martes, 11 de agosto de 2009

Honduras: Hora de sanciones drásticas

Carlos Angulo Rivas

Luego de producido el golpe de Estado en Honduras y la imposición de Roberto Micheletti como jefe de gobierno apoyándose en Fuerza Armada, no había nada por conversar. El secuestro del presidente constitucional Manuel Zelaya y su expulsión del país hablaron por sí mismos desde un principio.

La condena a este atropello fue inmediata, general, masiva e internacional. La OEA, la ONU, la Unión Europea, los organismos internacionales y el propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama, exigieron la reposición en el cargo del mandatario destituido. De esta manera, el primer capítulo para los golpistas estuvo cerrado. La OEA debía ejecutar la suspensión de Honduras aplicando las sanciones estipuladas en la carta democrática, a fin este documento no quedara como decorativo e inservible.

A José Miguel Insulza, Secretario General de la OEA, le faltaron reflejos, se demoró a manera de espectador no comprometido y fue la señora Hillary Clinton quien dio un zarpazo a los mandatos institucionales creando un marco de “conversaciones” innecesario y más que innecesario inútil por cuanto la intervención del presidente Oscar Arias de Costa Rica pretendía darle un sello natural a lo monumentalmente prohibido, arbitrario e ilegítimo. En esta jugada de la Secretaría de Estado y el Pentágono, sin mayor consulta a Obama, primaron los intereses de la superpotencia por encima de los principios democráticos que dan sustento a los gobiernos legítimamente constituidos. Bien tenían razón el gobierno de Cuba y el comandante Fidel Castro cuando rechazaron la reincorporación de su país a la OEA, luego de haber sido levantadas las infames medidas de su expulsión de ese organismo multilateral más de cuarenta años atrás. La reintegración de Cuba en la OEA fue aprobada por aclamación en la Asamblea General del organismo, en San Pedro Sula, precisamente en Honduras, cuando era imposible capear el temporal de las exigencias de los presidentes más importante de la región, quienes impulsaron la temática de nuevas relaciones hemisféricas y hasta la desaparición de este organismo más conocido como el “ministerio de las colonias” debido a su negro prontuario.

Desde un punto de vista jurídico, en Honduras no hay nada por conversar y menos que tratar con los golpistas, excepto, claro está, que la misión de la OEA cumpla con persuadir a Micheletti y a los militares hondureños de que con la barbarie que vienen cometiendo contra el pueblo de esa nación centroamericana no llegarán lejos. Persuadirlos de que si no se retiran para permitir la restauración de la democracia con Manuel Zelaya en su cargo de presidente hasta la finalización de su mandato, Honduras será castigada por la comunidad internacional hasta hacerlos demitir. La OEA a la vieja usanza, organismo responsable históricamente de los muchos crímenes cometidos contra las naciones latinoamericanas, amparando agresiones políticas y económicas, invasiones norteamericanas como las de Santo Domingo y Panamá o las dictaduras de Pinochet, Videla, Bordaberry, etc. o el perverso e inmoral bloqueo a Cuba, permitió una vez más, en este caso de Honduras, que los problemas de la región se discutan en Washington con fórmulas ajenas al mandato legislativo interamericano, aún declarativo e inservible en los efectos prácticos. La intervención de la señora Clinton en el caso de Honduras subordinó la acción de la OEA y envalentonó a los golpistas cuando en contradicción a las declaraciones del presidente Barack Obama, la de reconocer únicamente a Zelaya como presidente legítimo y constitucional, se comenzó a hablar de “gobierno interino de Micheletti” y se llegó hasta el atrevimiento de los halcones de la Casa Blanca de decir que el golpe de estado no era golpe sino sucesión.

La doble moral de la Secretaría de Estado en las relaciones internacionales quedó al descubierto mediante el fracaso del presidente Oscar Arias y la rebeldía de los golpistas, abonando a favor de la necesaria reestructuración o desaparición de la OEA por inservible e históricamente impugnada. Peor todavía cuando la insolencia de los golpistas encabezados por Micheletti subió de tono rechazando la misión de la OEA, si no retiraban a José Miguel Insulza de entre los cancilleres comisionados a visitar Tegucigalpa, aunque después de pulsear la situación el gobierno de facto retrocediera. En las circunstancias descritas la misión de la OEA en manos de los cancilleres de Argentina, México, Canadá, Costa Rica, República Dominicana, Jamaica y el Secretario General Insulza, deberá despejar el campo a fin se cumpla la resolución de ese organismo multilateral: el regreso seguro y sin condiciones de Manuel Zelaya a su puesto de presidente constitucional de Honduras, única manera de levantar la suspensión que pesa sobre ese país centroamericano desde el 4 de julio pasado. Sanción originada en la rotunda condena general al golpe de Estado en Honduras en los distintos foros internacionales, hemisféricos y mundiales tales como la OEA, la Unión Europea, las Naciones Unidas, la alianza bolivariana ALBA y la UNASUR.

El fracaso del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, es el fracaso del intento de la Secretaría de Estado y de la señora Hillary Clinton de dilatar el tiempo a fin de ir consolidando el régimen de facto que, felizmente, tiene la repulsa internacional e interna en Honduras a través del Frente Nacional de Resistencia contra el Golpe de Estado, donde los gremios, sindicatos, campesinos, pobladores y estudiantes, continúan en pie de lucha por la democracia, el respeto irrestricto a la voluntad popular y la soberanía nacional. La crisis política del país en rechazo a la dictadura no debe continuar un instante más, la misión de la OEA debe constatar en el lugar de los hechos la permanente violación de los derechos humanos y ciudadanos, los crímenes cometidos contra los dirigentes sociales y la falta de libertades públicas y de prensa. Habida cuenta de que la intransigencia de los golpistas no va a variar, sólo cabe para la misión de la OEA una constatación de los hechos ilegales y represivos con el objetivo de sancionar drásticamente a Roberto Micheletti, sus ministros y los militares de alto rango. Es hora de no tener contemplaciones con los violadores del orden constitucional ni con las dictaduras de los grupos de poder económico sustentadas en las armas que las naciones ponen a disposición de los militares para la defensa de los territorios y la soberanía nacional.

Barack Obama debe demostrar que no está “secuestrado” por el Pentágono ni los amigos halcones de Hillary Clinton y que su política exterior difiere de la de George Bush, aunque por lo visto hasta ahora las similitudes nos pueden llevar a pensar en el cinismo de la Casa Blanca sosteniendo a los golpistas de Honduras e impulsando una escalada militarista en Colombia y Perú a través de bases militares norteamericanas, lo cual demostraría la confirmación de la acostumbrada política intervencionista y agresiva en la región, sobre todo hoy cuando los pueblos latinoamericanos han adquirido una visión mucho más independiente y soberana mediante organismos propiamente latinoamericanos como el Grupo de Río, Unasur, Mercosur y el ALBA. En Honduras se juega no sólo el regreso de Manuel Zelaya sino el destino de la OEA en cuanto a ser un organismo obsoleto cuya razón de existir no tiene vigencia y debe ser reemplazado.

Carlos Angulo Rivas es poeta y escritor peruano residente en Canadá.


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