lunes, 31 de agosto de 2009

La cordial


Carlos del Frade (APE)

La ciudad de Santa Fe tiene una propaganda oficial que la califica ante los visitantes: “La cordial”. Así se define a la capital de la segunda provincia más importante de la geografía argentina. Santa Fe, la cordial.

Más de medio millón de habitantes pueblan el lugar atravesado de lagunas y riachos y bordeado por el majestuoso Paraná.

Hasta los años ochenta, todavía había industrias, pequeños y medianos talleres metalúrgicos que daban un perfil obrero a su cuerpo colectivo.

Los vientos del saqueo soplaron con furia sobre la ciudad cuna de las constituciones de 1853 y 1994.

Quedó su pueblo, sus pasiones, sus peleas cotidianas por recuperar el derecho a una vida digna y centenares de pibas y pibes exiliados de las escuelas y del trabajo que alguna vez soñaron tener.

El pueblo de la ciudad de Santa Fe, “la cordial”, resumió sus anhelos en ídolos individuales, desde Carlos Monzón a los Midachi, desde Fernando Birri a los alfajores Merengo.

Pero la realidad de las pibas y pibes santafesinos comenzaron a deambular en el universo viscoso de sobrevivir como mano de obra esclava de negocios impunes como el narcotráfico. Una postal que se repite en toda la geografía provincial y que no es exclusividad de la ciudad capital.

Las estadísticas de la violencia callejera aumentaron y los grandes medios de comunicación del lugar -socios e integrantes de la clase dominante- aumentaron los prejuicios contra las víctimas.

De allí que ahora suelen aparecer nuevos estigmas para satanizar a los más castigados, a las pibas y pibes que intentan encontrarle algún sentido al presente que soportan y que ya resignaron buscarle el significado a la palabra futuro.

La crónica periodística señala que “un chico de apenas siete años fue detenido cuando robaba golosinas y juguetes armado con una temible faca tumbera de veinte centímetros de hoja”.

La nota dice que “el chico se mezcló entre la gente y sin más empezó a llenar los bolsillos con juguetes y golosinas, pero al rápido aprovisionamiento puso fin la policía. ‘Los agentes lo trataban bien -refirió nuestra entrevistada-, pero le decían que devolviera lo robado y me dio lástima, les pedí que le dejaran llevar algún juguete’. ‘Esto -dijo después-, este estado de locura y nerviosismo vivimos todas las tardes todos los comerciantes que trabajamos frente al hospital Alassia, y no sólo por un nene armado con cuchillo, sino porque aparecen patotas formadas por chicos de siete años o un poco más. Los pibes ya andan con cuchillos y hasta con revólver, alguna vez’. Otras personas contaron cómo tratan de congraciarse, de ser amables con ellos, ‘con los chicos que vienen con olor a poxirrán’ y cómo tratan de conquistarlos, de tenerlos por amigos para no llegar a situaciones límite o tan desgraciadas que no se puedan reparar, pero nada”, apunta el escrito.

Así sobreviven las pibas y pibes en Santa Fe, la cordial, ya no solamente marcados por el empobrecimiento en sus ropas y la permanente ausencia en aulas escolares y canchitas de fútbol, sino también marcados con un nuevo estigma, “el olor a poxirrán”. Habrá que recuperar aquella vida colectiva saqueada para que Santa Fe, en serio, vuelva a ser cordial con los más indefensos.

Autor imagen: APE

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