martes, 29 de septiembre de 2009

Al socialismo por un atajo (II): Una trágica experiencia

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

El fin de la Primera Guerra Mundial que ocasionó alrededor de 50 millones de muertos y dilapidó casi doscientos mil millones de dólares (oro), hizo desaparecer tres imperios: ruso, austro-húngaro y otomano, propiciando el nacimiento de 5 estados: Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia.

Mientras los vencedores protagonizaban un nuevo reparto del mundo, Woodrow Wilson redactaba el Tratado de Versalles y creaba la Sociedad de Naciones, las fuerzas políticas europeas más avanzadas desataron una serie de procesos políticos entre los cuales, además de la revolución bolchevique, figuraron la instalación de la República de Weimar, la República Húngara de los Consejos y el movimiento de liberación turco conducido por Kemal Atatürk.

En todos estos acontecimientos los socialdemócratas y los comunistas desempeñaron un importante papel y en algunos lugares, actuando como compañeros de viaje, aunaron fuerzas para, de alguna manera, equilibrar las conspiraciones implícitas en los tratados de Versalles. En todos los casos estuvo presente el ejemplo de los bolcheviques rusos, que si bien entonces carecían de posibilidades para apoyar a otros países y movimientos, fueron motivo de inspiración.

Debido, entre otras cosas, a que el presidente norteamericano Woodrow Wilson, verdadero vencedor en la guerra y arbitro en la reconstrucción política de Europa, rechazó cualquier negociación con gobiernos que no fueran democráticos, en noviembre de 1918, en Alemania se proclamó la República de Weimar de orientación liberal y socialdemócrata regida por un Consejo de Comisarios del Pueblo. Aquella misma “república” reprimiría el intento liderado por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo de instaurar en Alemania un estado soviético. El intento socialdemócrata dejó de existir cuando, al llegar al poder en 1933 Hitler liquidó la República de Weimar.

Aquellos y otros empeños de las fuerzas políticas progresistas para obtener algunos avances de la derrota de las fuerzas europeas más reaccionarias, no contaron con el estimulo y el apoyo que esperaban de los aliado, que encabezados por Estados Unidos, se concentraron en el cobro de reparaciones de guerra y en los repartos territoriales, olvidando por completo a los pueblos.

La reacción europea y norteamericana se concentró en tratar de anular a Alemania y sacarla de la competencia aunque para ello tuviera que hacerla retroceder a la era de las cavernas y de ahogar en su cuna a la Revolución Bolchevique. El éxito de los revolucionarios rusos y el miedo al comunismo explican la brutal reacción frente al prematuro empeño revolucionario húngaro de fundar un Estado socialista.

La fugaz existencia de apenas 133 días y el trágico final de la República Soviética Húngara o República de los Consejos de 1919, ahogada en sangre por la reacción interna, pero sobre todo por la intervención de varios ejércitos extranjeros, fue como una Comuna de París a destiempo, el primer caso de contagio provocado por el triunfo de los bolcheviques en Rusia, víctima de la ilusión de que aquel suceso podía desencadenar una revolución mundial.

Todo comenzó cuando durante la Primera Guerra Mundial, en busca de sus objetivos geopolíticos y la defensa de sus privilegios, la aristocracia y la burguesía húngara sometieron al pueblo, a la clase obrera e incluso al ejército a enormes privaciones y sacrificios.

Con la victoria aliada, el pueblo húngaro creyó que había llegado la hora de la liberación y en 1918 desató la “Revolución de los Crisantemos” conducida por la socialdemocracia, que instauró una república liberal que por sus inconsecuencias resultó fallida. En 1919 Béla Kun asumió el poder y proclamó la República Soviética de Hungría o República de los Consejos.

Hijo de una familia judía de clase media, en su juventud, Béla Kun se aproximó a los círculos socialdemócratas; reclutado por el ejército húngaro en 1916 mientras combatía en la Primera Guerra Mundial, fue hecho prisionero por los rusos que lo recluyeron en Siberia donde, en contacto con desterrados del país, se hizo marxista y militante del partido bolchevique. Liberado al triunfo de la revolución en 1917 se sumó a la lucha y desempeñó importantes tareas para el poder soviético. En 1918 fundó el Partido Comunista Húngaro.

De regreso a Hungría en 1919, con el país invadido y la republica liberal fracasada, Béla Kun se alió con los socialdemócratas para acceder al poder. El 21 de marzo de aquel año, desoyendo los consejos de Lenin, prematuramente proclamó la República Soviética que hostilizada por la reacción interna y ahogada por la invasión de varios países limítrofes pereció apenas tres meses después.

El 1 de agosto del propio año, el ejército rumano derrotó a las huestes revolucionarias. Hecho prisionero en 1920 Bela Kun logró llegar a la Unión Soviética, donde a pesar de ser criticado, fue acogido por Lenin, que le concedió espacio al servicio de la causa soviética y lo integró a la III Internacional. Años después, acusado de trotskista, durante las purgas estalinistas fue enviado a Siberia y, presumiblemente en 1939 fue ejecutado.

La República Húngara de los Consejos fue el segundo intento de establecer el poder soviético e instaurar la dictadura del proletariado y su trágico final, que parece haber influido en la historia del socialismo real en el país magiar, constituyó una experiencia de lo peligroso que puede resultar tratar de llegar al socialismo por un atajo.

Ver también:
- Al socialismo por un atajo (I): Rusia


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