martes, 18 de agosto de 2009

Perú: ¿Renace el terrorismo…?

Gustavo Espinoza (NUESTRA BANDERA, especial para ARGENPRESS.info)

El reciente ataque a un puesto policial, ocurrido en San José de Secce, en las cercanías de Huanta, Ayacucho, ha vuelto a poner en el tapete un tema recurrente: el supuesto renacimiento de la actividad terrorista y la presunta capacidad operativa de “Sendero Luminoso”, como empeñada en desestabilizar el escenario político nacional. Hagamos algunas precisiones.

En el pasado -sobre todo entre 1980 y el año 2000- ocurrieron en el país numerosos atentados que dejaron una trágica secuela de destrucción y de muerte. La inmensa mayoría de estas acciones fueron adjudicadas a Sendero Luminoso, la estructura terrorista liderada por Abimael Guzmán, que se convirtió en el principal elemento desestabilizador del proceso peruano.

Las denuncias de las poblaciones, primero, y las investigaciones parlamentarias después, pusieron sin embargo en evidencia un hecho que hoy nadie discute: muchos de los atentados atribuidos a Sendero Luminoso, fueron en realidad ejecutados por la institución armada o las fuerzas policiales que siguieron rigurosamente una estrategia de confrontación concebida en las estructuras de inteligencia de los Estados Unidos. La Comisión de la Verdad, lo confirmó en su momento. La matanza de Putis –entonces atribuida a Sendero- fue un trágico sello de esta práctica.

Lo que se buscaba, mediante esta política, era “levantar” en el Perú la apariencia de un peligro inminente y terrible, de una amenaza horrenda que asustara a los peruanos y los hiciera admitir cualquier tipo de acción que fuera capaz de poner fin a esta violencia. El propósito era justificar un gobierno “duro” y una política de represión en la más alta escala, para cuyo efecto resultaba indispensable volcar las estructuras militares al campo a fin de “hacer frente a la subversión” mediante los métodos que fuera.

Se requería, en segundo lugar, dar a esta amenaza, una connotación política definida y vulnerable. Incriminar a Sendero Luminoso por los actos terroristas le permitía al Estado mimetizar al ideal socialista con la muerte y hacer concebir a la ciudadanía la idea que “los comunistas” usaban los procedimientos más abyectos para imponer su doctrina. Manchar con sangre la bandera roja y convertirla en el símbolo del terror era uno de los objetivos más preciados de la reacción.

Era esta, por cierto, una manera práctica de fascistizar a la Fuerza Armada para impedir el resurgimiento de sentimientos patrióticos, nacionalistas o antiimperialistas, como los que incubaran en su momento, las propuestas de Velasco Alvarado y los militares del 68.

Todo este esquema tenía un solo propósito estratégico: imponer en el Perú una dictadura siniestra capaz de doblegar la resistencia popular, destruir las conquistas sociales de los trabajadores y aplicar un “modelo” neo liberal consustancial a los dictados del Imperio en su más pérfida expresión. Fue esa la administración de Fujimori que hoy toda la derecha añora.

No hay que dejar de subrayar, en efecto, que los personeros más definidos de la derecha reaccionaria no hacen otra cosa - hoy- que “reconocer” los presuntos “aciertos” de la política de Fujimori, lamentando apenas los elementos de corrupción que endosan al “asesor en materia de inteligencia”, como una manera, también de eximir de culpas al dictador. “Lo que hizo Fujimori, estuvo bien. Lo malo fue Vladimiro” suelen decir cotidianamente exultantes, personajes de la ralea de Aldo Mariátegui y Jaime Althaus.

Hoy es claro que una buena parte de estas vesánicas acciones de terror, fueron consumadas por las instituciones del Estado. De allí derivan, precisamente, las numerosas acusaciones contra efectivos militares y policiales por violación de Derechos Humanos, que la derecha más reaccionaria se empeña en satanizar como un modo, también de echar un manto de olvido sobre la guerra sucia y asegurar la impunidad a los delitos cometidos por el Estado y sus representantes.

Matanzas como la de Uchuraccay, Soccos, Accomarca -de la que se cumplen en estos días 24 años- fueron atribuidas en su momento al “accionar terrorista” y adjudicadas a Sendero Luminoso sin fundamento alguno por cuanto fueron perpetradas por la estructura terrorista del Estado.

Lo que aun no está claro, sin embargo, es el porcentaje de acciones que realmente cometió Sendero y el que fue ejecutado por las “Fuerzas del Orden” en distintos confines del país. En nuestra opinión, más del 80% de los actos terroristas, fueron consumados por la estructura del Estado, y atribuidos a una organización terrorista a la que se “agigantó” a través de la propaganda con fines aviesos.

Ahora parece que vuelve a repetirse la historia. Ante cualquier hecho violento el concierto de voces de la prensa oficial u oficiosa, proclama el presunto “resurgimiento” del senderismo, y demanda “medidas enérgicas” para “enfrentar la subversión”. Pero la investigación más simple de los hechos conduciría fácilmente a otros derroteros. Por eso, la reacción escandaliza, pero no investiga nada. Y cuando lo hace, deja todo a medio camino para que nadie indague más allá de lo estrictamente indispensable para su dominio.

Ese mismo caso de San José de Secce resulta aleccionador: la revista Caretas revela que el personal de esa base “habría incautado 180 kilos de droga en un operativo que nunca fue informado al comando policial”. Asoma así una pista nueva y saltan otros interrogantes en el escenario.

Debe recordarse que recientemente quedó en evidencia un hecho: más de 150 fusiles y alrededor de 8,000 balas, eran transportadas en una empresa de servicio público a la zona de combate. Cuando por una circunstancia fortuita se descubrió el irregular caso, se destituyó al oficial a cargo del operativo, pero no se investigó lo ocurrido. Y hoy, nadie habla del asunto, que sirvió, sin embargo para confirmar la existencia de una suerte de ejército paralelo, que usaba armas sofisticadas para cometer acciones. Con ese tipo de armas, fueron muertas las víctimas de San José de Secce recientemente.

No hay que desgañitarse entonces achacando culpas a un “Sendero” que ciertamente está muy lejos de alcanzar capacidad operativa, sino simplemente investigar con presteza la esencia y las modalidades del accionar terrorista. A lo mejor se descubrirá realmente a los autores de estos crímenes.

Ellos bien pueden estar en las filas del narcotráfico o quizá también en las esferas de instituciones cuyos “mandos” se empeñan en retrotraer la historia y volver a los años de la “guerra sucia” para obrar impunemente contra el pueblo.

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