitalistas.

Un recurso en esa misma dirección fue el calificativo de “socialismo real”, empleado para presentar como irreal, como fantástico o como antisocialismo, todo lo que fuera distinto al conjunto de modelos estatistas burocratizados que resultaron de esas transformaciones.

Tal versión obvió el hecho de que desde muy temprano abundaron los pensadores revolucionarios que pusieron énfasis en la distancia existente entre lo que se alcanzó en esos países y el ideal socialista, entendido éste como estadio superior de bienestar y de retribución por la capacidad y el aporte de los miembros de la sociedad; como democracia social, económica, cultural y política; como régimen de predominio de formas de propiedad social, donde los productores y gestores pasan a ser realmente dueños de los medios de producción y distribución; como sistema que garantice altos niveles de superación humana y de la libertad en todos los órdenes.

Los logros fueron significativos, pero se quedaron cortos y fueron sumergidos en un entorno político que se tornó impugnable.

La industrialización, el desarrollo científico y cultural, la reducción de las desigualdades, la superación de la miseria y del desempleo, la erradicación del analfabetismo, el auge del deporte y la recreación sana, la promoción social de clases y sectores marginados... constituyeron, entre otras, sus conquistas más relevantes y realmente respetables. Ellas, sin embargo, no evitaron la crisis final.

Las denominaciones de “países socialistas” y “países comunistas” tuvieron una gran divulgación propagandística, tanto desde sus gestores como desde los medios masivos de comunicación del sistema capitalista. Y eso ha hecho que ellas se repitan por inercia, por hábito, por costumbre y por facilidad de referencia, a pesar de su gran imprecisión científica.

Ciertamente, estas situaciones no son fáciles de explicar, y mucho menos de sintetizar con ciertos calificativos y ciertas denominaciones, y por eso muchas veces se recurre a convencionalismos que permiten, aún sin ser precisos, establecer diferencias.

Incluso el término “socialismo de Estado” es en gran medida convencional, tanto por lo inconcluso del proceso de transformación socialista a escala nacional y planetaria, como por lo parcial de las precondiciones creadas para conformar sociedades socialistas, por las involuciones acaecidas, por los niveles de enajenación y alienación que se registraron en no pocos de esos procesos de tránsito, por las trágicas y generalizadas aberraciones derivadas de su poder burocrático. Y, además, porque el verdadero socialismo procura precisamente abolir el Estado, extinguirlo paulatinamente, socializar la economía y socializar progresivamente el poder hasta hacerlo desaparecer.

Por eso es importante precisar el real contenido de esos procesos. Y ante el colapso de los modelos estalinistas, neo-estalinistas o estatistas burocratizados salidos de ellos, se impone además la necesidad de explicar a mayor profundidad lo que ha acontecido, llamando las cosas por sus nombres, contrarrestando la inercia propagandística y la referida mistificación de la realidad.

Crisis estructural

La historia de la humanidad registra múltiples crisis dentro de modelos y estructuras creadas en el proceso de gestación de una determinada formación económico-social, crisis que han sido resueltas o en beneficio de ella misma o en otras direcciones.

A través del examen crítico de la historia reciente hemos llegado a la firme convicción de que en Europa Oriental no fue el socialismo lo que hizo crisis, sino determinados modelos y estructuras conformadas en el tránsito hacia él.

Hizo crisis, más bien, la falta de socialismo dentro de esa transición; esto es, colapsaron estructuras que se tornaron bloqueadoras de los nuevos avances y que finalmente conformaron modelos estatista-burocratizados, que si bien representaron vías no capitalistas de desarrollo, se convirtieron en regímenes negadores de valores esenciales del ideal socialista y, en no pocos períodos y casos, en regímenes tiránicos. De esa manera el “socialismo real” devino más bien en socialismo irreal.

El súper-Estado propietario, basado en grandes monopolios estatales y en el trabajo asalariado (sin autogestión ni cogestión social) bajo administración burocrática, si bien es diferente al capitalismo de Estado bajo control de la gran burguesía privada; si bien no implica la apropiación privada del excedente -aunque si su uso antojadizo por la burocracia (en una especie de combinación de distribución social y sistema de privilegios- no equivale, como dicen algunos al capitalismo de Estado propiamente dicho, pero si a una modalidad de régimen no capitalista al servicio de la burocracia y no del proletariado ni del sujeto popular en general .

Esa realidad, con toda su impronta de corrupción y privilegios, con toda su negacion de democracia y participación, con todo el aplastamiento de la sociedad civil en términos gramscianos, fue la que hizo crisis y colapsó, sin tirar un tiro, después de más de medio siglo de imposición estable, más de 70 en el caso de la URSS.

Específicamente, a finales del decenio de los 80 y principios del 90 se produjo la crisis final de esos modelos de tránsito altamente estatizados, altamente centralizados, con gestiones extremadamente verticales, con un aparato estatal y un sistema de gestión económica considerablemente burocratizados.

Se trató a la vez de la crisis final de los sistemas políticos antidemocráticos que allí primaron, dentro de los cuales el papel del partido único se confundió con el del Estado para aislarse del pueblo, perdiendo por esas y otras razones su carácter de vanguardia, desgastándose al compás de la agudización de la crisis y del desarrollo del sistema de privilegios, de la corrupción burocrática, de nuevas modalidades del dominio patriarcal y del adulto-centrismo, como también y de políticas depredadoras de la naturaleza y trasplante de patrones tecnológicos afines a la civilización industrial capitalistas.

El modelo soviético gravitó de manera determinante en otros países europeos vía las fuerzas militares del Pacto de Varsovia, vía el CAME, vía múltiples mecanismos de presencia directa e indirecta, vía el gran peso económico e ideológico de la URSS... provocando a la larga en no pocos casos, por ser extraño a los procesos nacionales, mayor rechazo que aceptación.

Esos modelos, pasado el período de las medidas de excepción y del entusiasmo revolucionario de los primeros años, pasado los liderazgos originales de las revoluciones y las fases de alta popularidad de sus direcciones políticas ganada en la lucha antifascista, acentuaron la separación entre el poder y el pueblo, debilitaron o anularon la vida política y el dinamismo en la sociedad civil, incrementaron el apoliticismo en las nuevas generaciones, congelaron el nacionalismo y el conservadurismo, y crearon el caldo de cultivo favorable para el desarrollo de tendencias pro-capitalistas y corrientes desintegradoras.

Y mientras más se insistió en prolongar su vigencia (a pesar de su evidente entrada en períodos de agotamiento y de crisis), más desastrosos fueron los resultados de su crisis y más imposible de alcanzar su continuidad a través de una renovación de corte socialista.

Imposibilidad de la renovación

En medio de esa crisis, los intentos de renovaciones políticas que se emprendieron tuvieron en común la ausencia total o el diseño incompleto de nuevas estrategias socialistas y la falta de nuevas vanguardias capaces de conducirlas, lo que facilitó la hegemonía de posiciones pro-capitalistas.

Se trató de una crisis esencialmente estructural, una crisis de un modelo económico y de un sistema político conformados durante decenios; de un modelo y un conjunto de estructuras que tuvieron sus fases de crecimiento, logros, expansión y dinamismo, pero que evidentemente agotaron sus posibilidades.

Las crisis que en la URSS, en los países de Europa oriental y central, le abrieron paso a un traumático proceso pro-capitalista que, en lugar de superar errores y deformaciones, ha introducido en esas regiones del mundo los problemas propios del llamado capitalismo “salvaje” (con perdón de los/as salvajes, agregado a otros males no resueltos.

¿Triunfo de occidente? ¿Fin del socialismo?

El teórico japonés-estadounidense Francis Fukuyama presentó estos hechos como el “fin de la historia”, entendida ésta como controversia entre los dos grandes campos enfrentados durante siete decenios de este siglo, y nos habló a la vez del triunfo definitivo del Occidente capitalista y de la democracia liberal.

Los principales ideólogos y propagandistas del capitalismo han hablado de la derrota definitiva del socialismo y del comunismo, y han invitado a la humanidad al entierro de las ideas de Marx, Engels y Lenin.

¿Qué ha pasado realmente?

¿Cuáles son las características y los límites de esta derrota?

¿Es cierto que la utopía socialista se ha quedado sin vida?

¿Es verdad que el ideal socialista ha probado su impertinencia?

¿Es real que no tiene validez el proyecto socialista-comunista como alternativa al sistema capitalista?

¿Debemos aceptar que en lo adelante el desarrollo mundial será unidireccional y uniformemente a favor de la privatización de los medios de producción, distribución y servicios, del reinado omnímodo del neoliberalismo y de las estrategias trazadas desde los grandes centros del capitalismo mundial?

Características del revés

El revés ha sido en parte formal y en parte real, con serios impactos deprimentes de la conciencia revolucionaria acumulada y de la lucha por el ideal socialista.

Ha sido en parte formal, porque se presenta como derrota total del proyecto socialista, a pesar de representar solamente el agotamiento y la quiebra de modelos que en el tránsito hacia ese ideal resultaron altamente burocratizados y esencialmente negadores de valores socialistas fundamentales. El hecho de que los modelos estatistas, burocratizados y autoritarios fueron proyectados como el único socialismo posible, motivó que su desplome afectara sensiblemente la conciencia prosocialista a escala mundial y le diera asidero temporal a esa campaña.

El revés ha sido en parte real, dado que se trató del colapso de regímenes objetivamente enfrentados al capitalismo y al imperialismo, cuyo papel internacional servía, en diferentes grados, de contrapeso a la política imperialista, al colonialista y al neocolonialismo.

Y ese revés, con ese doble significado, ha tenido impactos decepcionantes y deprimentes para las fuerzas de la izquierda revolucionaria y los sectores progresistas y antiimperialistas, no tanto por el desplome de modelos en franca decadencia, sino sobre todo por el hecho de que sus crisis no pudieron ser superadas en el sentido socialista-revolucionario y, en consecuencia, sirvieron de caldo de cultivo a pensamientos y opciones pro-capitalistas, facilitando la progresiva aproximación y asociación de esos países a las estrategias imperialistas.

Es claro que la superación de los modelos estatista-burocratizados con fuertes componentes despóticos, se convirtió en los decenios de los 60, 70 y 80 en una necesidad para el progreso y para el paso a un modelo de desarrollo y tránsito autosostenido al socialismo. La llamada Primavera de Praga fue la primera señal en esa dirección (Checoslovaquia 1968) y resultó aplastada por la intervención soviética, la cual fue profundamente analizada y categóricamente rechazada por nuestro Partido Comunista Dominicano (PCD).

Lo más grave de ese hecho fue que la posibilidad de esa renovación se frustró en esa y en ocasiones posteriores, provocando graves daños al ideal socialista.

En el curso de las dos décadas posteriores a ese atropello la atrofia de las fuerzas de la renovación socialista fue mayor de lo previsto en el más pesimista de los vaticinios, y la negación de valores esenciales del socialismo a nombre del socialismo, anuló en el corto y en el mediano plazo toda posibilidad de recuperación auténticamente socialista en el marco los procesos burocratizados.

La castración ideológica fue tan drástica que aún en los casos en que fuerzas formalmente comunistas y prosocialistas lograron sostenerse por más tiempo en los gobiernos nacionales y locales asumiendo algunas reformas, su actitud defensiva, su vulnerabilidad por el desprestigio del pasado, las condujo a recular, a hacer concesiones, a ceder frente a las emergentes fuerzas pro-capitalistas y, finalmente, a sucumbir.

En otros casos, el pensamiento y el accionar liberal (pro-occidental y pro-capitalista) pasó a ser francamente hegemónico desde los llamados sectores reformistas y “renovadores”, independientemente de la velocidad posterior de los cambios en el régimen de propiedad.

Un revés previo de trágicas consecuencias

La imposibilidad de aprovechar la crisis de los modelos estatistas- burocratizados para retomar el camino socialista, para llevar a cabo la conversión de la propiedad estatal en propiedad realmente colectiva, para democratizar el proceso de tránsito, para dar al pueblo participación y poder de decisión, se tradujo en un costoso revés. Y ese hecho fue, en gran medida, consecuencia tardía de un revés más remoto y más profundo, que tampoco fue debidamente evaluado.

Nos referimos al revés que sufrió el ideal socialista original y el primer intento de tránsito al socialismo en el marco de una sociedad sin las precondiciones materiales para ello y a través de un ensayo que pudo implicar, en caso de prolongarse y enriquecerse, una dinámica de desarrollo autosostenido, con pluralidad económica, social, política e ideológica, con democracia en el partido, en los soviets y en la sociedad, con participación y poder de decisión de los pueblos.

Nos referimos al esfuerzo leninista a través de la NEP (siglas con que se conoce internacionalmente la Nueva Política Económica) y a sus reflexiones adicionales; esto es, el ensayo de un tránsito con poder popular, con amplias alianzas sociales y con capacidad auto- superadora, sin rígidas uniformidades ni verticalismos extremos. Esfuerzo, que si bien admitía la coexistencia con áreas de propiedad privada capitalista(perfectamente entendible en sociedades donde la socialización partía del predominio de la propiedad privada en sus múltiples expresiones y dimensiones), no resignaba el proceso progresivo de socialización.

Ese ensayo fue derrotado por Stalin, sus partidarios y otros sectores del Partido Bolchevique en el empalme de los decenios de 1920 y 1930. En su lugar se impusieron la estatización y la colectivización forzadas, contando el inicio de ese curso político con el respaldo de una parte del pueblo contra la otra, y luego volcándose contra la inmensa mayoría de la sociedad.

Esa derrota resultó, a la corta y a la larga, trágica para el tránsito al socialismo.

Esa imposición del llamado modelo estatista, pese a todo el poder de acumulación generado inicialmente a través de los métodos verticales de gestión dentro de un régimen altamente centralizado y del sacrificio del campesinado, se fue convirtiendo en una especie de negación de valores fundamentales del socialismo y, muy especialmente, en un mecanismo de aplastamiento de la democracia socialista y del poder popular representado por los consejos obreros y populares (soviets). Así el socialismo del siglo veinte, presente el la fa se inicial de esa formidable revolución obrera y popular, fue declinando al compás del brutal estatismo staliniano.

Se construyó así un súper-Estado propietario, altamente monopolista, negador de la democracia y del poder de decisión de los trabajadores, de los productores y de los consumidores; negador de la igualdad de derechos entre los géneros y de la relación armónica entre seres humanos y el resto de la naturaleza.

Un súper-Estado enajenante, atropellador de los derechos nacionales, negador de la diversidad y de la creatividad, machista en nueva esencia, avasallador del espíritu crítico y resistente a la autocrítica.

A nombre de la revolución, del socialismo y del propio leninismo, se entronizó una de contrarrevolución sui generis, con un sistema y un modo de producción y distribución absolutamente burocráticos, condicionado por una intensa hostilidad y agresividad imperialista que, al tiempo de legitimarlo ante las fuerzas anticapitalistas del mundo, lo obligada a un alto grado de militarización que luego cobró vida propia y se tragó parte de sus propios logros sociales y no pocas de sus ofertas de bienestar popular a través de una intensa y prolongada carrera armamentista.

Imprevisión

La tragedia que implicó la derrota del ensayo de Lenin, los graves efectos de la prolongada vigencia del llamado modelo estalinista (expandido hacia el Este y el Centro de Europea después de la victoria antifascista y del heroico aporte del Ejército Rojo en esos resultados), y el negativo desenlace de esa crisis hacia tortuosos senderos capitalistas, no eran elementos fáciles de advertir en medio de un tránsito tan complejo, paradójico y contradictorio como el iniciado en Octubre de 1917.

Desde fuera era todavía más difícil pensar tales resultados.

El desarrollo relativo (comparado con lo que fue el nivel y el papel de Rusia y sus viejas colonias) resultaba impactante pese a los atrasos y los retrasos que lo acompañaban.

La mistificación generada y el hermetismo del sistema, ocultaba muchas de sus debilidades, taras, aberraciones y limitaciones.

Incluso los propios enemigos del socialismo quedaron alegremente sorprendidos por el estrepitoso colapso de esas experiencias. Nadie previó ese cataclismo político, aunque no pocos hablaron de sus crisis y formularon críticas sabias y justas a lo largo de su existencia.

Paradojas

El aporte a la humanidad del sistema creado fue, paradójicamente, muy superior a los nada despreciables resultados en los límites de sus fronteras territoriales:

Obligó al capitalismo desarrollado a reformarse y a conceder reivindicaciones económicas, sociales, culturales y políticas de gran significación para los trabajadores y los pueblos. En Europa lo forzó a incorporar conquistas propias de los movimientos sociales (auge de la socialdemocracia y del llamado “Estado de Bienestar”).Gravitó incluso sobre el pujante capitalismo estadounidense.

Contribuyó al desmantelamiento del sistema colonial y estimuló los procesos de independencia y autodeterminación de los pueblos.

Aportó más que ninguna otra fuerza mundial a la derrota del fascismo, aunque no supo superar sus limitaciones ni las trabas de su propio modelo bajo el influjo optimista provocado por esa gran victoria.

Contribuyó a la heroica Revolución China, al proceso revolucionario coreano, a la victoria de Vietnam y a la defensa de la heroica Revolución Cubana; hechos puntuales y extraordinariamente valiosos en el camino hacia el imperio de la justicia en las relaciones mundiales.

Estableció términos de intercambio con países “subdesarrollados” del Tercer Mundo que bien podrían servir para diseñar normas más justas en el orden económico internacional.

Garantizó la paz mundial, bloqueó la guerra termonuclear y evitó un grado mayor de agresiones militares e imposiciones políticas estadounidenses.

Causas del desenlace fatal

La negación de valores socialistas desde esos modelos burocráticos, así como sus contradictorios e incluso dramáticos resultados y su posterior estancamiento, crisis y desmantelamiento, guarda relación con cuestiones teóricas, prácticas e históricas muy concretas.

Esas revoluciones no se dieron dentro del esquema propiamente marxista, que fundamentaba la revolución socialista a partir del desarrollo capitalista y de la intensificación de la contradicción entre un alto desarrollo de las fuerzas productivas y las trabas que le impusieron determinadas relaciones de producción. En un buena medida fueron revoluciones, como dijo una vez Antonio Gramsci contra El Capital de Marx.

Las revoluciones que, según Marx, debieron surgir en Europa Occidental en el período revolucionario provocada por la crisis pre-industrial del capitalismo temprano, no tuvieron lugar.

Fallo en lo previsto y desencuentro con la realidad

En ese orden, hay que registrar un fallo en la previsión científica marxista, pese a que su aporte en cuanto al análisis general del capitalismo resultó insuperable.

El fallo consistió en lo relativo a la valoración de una crisis del crecimiento del capitalismo temprano, de la crisis de una fase del desarrollo capitalista, de la crisis de un nivel específico y de una sub-formación concreta del capitalismo, como crisis general del modo de producción en desarrollo.

Esto creó la confusión de entender esa crisis como la posibilidad casi segura y a corto plazo de la caída de los pilares fundamentales del capitalismo y provocó un primer choque con la realidad al crear una ilusión a favor de la caída total del sistema en Europa Occidental, sin apreciar que sólo se trataba de una fase y de un nivel específicamente crítico de una de sus modalidades de acumulación.

La crisis de crecimiento no resultó ser una crisis del modo de producción, y el capitalismo pudo salir airoso de ella, consolidándose posteriormente en los llamados países centrales.

La profecía falló, el desencuentro del vaticinio inicial con la realidad se evidenció, y las posibilidades de ruptura del sistema, por el contrario, se crearon específicamente en sus zonas periféricas, en las zonas del capitalismo subdesarrollado y dependiente, donde la vía occidental se vio bloqueada.

Allí, la revolución popular, democrática, antiimperialista, con perspectiva socialista, se tornó viable.

El propio Marx llegó a atisbar las posibilidades de la revolución rusa, pero no hizo teoría sobre el tránsito revolucionario en esas condiciones.

A Lenin le tocó actuar en ese escenario y conducir la revolución popular dentro de él, algo totalmente distinto a la lógica de la revolución marxista y en condiciones de un evidente subdesarrollo de la teoría de la transición del capitalismo al socialismo en estadios de bajo, mediano y alto. Ese vacío teórico perduró después de su temprana muerte. Y es que parodiando lo que dijo Fidel en su primera visita a mi país, Marx “sabía más de capitalismo que de socialismo” y a Lenin agregándole lo de sus valiosos análisis del imperialismo y del Estado burgués, en cierta y menor medida lo pasó algo parecido.

Revolución invertida sin cambios en Occidente

Se trató precisamente de una especie de revolución invertida, con escasas bases materiales para el socialismo y obligada a crear desde arriba y desde mecanismos centralizadores la acumulación originaria que el capitalismo periférico-dependiente era incapaz de crear.

El cambio se dio sin un proyecto claro de desarrollo, confiando sobre todo en que la revolución en Europa Occidental, y específicamente en Alemania, viniera en auxilio de la revolución soviética.

Esta última debía ser sólo el prólogo de un proceso de alcance europeoy mundial, imbuido inicialmente Lenin de la idea de la posibilidad del triunfo de la revolución alemana y del derrumbe del sistema capitalista en el corto plazo.

De todas maneras, el retraso de la revolución en el Occidente europeo llevó a Lenin a profundizar aún más en los problemas de la transición y a esbozar algunas ideas en busca de fórmulas que evitaran la burocratización y el despotismo, con el desenlace conocido: el triunfo de la tendencia contraria y al enlazamiento en Rusia de la revolución anticapitalista con el estatismo burocratizado y despótico, y la obligada confrontación con Occidente.

Anticapitalismo, estatismo y confrontación

De ese entrelazamiento surgen la sociedad soviética y modelos parecidos en el Este y el Centro de Europa como consecuencia del papel liberador antifascista del ejército de la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Estos últimos más endebles, por tratarse en gran medida de un producto importado y, en no pocos casos, de revoluciones no propias.

El tránsito anticapitalista siguió, por demás, circunscrito al Este, a zonas con un desarrollo relativamente bajo del capitalismo (con la excepción de Checoslovaquia y en menor medida de Alemania Oriental), marcados todos sus modelos de transición por la enorme influencia del modelo soviético (con excepción del distanciamiento yugoslavo en algunos aspectos importantes y de la negativa gravitación de occidente sobre ese proceso). En los casos checo y alemán, ese modelo actuaba, en buena medida, a contrapelo de su nivel y potencialidades de desarrollo.

Otra vez se recompuso Occidente

A raíz de las grandes dificultades del capitalismo en 1929 y 1930, se reafirmó la teoría sobre las crisis cíclicas del capitalismo y de nuevo cobró fuerza la idea de un derrumbe próximo de todo el sistema capitalista.

No fue así. La crisis capitalista no desembocó en las esperadas revoluciones socialistas occidentales, sino en su superación a través de nuevos modelos de acumulación y dominio sistémico en los centros más desarrollados del capitalismo.

Los cambios a raíz de la Segunda Guerra Mundial siguieron sin responder a la lógica de la teoría de Marx y Engels, registrándose las transformaciones anticapitalistas y anti-imperialistas en la periferia dependiente, en países de escaso desarrollo.

En realidad esos procesos revolucionarios no resultaban ser propiamente revoluciones socialistas, aunque se les proclamaba como tales.

Eran realmente procesos que por la influencia soviética y el consiguiente entrelazamiento entre anticapitalismo, estatismo y confrontación con Occidente, en Europa del Este y Central dieron lugar a modelos estatistas burocratizados y considerablemente anti- democráticos similares o parecidos al de la URSS, en varios de esos países sustentados por el poderío militar soviético y con escaso respaldo popular, sobre todo después de la muerte de los líderes comunistas-socialistas que encabezaron las luchas anti-fascistas.

Crisis y revolución científico-técnica

Años después se produjeron nuevas revoluciones en el mundo dependiente- subdesarrollado en medio de otro nivel crítico del proceso capitalista mundial.

También, en esas circunstancias, los países centrales del capitalismo supieron superar su crisis y cargar sobre su periferia todo el peso de la misma, al tiempo de iniciar su fase de desarrollo post-industrial y transnacional.

Fue su segundo respiro sin necesidad de muletas, retomando la iniciativa histórica (salvo el problema guerra y paz), al compás de la aplicación de la revolución científico-técnica a la producción, a la distribución, y a los servicios y a la gestión, registrándose un proceso de paulatino reemplazo del paradigma tecno-científico y de cambios trascendentales en el modelo de acumulación y de gestión capitalista a través de la incorporación de la microelectrónica, la informática, la biomédica y la robótica.

Otra vez la revolución en el mundo desarrollado quedó postergada y el Este pro-soviético no pudo recibir la deseada ayuda de un soñado –y nunca materializado- Oeste amistoso y pro-socialista.

Crisis post-revolucionaria

Este repunte del capitalismo, lamentablemente, coincidió con la degeneración y la crisis de las estructuras post-revolucionarias en la URSS y en los países de Europa del Este y Central.

La pujanza exhibida en la URSS en la fase de industrialización, no pudo continuar por los propios límites del modelo estatista. El despegue post-industrial se vio seriamente trabado por esa misma razón.

El empantanamiento en la fase de desarrollo extensivo no posibilitó el paso al desarrollo intensivo y a la incorporación integral del patrón micro-electrónico-informático.

Las estructuras burocráticas entraron en contradicción con el progreso tecno-científico y su aplicación a la industria civil.

La carrera armamentista se sobredimensionó en un grado superior a la necesidad de la competencia en busca de paridad con Estados Unidos, y se tragó importantes recursos naturales, gran parte del presupuesto y con ello incluso significativas conquistas sociales existentes y potenciales.

El modelo estatista perdió en la emulación por el desarrollo con un capitalismo que, por demás, tenía muchas ventajas históricas sobre él.

Después del gran impulso de los primeros decenios y de acelerados avances que lo metieron en competencia con Occidente, entrando a los años 60 se anularon así sus posibilidades de autodesarrollo, agravadas la situación por la falta de participación y de debate superador.

El período de Breznev, cimentado en al agotado sistema estalinista, resultó en extremo costoso y selló el fracaso. Como dice el historiador y latinoamericanista soviético Kiva Maidanik, si el período estaliniano fue benévolamente denominado como del “culto a la personalidad”, el de Breznev debió calificarse de período del “culto sin personalidad”.

Al mal gobierno económico, al derroche de petróleo y al agotamiento de importantes recursos naturales, a la pérdida de la capacidad de ayuda dentro de su papel internacional y a la crisis del sistema administrativo de “ordeno y mando”... se sumaron el auge de la alienación, la corrupción y la tendencia a la disgregación social y pluri-nacional; esta última operando como una espoleta de acción retardada, pero reactivada por la crisis política y la pérdida de los valores internacionalistas.

Muy grave además resultó ser el artificial taponamiento y la ausencia de soluciones de fondo a las pugnas nacionalistas e inter-étnicas que hasta en Yugoslavia, una de los pocos procesos que se diferenció sensiblemente del modelo soviético, estallaron de mala manera a raíz de su reactivación tardía.

El Partido Comunista de la Unión Soviética y los demás partidos gobernantes en Europa del Este perdieron capacidad de autorrenovación. En lugar de lograr, partido y Estado, el fortalecimiento mutuo, ambas instancias (poder real y poder ejecutor) terminaron debilitándose recíprocamente.

El retraso de la URSS y de otros países de Europa Oriental en la carrera tecnológica y sobre todo en su aplicación de ésta a la industria civil (y a la agricultura en el caso de la URSS), las urgencias particulares en materia de distensión, los acuerdos de paz y desarme, alentaron, a partir del período de Kruschov, tendencias más allá de la coexistencia y la cooperación, más bien próximas a formas de contemporización y claudicación.

Alentaron, en consecuencia, el debilitamiento en mayor grado del internacionalismo revolucionario y de la justa valoración del vínculo con el movimiento antiimperialista y revolucionario mundial, y condujeron a nuevas desviaciones euro-centristas y a nuevas inclinaciones a favor de la paz y la cooperación sólo entre los grandes. Esas tendencias devinieron en alianza con Estados Unidos y con el Occidente capitalista.

La explosión de los males acumulados a nombre del socialismo, favoreció la confusión y estimularon las tendencias antisocialistas en esas y otras sociedades, acicateadas por la guerra ideológica y des-informativa, y por la campaña llevada a cabo desde los poderosos medios de comunicación y propaganda imperialistas, pobremente contrarrestados. Eso contribuyó a la subordinación de los ex-“países socialistas” al imperialismo occidental y a la degeneración de la renovación anunciada, convirtiéndose en un liberalismo de baja ralea.

Y todo esto también tuvo mucho que ver con la mala herencia de una superposición entre la política de Estado y la política de partido, con la nociva confusión entre el papel del Estado y el papel del partido dentro del tránsito al socialismo, lo que determinó que los límites de las políticas estatales en un mundo muy interrelacionado se le impusieran a las políticas de los partidos comunistas en el poder y a las organizaciones sociales.

Todo esto dio lugar a que durante los períodos de distensión relativa con las potencias capitalistas se acentuara el debilitamiento de las ideas revolucionarias tanto respecto a problemas internos como externos, tanto en la beligerancia crítica frente a corrientes internas antisocialistas como en lo que relativo a la necesidad de una línea antiimperialista y anticapitalista en la arena internacional.

Se acumuló una especie de bomba de tiempo.

Algo muy duro para el poder y fatal para los partidos comunistas, pues al disociarse ambos tendieron a derrumbarse.

El intento de regreso al cauce realmente socialista a través de la democratización se convirtió en una necesidad imperiosa, pero a la vez inalcanzable en el corto y mediano plazos, según lo demostraron los hechos acaecidos a finales de los ´80 y principio de los ´90.

El estatismo burocratizado y despótico, a nombre del socialismo, generó un antisocialismo abrumador en esas sociedades. El daño político fue enorme y sus efectos, bastante prolongados.

No significa esto que el ideal socialista haya fracasado como pregonan sus adversarios históricos.

El cierre temporal en el Este europeo del cauce de la renovación auténticamente socialista (por la carencia de fuerza, conciencia y organización en ese sentido) ha abierto el camino o a la subordinación al capitalismo occidental o a una especie de seudo-capitalismo o capitalismo brutal, mafioso, desintegrado, inestable, mezclado con el estatismo y la dispersión o disgregación pluri-nacional y social, y más tarde con el repunte del nacionalismo gran ruso de los Putin y compañía.

Esos resultados parecen próximos pero aún peores que los generados por los modelos capitalistas latinoamericanos-caribeños, distante de los modelos capitalistas europeos, japonés, norteamericanos... y expuesto a nuevos cambios cuando a más largo plazo la experiencia traumática llame a retomar la vía propia y a reagrupar las fuerzas de la justicia social, la igualdad, la propiedad social y la soberanía.

Cierto que las primeras señales que invitan a impugnar esos resultados contrarrevolucionario no tardaron en aparecer, sobre todo después de pasar por una era de degradación política y moral como la que han encarnado primero el poder de Yeltsin y después el de Putin, ambos acompañados de las mafias rusas. Otras situaciones similares se presentan en una parte de las repúblicas de la antigua URSS. De todas maneras, el trauma ha sido demasiado fuerte como para que, pasados los primeros lustros del derrumbe, no se haya registrado todavía el reviraje necesario y deseado por los/as partidarios/as del socialismo y la libertad.

La historia siguió en medio de dos crisis simultáneas

Estos hechos demuestran categóricamente que el camino hacia la liberación y el socialismo no es rectilíneo.

Es un proceso con victorias y derrotas, con avances y retrocesos.

El paso idílico y relativamente corto a partir de aquel octubre brillante, no era real. Más bien ese proceso ha tenido la connotación de una vía tortuosa, con ensayos fallidos, con experiencias valiosas y hechos aleccionadores.

Las dificultades y los reveses exhibidos a los 70 y tantos años de iniciado ese tránsito, no anulan por demás la crisis del sistema opuesto y la pertinencia de la gran meta inspirada en el interés colectivo, en la justicia social, en la libertad integral y la igualdad entre los seres humanos.

Hemos vividos y sufrido a escala planetaria dos crisis simultáneas, ambas con contenidos y dinámicas diferentes.

Una cosa es la crisis de los modelos estatistas burocratizados, que devino en un serio revés de su anhelada sustitución por un socialismo diferente al intento fracasado y por la recreación del proyecto socialista, temporal y gravemente estropeado en Europa del Este y la URSS, y otra cosa es la crisis en la periferia dependiente del sistema capitalista y en los centros imperiales que representa Estados Unidos, Japón y Alemania y sus áreas de influencia.

Son dos crisis diferentes, con causas y ritmos realmente independientes, aunque con repercusiones mutuas.

Esta realidad determina que la imperiosa necesidad de cambios en el Caribe, en América Latina y en todo el Tercer Mundo, no se anule, aún cuando la vía socialista haya sufrido esos reveses en el este de Europa y en la URSS, que a su vez afectan severamente a las fuerzas revolucionarias en todo el mundo.

Al paso de los años, está claro que la lógica imperialista frente a aquel desplome en Europa, agrava la crisis en nuestro Tercer Mundo y en otros puntos del planeta.

La explotación, la sobreexplotación, la pobreza y la exclusión se han incrementado notablemente.

Debilitada al extremo la llamada tensión Este-Oeste, se desarrolla en mayor grado la llamada confrontación Norte-Sur, Centro-Periferia y países pobres y súper-ricos, pueblos empobrecidos y burguesía y mafias opulentas.

Ese reinado del Norte y del gran capital no puede menos que desarrollar enfrentamientos agudos, sin descontar tampoco las enormes tensiones que crean los bolsones migratorios del Sur en el propio territorio del Norte prepotente y desarrollado y las áreas de pobreza expandidas dentro de los propios países altamente desarrollados.

A eso se debe lo acontecido sucesivamente en Panamá, en el Golfo Pérsico, en Somalia, Liberia, Haití, Irak, Palestina Yugoslavia, Golfo Pérsico, Afganistán, escenarios de nuevos intervenciones y guerras imperialistas.

Las tensiones sociales y políticas se elevan al compás de la expansión de la pobreza y se expresan en cadenas de explosiones sociales y de crisis de gobernabilidad en América Latina y el Caribe, Africa, Asia... en paros, huelgas, confrontaciones armadas... en todo el planeta, cambios de gobierno por la acción directa de las masas, procesos transformadores...

Esas intervenciones militares, esas rebeldías, el cuadro de pobreza y miseria que agobia en gran parte de la humanidad, las nuevas oleadas transformadoras, debilitan el argumento de que lo acontecido en el Este y en el Centro de Europa operaría como factor de desactivación definitiva de las tensiones mundiales, como paso hacia la distensión, como mecanismo de superación de la violencia, las revoluciones y las guerras; como supuesto enterramiento de la barbarie y expresión del triunfo definitivo de la civilización capitalista occidental sobre los regímenes opresores o no despreciados por ella .

Ellas revelan que esa civilización ha resultado, en sus diferentes etapas (incluida la actual), la más bárbara y la más despótica en la historia de la humanidad, exhibida su desnudez con el fin de la llamada Guerra Fría y la eliminación de todos los pretextos que le permitían justificar sus desafueros.

Ahora el capitalismo imperialista ha avanzado a una de sus fases más crudas, más drásticas, más destructivas.

En su euforia y con las banderas neoliberales desplegadas, chorrea por doquier sangre y pus y provoca sufrimientos inéditos.

Claro que es evidente el impacto negativo de la crisis registrada en el tránsito al socialismo, y sobre todo de los resultados en el corto y mediano plazos de ese colapso.

La subjetividad revolucionaria fue severamente afectada, las claudicaciones y renegaciones se multiplicaron, el referente socialista quedó tan deteriorado que ha sido preciso recrearlo.

La ofensiva conservadora arrasó con múltiples conquistas históricas del proletariado y dejó a las clases y sectores populares a la defensiva, mientras la incertidumbre copaba el campo revolucionario y progresista. La misma socialdemocracia europea se ha neo-liberalizado en no pocas de sus vertientes.

Pero bien se ha dicho que no hay mal que por bien no venga.

Lo que existía era insostenible y ya constituía una carga política demasiado pesada.

El cambio temporalmente ha sido para algo peor.

Pero ése no es el fin de la historia, ni allá ni aquí.

Allá, en el Este europeo, saca a flote los males acumulados y pone de manifiesto las debilidades presentes, pero a la vez crea una dinámica que muestra que por la vía capitalista no podrán encontrarse soluciones, sino más bien nuevas y dramáticas contradicciones y pésimas experiencias que habrán de recomponer corrientes liberadoras y de conducir, a más largo plazo, a la necesaria meta socialista, si aparecen los actores necesarios.

Aquí se vive una crisis de otro signo, de otro tipo de estructuras, de otros sistemas económicos y otros modelos políticos.

Una crisis mucho más grave, mucho más cruel. Es la gran crisis sistémica de fin del siglo XX, convertida en este siglo XI en la peor crisis de su historia, en una verdadera mega-crisis, en una multi- crisis con vocación terminal, aunque sin las fuerzas y los proyectos alternativas debidamente conformados y potenciados. Crisis en la periferia del capitalismo combinada con crisis en los países capitalistas altamente desarrollados. Una crisis que exige de alternativas integrales, de revoluciones políticas capaces de propiciar otros proyectos de desarrollo y alternativas a la decadente civilización burguesa.

Los movimientos del llamado Tercer Mundo, y especialmente de América Latina y el Caribe, si bien tenemos que aprender de los graves errores cometidos en la URSS y en los países del Este europeo, tenemos a la vez mucho qué enseñar a ellos respecto a lo que es la vía capitalista subordinada a los grandes centros desarrollados del capitalismo neoliberalizado.

Podemos mostrar lo ilusorio que es considerar a esos centros como socios o como amigos.

Podemos dar pruebas irrefutables de que la ley que rige sus relaciones es la ley del beneficio, incluso del superbeneficio a su favor, y no la de la ayuda y la cooperación.

Podemos exhibir los estragos que a nuestras fuerzas productivas y a los precarios niveles de vida de nuestros pueblos les ha ocasionado el neoliberalismo y todas las variantes del capitalismo.

Pero, además -y esto es lo más importante-, la experiencia vivida por ellos mismos muestra que la restauración capitalista emprendida después del derrumbe ha sido mil veces más funesta y más trágica que todos los errores y deformaciones registradas en el camino anticapitalista iniciado en Octubre de 1917. Rusia y las demás repúblicas soviéticas han sido afectadas por una verdadera catástrofe política y social.

De nuevo está planteado la cuestión de la alternativa después de este revés (en lo que se refiere al tránsito al socialismo en la ex URSS y los países del Este europeo) y en medio de una gran contraofensiva neoliberal de los Estados Unidos en todo el mundo, seguida ahora de su gran crisis.

¿Cómo transformar el revés en estímulo? ¿Cómo aprovechar el viento contrario, tal y como lo hacen los barcos de vela, en fuerza nuestra?

Esa posibilidad existe, en el marco de una crisis que tiene raíces y dinámica propia, en el marco de modelos capitalistas sin soluciones a problemas que se agravan constantemente, especialmente en el marco del capitalismo dependiente, y más aun en su contexto latino-caribeño. El capitalismo neo-liberalizado no parece tener capacidad para desembarazarse del neoliberalismo ni aun cuando esta modalidad a sumado a su crisis de final de siglo pasado una crisis que estremece todos los antivalores de la actual civilización burguesa.

Esa posibilidad existe también en otros procesos de tránsito donde desde revoluciones originales se terminaron copiando, en mayor o menor grado, aspectos de esos modelos burocratizados y dogmatizados que ya hicieron crisis en Europa.

Esa posibilidad existe en China, Vietnam, Corea y Cuba, siempre que se aprendan las lecciones que arrojan estos acontecimientos, aunque también con riesgos y señales en el caso de China de caer en la tentación de una inserción fatal en el orden capitalista y de un lento pero persistente proceso de restauración capitalista.

Y en esa vertiente del pensamiento hay que tener en cuenta además que la quiebra de los modelos estatistas europeos orientales libera fuerzas.

Su vigencia y su influencia no sólo contrapesaban positivamente -en cierta medida- la política imperialista, sino que además, en el orden negativo, creaba, en nombre del socialismo, referencias muy cuestionables, proyectaban modelos y métodos extraños a las condiciones latinoamericanas y caribeñas, promovían concepciones y teorías ajenas a nuestras realidades, frenaban la creatividad, estimulaban el dogmatismo, obstaculizaban el desarrollo de un pensamiento teórico más adecuado al Tercer Mundo, dificultaban la búsqueda de alternativas y proyectos de tránsito propio, reproducían su propia fórmula dentro de la revolución invertida y dentro de los procesos no capitalistas, estancaban el pensamiento marxista, obstruían el desarrollo de fuerzas propias y entorpecían la construcción de fuerzas revolucionarias alternativas.

Algo parecido, aunque con otras particularidades, aconteció con el influjo de la Revolución China en América Latina, la cual presentaba muchas peculiaridades inaplicables en América Latina y modalidades que también fueron condicionadas por la influencia soviética inicial y el modelo estatista. Igualmente pasó con el seguidismo pro-albanés.

Por una serie de razones, el estatismo burocratizado en la URSS y en los países del Este europeo reforzó aspectos del euro-centrismo en el proceso de formación del pensamiento revolucionario y del quehacer político en el continente, ayudado además ese fenómeno por las influencias del pensamiento liberal, conservador y socialdemócrata europeo y norteamericano. También lo reforzó en Asia y en África, condicionando y deformando esfuerzos liberadores inicialmente originales.

En el movimiento marxista latinoamericano y caribeño, esto llegó a extremos graves, dándose innumerables casos de partidos comunistas y movimientos marxistas mucho más empapados de a historia de esos países que de los procesos nacionales y regionales latinoamericanos y caribeños, y siempre prestos a trasplantar sus dogmas y sus deformadas experiencias. Eso también aconteció en Asia y África.

Sólo los que lograron zafarse de esos esquemas y de esas influencias pudieron hacer revoluciones populares, e incluso sus tropiezos posteriores han tenido mucho que ver con la copia de esquemas y métodos en decadencia, desde su condición de fuerzas gobernantes, y con las gravitaciones del denominado socialismo real o de los esquemas liberales y socialdemócratas de matriz europeas y estadounidense.

El derrumbe del llamado socialismo real y la nueva situación generada posteriormente ha obligado a crear, a innovar, para producir progresivamente, al calor de la resistencia a la contraofensiva imperialista un proceso de recuperación del movimiento revolucionario y de las fuerzas alternativas al neoliberalismo.

En la primera parte del nuevo siglo XXI es evidente la razón de la persistencia, acompañada de la renovación del pensamiento revolucionario y del rearme de la utopía. La nueva democracia, la ola de cambios y el nuevo proyecto socialista han dado claras señales de incipientes pero valiosos avances y procesos de recuperación.

Enseñanzas de un gran revés

Esto indica que uno de los recursos para transformar el revés en estímulo, es el de aprender de los errores cometidos en esos procesos, el de hacer una revisión crítica de sus experiencias, que nos lleven conscientemente a evadir el tránsito a través de teorías, modelos y proyectos que han fracasado o que no se corresponden con nuestras realidades.

La enseñanza ha sido dura, pero hay que interiorizarla a plenitud.

Después de lo acontecido, queda claro:

-Que la bandera de la democracia no se puede dejar en manos de los adversarios del socialismo, y que sus grandes valores deben ser inseparables del ideal socialista y desarrolladas por él.

-Que no puede jamás confundirse estatismo con socialismo.

-Que es preciso optar sin vacilaciones por el reino de los trabajadores libres y no por el reino de la burocracia.

-Que el nuevo proyecto no debe ser enmarcado dentro de un rígido molde preconcebido, sino definirse dentro de una dinámica creativa, autosostenida y auto-superadora.

-Que los cambios revolucionarios y el establecimiento de una nueva sociedad, que tenga como norte el socialismo, la justicia social, el desarrollo armónico de todos los componentes de la naturaleza, la igualdad y la plena superación de aquellos modelos que imponen procesos productivos y creación de valores de uso sobre la base del empobrecimiento de los seres humano y/o de su entorno natural y medio ambiente, no pueden legitimarse dentro de un sistema de privilegios a favor de los cuadros dirigentes y administradores del Estado, ni de la continuidad de nuevas formas de la esclavitud asalariada y de la hegemonía de encumbradas minorías burocráticas, ni en el marco de la depredación o afectación progresiva de los recursos naturales a costa de las generaciones presentes y futuras.

-Que el proyecto transformador no puede volverse contra las identidades nacionales, contra las tradiciones históricas, contra los valores culturales autóctonos, sino que por el contrario, estos elementos deben ser incorporados a plenitud.

-Que la renovación generacional debe ir a la par de la apertura hacia la juventud a favor de su participación en las decisiones que le competen y en el proceso de cambio

-Que las concesiones al capitalismo y el liberalismo resultan un supuesto remedio peor que la enfermedad del burocratismo-estatista.

-Que las fuerzas políticas que conduzcan el Estado no deben confundirse con éste, sino establecer una relación de mutua independencia, preservando y desarrollando su papel de vanguardia en la relación con el pueblo y con los sujetos sociales de la revolución.

-Que la doble moral en materia de política de género y las nuevas modalidades del machismo le restan grandes fuerzas emancipadoras a la revolución.

Estas lecciones son válidas para evitar una descomposición semejante en los países que persistan en transitar hacia el socialismo desde altos niveles de estatización e importante limitaciones en la participación y en aquellos en que la recuperación del poder por fuerzas socialistas, puedan torcer el curso pro-capitalista emprendido después de abatidos los modelos estatistas burocráticos; y son válidas sobre todo para evitar la degeneración de nuevos procesos revolucionarios iniciado desde de el predominio del capitalismo privado y del neoliberalismo con toda su impronta de recolonización.

Y lo son en gran medida aquellas lecciones y enseñanzas que le cuadren, que sean valederas para su realidad concreta; pues las hay que no le vienen al caso, si han estado ausentes en su proceso particular las causas y las características que convocan a su superación.

Porque ciertamente no son exactamente igual las circunstancias, condiciones y procesos de los países donde ha predominado el llamado “socialismo de Estado”.

Más allá del predominio de ciertas características esenciales, los modelos burocráticos euro-orientales, tienen diferencias , grados y niveles diferenciados al devenir un tanto “sui generis”, por ejemplo, de ese tipo de proceso en Cuba, donde existieron corrientes y culturas políticas fuertes, que en constante brega contra la burocratización, la dogmatización y la despolitización de las nuevas generaciones, han podido conservar y activar reservas -aun dentro de la hegemonía del modelo estatista burocrático y de una considerable sovietización- en dirección de contener las tendencias negativas y conservar en medio de la crisis capacidades y posibilidades para el reviraje hacia un nuevo socialismo. Posibilidades –repito- no certeza absoluta, pues las disyuntivas no están predeterminadas

Estas y otras lecciones deben también ser incorporadas en nuestra América al diseño de la alternativa post-neoliberal y post-capitalista en el marco de la denominada revolución invertida , sin forzar a la uniformidad, dando cabida a la pluralidad social y económica, y a la pluralidad política e ideológica derivadas de ellas; procurando una orientación y una dinámica que articule avances auto-sostenidos hacia más democracia, soberanía, propiedad colectiva, justicia social, armonía con la naturaleza, humanismo, igualdad entre géneros y razas, superación del adulto-centrismo, justas relaciones internacionales Norte-Sur y centro-periferia, avances en la liberación e integración de los países del Sur y de la unidad de sus pueblos, especialmente los de la Patria Grande, sin cuya concreción es muy difícil desplegar y profundizar la transición a un socialismo participativo, inclusivo integrar y democrático.

En ese orden el presente y el futuro del socialismo en Cuba, su renovación revolucionaria, la superación del estatismo burocrático, reviste gran importancia para los demás procesos. Lo es también todo lo relativo al destino, la correcta definición y construcción innovadora del denominado socialismo del siglo XX en la Venezuela bolivariana y en los demás procesos que plantean optar por esa vía en la fase post-neoliberal en marcha.

Esa es la única manera de entender que todo ese esfuerzo no ha sido en vano, que del mismo se derivan valiosas enseñanzas, que todo aquello estuvo dirigido al logro de avances y de estadios superiores de justicia social, a pesar de los errores que lo entorpecieron.

Que no muere la utopía porque se haya errado en el camino para alcanzarla, que de todas maneras se han sentado premisas y precondiciones muy valiosas, que el tiempo histórico en busca del ideal socialista ha sido corto e insuficiente y que nada de lo acontecido impide que otros procesos puedan lograr rectificaciones exitosas.

Y que en nuestro Continente y en todo el mundo, luchemos mejor que antes y logremos superar el curso trágico iniciado hace cinco siglos y revertir sus resultados dramáticos encarnados en el capitalismo dependiente latinoamericano y caribeño y la actual fase neoliberal del capitalismo mundial.

Esa es la única actitud que nos permitiría valorar aquel esfuerzo como algo que no ha sido en vano, como el trabajo de los zapadores del socialismo, a quienes la historia les jugó una gran trampa, con la paradoja de que lo que aportaron a la humanidad es mucho más duradero e irreversible que lo que hicieron por sus respectivos pueblos, aunque tampoco allí se ha dicho la última palabra.

En medio de aquella gran derrota –todavía bajo sus efectos aunque mucho más atenuados- es muy alentador que todas las ilusiones pro-capitalistas se han convertido en pesadillas y en resistencias y nuevas ofensivas populares que habrán de empujar de nuevo hacia la recuperación de la utopía necesaria; no0s estimula mucho que nuestra América la idea de un nuevo socialismo gane terreno y que la revolución popular y antiimperialista vuelve a tener actualidad.

Es la única manera de transformar el revés en estímulo y la derrota en victoria.

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