martes, 4 de agosto de 2009

La teoría, los dogmas y el socialismo real


Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Se atribuye a Fernando Enrique Cardoso la expresión: “La izquierda es burra.” Naturalmente estoy en desacuerdo. Para ser socialista no se necesita ser burro.

No obstante, nunca he logrado comprender de dónde sacaron Stalin y sus colaboradores la arrogancia necesaria como para desestimar la sabiduría contenida en las ideas y en las obras de los enciclopedistas franceses, los socialistas utópicos, los prohombres del liberalismo; así como en Carlos Marx, Federico Engels, Prohudon, Lassalle, Bakunin, Kautsky y el propio Lenin que aunque en contextos y perspectivas ideológicas diferentes, con una orientación esencialmente de izquierda, elaboraron las tesis rectoras del cambio social en la modernidad. Ninguno rechazó el papel del mercado. Tal vez porque ignorar el papel del mercado en la economía moderna es como ignorar que la tierra es redonda.

Ningún pensador, en ninguna obra ha realizado elogios tan rotundos al papel del mercado en la economía y el progreso como los que, desde un enfoque crítico, realizó Marx en el Manifiesto Comunista. Para quienes tengan la osadía de calificar al Manifiesto… como un “panfleto político”, los remito a los trabajaos maduros de Marx: Contribución a la Critica de la Economía Política y El Capital, su obra cumbre que comienza, precisamente, analizando el papel de la mercancía a la que considera como la célula del capitalismo.

Es cierto que la comprensión de la realidad por Carlos Marx tuvo importantes limitaciones, como fueron no poseer suficiente información sobre la conquista y la colonización del Nuevo Mundo ni acerca del sistema colonial y no haber conocido a los Estados Unidos, cosa que tampoco pudieron hacer Federico Engels ni Lenin. De los líderes bolcheviques de primera línea sólo Trotski y Bujarin vivieron en Estados Unidos.

- Eso explica muchas cosas, dirán algunos.

- No les falta razón, digo yo.

No obstante, aquellas insuficiencias, en tanto que metodología, doctrina social y teoría general, el marxismo que bebe de las fuentes del hegelianismo, del socialismo utópico y del liberalismo y asume críticamente no pocos de sus preceptos es un punto de partida apropiado para que, desde el poder, la izquierda revolucionaria emprenda la transformación socialista de la sociedad, cosa que no incluye el absurdo de “destruir al capitalismo” que sería como pasar una buldózer por sobre lo mejor que en términos de gerencia económica ha logrado la humanidad.

Lenin, el más capaz de los discípulos de Marx y el dirigente de izquierda de más sólida formación teórica y que odiaba profundamente al liberalismo y despreciaba a la pseudo democracia burguesa, fue quien con la experiencia de los primeros años de revolución, concibió la idea de la Nueva Política Económica, basada en el funcionamiento del mercado y el establecimiento del capitalismo monopolista de Estado.

Para Lenin, la nueva Política Económica no era una simple maniobra táctica para ganar tiempo, sino un esfuerzo para recrear la estrategia del transito al socialismo desde las deprimentes condiciones en que se encontraba la Rusia de la década de los años veinte. Tal vez Lenin no lo hubiera dicho así, y seguramente no sugería una reconstrucción del capitalismo al estilo prerrevolucionario, sino que se trataba de una búsqueda para aprovechar al mercado, un instrumento creado por la cultura humana, tan bueno como los parlamentos y los aeroplanos y que resulta imprescindible para llegar al socialismo.

Desde luego que en esa concepción, lo mismo que de un socialismo distinto al modelo soviético, se trata de otro capitalismo, o como mínimo, de un capitalismo mediatizado, en el cual no existe el poder de la burguesía, el sector social de la economía es dominante, se instala un Estado de nuevo tipo y con nuevas tareas; se asume una noción diferente del poder como herramienta para construir una sociedad más justa, inclusiva, democrática y al final, socialista.

En esos entendidos, el mercado es un mecanismo de gerencia tan eficaz como lo son la contabilidad, la planificación y la centralización de las principales decisiones. Temer al mercado es como temerle al fuego, a la electricidad y a la energía atómica. Se vive seguro sin ellas, pero se vive en las cavernas.

Sin embargo, sorpresivamente, al apoderarse del poder, Stalin liquidó o anuló a las figuras teóricamente más brillantes del bolchevismo, comenzando por Trotski, canceló la Nueva Política Económica, emprendió la colectivización forzosa y auspició hasta el extremo la idea de la construcción del socialismo en un solo país que no puede ser atribuida a Marx y que no es un aporte a su obra sino una desviación.

En otros planos, Stalin anuló la democracia en el partido, el Estado y la sociedad, suplantó a los órganos electos por un aparato designado por él, uso a los servicios especiales y al sistema judicial para imponer la disciplina revolucionaria, incluyó en la constitución de 1938 el carácter dirigente del partido, convirtiendo en ley una cualidad que debía derivarse del cumplimiento de las funciones de la vanguardia y del desempeño político. Esa decisión, además de no favorecer al Estado revolucionario, perjudicó al partido.

En mí opinión, la izquierda en el poder, como ya han hecho en China y Vietnam tiene que arrojar lastre, deshacerse de una vez, y de ser posible, para siempre, de dogmas, falsos principios y tergiversaciones, reconciliándose con la tarea histórica de conducir a los pueblos hacía el progreso, la justicia social, la democracia y la paz social, avanzado por los caminos que marca la historia sin intentar imponer otros.

Es cierto que el imperialismo, las clases derrotadas y los ripios de las oligarquías existen y dificultan la obra, pero el modo de enfrentarlo no es con atavismos teóricos y ni con preconceptos ideológicos contenidos en un falsa herencia. La tarea exige remontar las fuentes, volver a Marx y por qué no, también a Prohudon, a Lenin, incluso a Adan Smith, soltar las muletas para caminar con nuestros pies y entrar, de una vez por todas, en una era postsoviética.

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