martes, 18 de agosto de 2009

La batalla por las mentes

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Las vanguardias políticas no pueden aprender primero y actuar después, tampoco preparar previamente a los cuadros que necesitan ni planificar los retos y desafíos que habrán de enfrentar. La idea de que el socialismo o una nueva sociedad se construyen conscientemente y con arreglo a un plan, no es una quimera, es un absurdo.

Esa premisa que era falsa aun en los tiempos en que desde el socialismo real se inventó una teoría de la revolución para ajustarla a la lectura soviética del marxismo que pretendía saberlo y explicarlo todo y que, según las conveniencias, podía convertir a los pueblos islámicos de Asia Central y Mongolia en constructores del socialismo, negar los avances de la socialdemocracia europea o convertir el nacionalismo afroasiático al socialismo científico, se torna delirante cuando se le utiliza para entender lo que ocurre hoy en América Latina.

La variante de que en varios países latinoamericanos se encuentren en marcha procesos que han desplazado del poder a la oligarquía y la burguesía nativas y se promueven cambios estructurales de fondo, que en otras naciones estén en marcha eventos desarrollistas o reformistas y que, en el continente en su conjunto prevalezca una tendencia general al progreso y que todo eso ocurra por vías pacificas y en democracia, plantea dilemas a los que la izquierda no se había enfrentado nunca y ante los cuales de poco sirven esquemas y estereotipos.

El hecho de que en esas lides, con respaldo popular mayoritario, por vía electoral, una izquierda no tradicional, no partidista y sin compromisos doctrinarios, acceda al gobierno y se vea obligada a cohabitar con las clases dominantes desplazadas pero que tienen a su favor la experiencia de haber desempeñado el poder durante doscientos años, la vigencia de estructuras económicas y superestructuras políticas y jurídicas adaptadas a su desempeño, disponen del monopolio mediático, el favor del clero y la simpatía de los altos mandos militares e incluso el respaldo de una parte de las masas, plantean una dinámica política enteramente nueva.

La paradoja de que mientras la burguesía conserva intacta su herencia política; la experiencia y el legado ideológico asociados al socialismo real no sean aprovechables y que las doctrinas socialdemócratas y socialcristianas se descarten por su perfil reformista, coloca a la nueva izquierda latinoamericana en una especie de limbo, que la obliga a crear sus propios conceptos teóricos y su plataforma doctrinaria. Aparecen así el socialismo del siglo XXI, la Revolución ciudadana y la idea de la refundación de la Nación y del Estado propuesta por Evo Morales, todo ello ligado a un pertinente nacionalismo bolivariano.

A esas circunstancias totalmente inéditas y que ninguno de los teóricos o lideres de la izquierda tradicional previó nunca, se suman la feroz resistencia de la oligarquía y las burguesías nativas, apoyadas por la virulenta reacción de la derecha mundial, encabezada por los Estados Unidos, que tienen en América Latina intereses ligados al petróleo y el gas, al agua y la biodiversidad, vitales para sus empeños hegemónicos.

El actual entorno político latinoamericano que cuenta con antecedentes inspiradores desde la época de la independencia, comenzó a forjar sus contornos actuales cuando, cincuenta años atrás, en los momentos en que más turbia y enrarecida era la situación política latinoamericana, en el apogeo de la Guerra Fría, de un modo también original, desafiando dogmas y esquemas, sin ningún vínculo con lo tradicional sin compromisos doctrinarios exóticos, encabezada por Fidel Castro, en su juventud, para la izquierda tradicional un hereje, triunfó la Revolución Cubana que, aunque nunca aspiró a ser un modelo, es una pieza imprescindible. La revolución fidelista no lo es todo pero sin ella no se explica nada.

La revolución que como ha sido dicho, no puede sacar su poesía del pasado, no necesita adscribirse enfoques añejos, algunos de ellos superados por su propia práctica, pero no puede dejar de trabajar por el desarrollo de las ideas ni renunciar dotarse de un cultura revolucionaria asentada en criterios sociológicos y científicos modernos. Es necesario preparar a los cuadros en escuelas creadas al efecto, no para adoctrinarlos ni hacerles perder el tiempo rumiando dogmas y recetas que eran erróneas un siglo atrás, sino para asistirlos en el desarrollo de un pensamiento revolucionario y en la adquisición de la cultura general integral que se precisa para vencer en la batalla de ideas.

El trabajo es largo y difícil, razón de más para poner manos a la obra. Sin teoría revolucionaria y sin dotar de cultura política a la vanguardia y a las masas, no hay manera de hacer avanzar la revolución cuyo triunfo se define, ante todo por el nivel de la conciencia política.

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