jueves, 24 de septiembre de 2009

Argentina: Hacia el fin de un ciclo (Parte III)

Christian Castillo - Fredy Lizarrague (IPS KARL MARX)

Este trabajo fue realizado el 26 de Mayo de 2009, publicamos el mismo por la validez del análisis.

La vuelta de los sindicatos al primer plano de la política

En diversas ocasiones hemos polemizado con quienes han sostenido las tesis del “fin del trabajo” y del advenimiento de los “nuevos movimientos sociales” en reemplazo de la clase obrera. Estas visiones ganaron renovado espacio durante la década de los ‘90 y luego de diciembre de 2001, recurriendo en nuestro país a dos artilugios: a) no mencionar que los desocupados y los trabajadores estatales (que protagonizaron gran parte de los enfrentamientos contra el menemismo y el gobierno de la Alianza) constituyen fracciones de la clase obrera, algo que luego se repitió con las fábricas ocupadas; b) volver invisibles las acciones protagonizadas por los sindicatos y centrales sindicales, que constituyeron la mayoría de los hechos de protesta realizados en el período20. Esos planteos fueron “expresión en nuestro medio de los planteos que internacionalmente acompañaron la ‘ofensiva neoliberal’ en los ‘80 y los ‘90”21. Hoy esto es reconocido por intelectuales cercanos a las posiciones del gobierno. En el blog “Datos, observables y hechos” un artículo toma dos estudios sobre “protestas sociales” de distinto origen y metodología22, y concluye: “las organizaciones sindicales (de cualquier nivel, se entiende, no sólo las centrales) son las principales convocantes de las protestas durante el período 1992- 2002: según la fuente que se tome el porcentaje de protestas convocadas por las mismas oscila entre 36,8% y 38,4%”. La conclusión es: “Aquel (discurso) que decía que se acababa la clase obrera, que perdía peso en la estructura social argentina y que, por lo tanto, las organizaciones de los trabajadores, perdían peso en la protesta social, perdían capacidad de negociación y sobre todo: perdían capacidad de convocatoria, de inserción social y de conducir (o al menos de tener un rol relevante en) la protesta social. En su reemplazo aparecían los ‘nuevos movimientos sociales’, donde los trabajadores y sus organizaciones no tenían relevancia. Se escribieron toneladas de páginas al respecto […] En la opinión de este blog, este es un discurso que se compraron las ciencias sociales argentinas (y latinoamericanas, por lo menos). Y es un discurso que es cualquier cosa menos inocente, un discurso que era producido por los organismos de crédito, por cierta intelectualidad del gran capital y que tenía por objetivo debilitar y aislar a los trabajadores y producir el ocultamiento de sus luchas”.

Esto no significa, sin embargo, que la clase trabajadora no haya sufrido derrotas ni retrocesos durante esos años, más bien todo lo contrario. El aumento de la precarización laboral y de los niveles de explotación y desocupación fueron grandes conquistas del capital impuestas bajo el neoliberalismo, gracias a la complicidad de gran parte de las direcciones sindicales, algunas de las cuales fueron directamente compradas dando lugar a lo que se llamó el “sindicalismo empresario”.

Esto llevó, a su vez, al surgimiento de sectores del propio aparato sindical que se convirtieron en opositores al menemismo, la CTA y el MTA, que luego pusieron su peso al servicio de cada uno de los dos proyectos de reemplazo al riojano, la Alianza en el primer caso, el duhaldismo en el segundo. En el caso de Moyano, su oposición a las políticas antiobreras del gobierno de De la Rúa, al que le hizo siete paros generales, fue instrumentada a favor del bloque capitalista devaluador que se terminó imponiendo en la puja interburguesa de fines de la convertibilidad. La CTA, por su parte, había impulsado en este período el Frenapo junto a políticos centroizquierdistas y figuras entonces secundarias del radicalismo y el peronismo, como lo eran Elisa Carrió y Néstor Kirchner. El 19 y 20 de diciembre de 2001 estuvo completamente por fuera de los acontecimientos levantando las movilizaciones previstas anteriormente, llegando en algunos casos a denunciar la movilización popular como una mera instrumentalización por parte de Duhalde (como sostuvo Luis D’ Elía).

La clase trabajadora, luego de haber recibido un duro golpe a sus ingresos con la devaluación de comienzos de 2002, donde el salario real cayó en promedio un 30%, comenzó un proceso de recomposición no sólo social sino también sindical. Si bien la continuidad de niveles de trabajo “en negro” en torno del 40% han condenado a una fracción muy importante de la clase obrera a vender su fuerza de trabajo por debajo de su valor y no contar con ningún tipo de derecho sindical, en estos años los sindicatos ganaron renovado peso político al calor de la creación de unos 3.500.000 nuevos puestos de trabajo. Hugo Moyano, vuelto Secretario General de la CGT, fue –es– uno de los aliados fundamentales de los Kirchner (y antes de Duhalde). Las negociaciones colectivas se multiplicaron y las capas más altas del proletariado fueron las que vieron una mayor recuperación de sus salarios, ampliándose la desigualdad al interior de la propia clase obrera. Esto no quita que siga siendo también muy limitada la organización sindical en los lugares de trabajo: sólo un 12% de los establecimientos privados cuentan con representación de base, cifra que sube al 55% en aquellos de más de 200 trabajadores23.

Hubo una primera e importante oleada de conflictos sindicales que se extendieron de fines de 2004 a comienzos de 2006, que la burocracia sindical y el gobierno “resolvieron” con ciertas concesiones de las patronales en las negociaciones paritarias (aumentos de salarios, siempre por detrás de la inflación). En este período se desarrolló lo que el periodismo llamó el “sindicalismo de base”, con el Cuerpo de Delegados del Subte y la Comisión Interna de ATE del Hospital Garrahan como principales símbolos. En varias fábricas se recuperaron Comisiones Internas (como el ejemplar conflicto de la ex Jabón Federal, o los delegados de FATE, que luego consiguieron ganar la seccional San Fernando del SUTNA y posteriormente sufrieron un duro ataque de la patronal y el gobierno, con la complicidad de la dirección nacional del gremio que responde a la CTA). Se incorporaban así a las ya “viejas” conquistas como los obreros que gestionan Zanon en Neuquén y su sindicato ceramista (SOECN) o las seccionales opositoras de los sindicatos docentes (en la Provincia de Buenos Aires, Neuquén, Santa Cruz y otras).

Pero a partir de 2006, Moyano (y Yasky en la CTA) garantizaron una suerte de “pacto social” de hecho, aceptaron techos salariales a cambio de cierta recuperación salarial para los trabajadores en blanco respecto de la caída sufrida en 2001. Así vimos como un porcentaje importante de las luchas que se dieron en los años posteriores fueron encabezadas por dirigentes opuestos a las direcciones oficiales de los sindicatos o las centrales, y recibieron una dura respuesta de la “santa alianza” de las patronales, el gobierno y la burocracia sindical: esos fueron los casos de la ex Jabón Federal, la textil Mafissa, los jóvenes del Casino Flotante, la textil Pagoda, los obreros de FATE y las masivas huelgas docentes en Neuquén (donde el asesinato de Carlos Fuentealba obligó a la dirección nacional de la CTA a convocar al primer paro nacional bajo el gobierno K, el 9 de abril de 2007), Santa Cruz, Salta y otras provincias. En el 2008, el debilitamiento del kirchnerismo a partir de la derrota sufrida en el conflicto con las patronales agrarias, fortaleció el protagonismo de Moyano, transformado en un puntal clave del oficialismo. La muy importante movilización realizada por la CGT el 30 de abril de este año (en realidad por una fracción de los sindicatos que la componen, fundamentalmente los del transporte más UPCN, Luz y Fuerza y SMATA), mostró una capacidad de movilización de los sindicatos como no ocurría hacía mucho tiempo y llamó a la cordura –al menos por un tiempo– a quienes daban por enterrada antes de tiempo a la clase obrera. Con la marcha y el apoyo explícito llamando a votar por los candidatos oficialistas el 28 de junio, Moyano no sólo consiguió lugares destacados en las listas del Frente Para la Victoria, como hacía muchos años no se veía24, sino también “marcó la cancha” para el “día después”, cuando con los resultados electorales en la mano comiencen a discutirse los espacios de poder dentro del peronismo y la propia sucesión presidencial de Cristina Fernández.

Y es también un acto de “defensa propia” ya que sabe que una debacle abrupta del kirchnerismo posiblemente también se lo “lleve puesto” o provoque una sensible disminución de su poderío a manos de los “gordos”, los “independientes” (Caló de la UOM) o algún nuevo enjuague burocrático25.

Hoy la burocracia sindical peronista se encuentra conformada por distintos bloques: los moyanistas (que son los que movilizaron fuerte para el acto del 30 de abril); los “independientes”, que tienen a la UOM como referencia y se acercan o alejan del moyanismo según la ocasión; los “gordos”, con bajo perfil en esta etapa después de haber conducido la CGT bajo el menemismo; y los gremios que forman parte de la CGT Azul y Blanca encabezada por Luis Barrionuevo. De conjunto los sindicatos que forman parte de ambas CGT agrupan unos 2.500.000 afiliados.

Mucho se ha escrito acerca de la pérdida de peso de los sindicatos dentro del peronismo de los ‘90 en adelante26. Pero lo cierto es que es el control de éstos, y no meramente el peso que mantienen en el “territorio” los intendentes en los sectores más pauperizados mediante su red de punteros y control de la ayuda social, lo que le permite presentarse como garantía de “gobernabilidad”.

Es este un activo central que los distintos políticos del PJ tienen a la hora de tratar de ganar los favores de la burguesía como opción de gobierno. Si bien ideológicamente la burguesía argentina, como la de todo el mundo, es partidaria de que no haya organización sindical alguna, visto el peso que mantienen los sindicatos y la imposibilidad por el momento de aplastarlos por métodos de guerra civil, tiende a preferir un gobierno con capacidad de maniobrar con los mismos que uno que los tenga permanentemente en la oposición.

Es más, la crisis y la debilidad de aparato del gobierno llevarán a los capitalistas a apelar “a la colaboración con la cúpula de los sindicatos para hacer pasar los salvatajes a las patronales y hacer pagar la crisis a los trabajadores. Así son los acuerdos de suspensiones con rebaja salarial que hacen los dirigentes en el SMATA con las multinacionales automotrices, mientras General Motors, Mercedes-Benz y Peugeot-Citroën negocian con la ANSES el financiamiento de parte de sus operaciones por un total de 250 millones de pesos, amén de los subsidios que ya reciben del Estado para el pago de salarios. Esta colaboración puede incluir, incluso, cargos en directorios de las empresas ‘intervenidas’ ante la bancarrota, para que la burocracia sindical se haga cargo de la gestión capitalista en la crisis a cambio de nuevas prebendas. Ya se vio que después del vaciamiento de la francesa Aguas Argentinas, la dirección sindical que conduce José Luis Lingieri de Obras Sanitarias, entró al directorio y participa con el 10% de las acciones de AySA, creada por los Kirchner. El fenómeno de ‘la burocracia empresaria’ se propagó en los ‘90 durante Menem cuando, en sentido inverso, las empresas del Estado vaciadas pasaban a precio de remate a los capitalistas privados, y se dio la colaboración entre una capa alta de burócratas sindicales y los gerentes del capital financiero, como lo sintetizó la dupla entre Jorge Triacca y María Julia Alsogaray en la privatización de Somisa a manos de la trasnacional Techint de los Rocca (uno de los padres del actual ‘modelo’) y con participación en las acciones para la cúpula de la UOM local. La versión criolla de la Perestroika (nombre que dio Gorbachov en la Unión Soviética al pasaje de la burocracia gobernante a socia del capital); creó toda una elite privilegiada de dirigentes sindicales con participación en las ganancias de las empresas, al mismo tiempo que millones de trabajadores quedaban por fuera de los convenios colectivos de trabajo y de toda representación sindical o directamente engrosaban el desempleo de masas, una hiperburocratización de los sindicatos. El fenómeno recorre transversalmente todas las fracciones de la CGT, por ello es que en el palco del acto del 30 de abril estuvo el ex-menemista Lezcano del sindicato de Luz y Fuerza, que comenzó a ocupar cargos co-gerenciales o directamente empresarios –como en la mina de Río Turbio en la provincia de Kirchner–, sigue participando en las nuevas empresas eléctricas impulsadas en la actualidad. Incluso es de prever una mayor participación de la cúpula de los sindicatos en la gestión del Estado capitalista, como muestra la puja entre la titular Ocaña y los hombres de Moyano por ocupar el Ministerio de Salud. Los sindicatos estarán cada vez más sometidos a una doble tensión en la crisis capitalista. Desde abajo, la bronca y la presión de los trabajadores que sufren despidos y recortes de salario, y desde arriba la cooptación del Estado y los ataques patronales. La misma burocracia sindical que en épocas de crecimiento aparece negociando a favor de los trabajadores en la puja por la ‘redistribución de la renta’ y hasta con un barniz de introducir ‘reformas’ favorables (los varios proyectos de leyes con que amagó tantas veces el diputado Recalde), se transforman en auxiliares del capital en sus momentos de crisis”27.

En el caso de la CTA, desde el conflicto entre el gobierno y las patronales agrarias se produjo una fuerte división entre el sector kirchnerista alineado con Hugo Yasky (donde entre otros se cuentan Luis D’ Elía, Edgardo Depetris, Roberto Baradell y Claudio Marín) y el sector que responde a Víctor De Gennaro (donde están Claudio Lozano y Pablo Michelli de ATE), que se alineó vergonzantemente con las patronales agrarias a partir de su alianza histórica con la Federación Agraria Argentina. La CTA cuenta, aproximadamente, con 1.500.000 de afiliados, parte importante de los cuales –posiblemente alrededor de un tercio– pertenecen a movimientos sociales y de desocupados como la FTV de D’ Elía, el MTL de Carlos Chile y la Tupac Amaru de Milagros Salas en Jujuy.

Su columna vertebral son los gremios docentes nucleados en CTERA y, con menor peso, ATE. En el proletariado industrial sólo cuenta con la UOM Villa Constitución, nuevamente dirigida por Alberto Piccinini y el SUTNA, el sindicato de los trabajadores del neumático. Su división interna entre “oficialistas” y “opositores” y el papel preponderante que ha tomado la figura de Moyano en los gobiernos kirchneristas, ha debilitado a la CTA, aunque el debilitamiento del kirchnerismo también ha dado protagonismo en sus listas a sectores de la CTA28 en la Ciudad de Buenos Aires, donde busca un perfil más centroizquierdista.

Más allá de la coincidencia coyuntural en el apoyo a la candidatura de Martín Sabbatella en Provincia de Buenos Aires de sus dos sectores (en Capital los seguidores de De Gennaro van con Pino Solanas y Yasky apoya a Heller), su proyecto expresa una crisis estratégica en el sentido de no poder ser la “pata sindical” de un “partido progresista” a construirse con sectores provenientes del peronismo y del radicalismo, cuestión con la que coqueteó Kirchner en sus primeros años cuando planteaba la “transversalidad” y jugaba con la idea de dejar atrás el PJ. Con la tendencia a la reconstitución bajo forma de coaliciones tanto del peronismo como del radicalismo, sus proyectos no van más allá de actuar como un grupo de presión del kirchnerismo (el ala Yasky) o reconstruir un nuevo PI –Partido Intransigente– o un Frepaso (el sector de De Gennaro). Es decir, en este último caso, un nucleamiento de sectores progresistas que terminen como auxiliar del peronismo o del radicalismo y que, por ello mismo, termine siendo fagocitado por alguno de ellos o estallando en varios pedazos. En Neuquén, donde pusieron en pie el UNE (Unión de los Neuquinos), están mostrando esta misma dinámica siendo parte junto con los radicales (ex-radicales K, actualmente “cobistas”) y peronistas kirchneristas del gobierno municipal de la capital provincial, que fue responsable, en noviembre de 2008, de una salvaje represión a familias sin techo en el barrio Confluencia, al mejor estilo MPN.

Hasta el momento, el gobierno ha tratado de amortiguar los efectos de la crisis económica entre los sectores sindicalizados, subsidiando directamente el pago de los salarios de más de 65.000 trabajadores y tratando de negociar suspensiones y rebajas de salario a cambio de mantener el empleo. Las direcciones burocráticas de los sindicatos, tanto los encuadrados en la CGT como en la CTA, han sido cómplices de esta política, como vimos, entre otros, en los casos del SMATA cordobés o en Paraná Metal en Villa Constitución. Los despidos han golpeado más de lleno a los sectores contratados y a los trabajadores que están “en negro”. De esta manera, intenta contener las disputas hasta después de las elecciones de junio y presentarse ante los trabajadores como el “menos malo” y menos antiobrero de los proyectos en disputa, un perfil no muy difícil de construir teniendo como rivales a un empresario multimillonario como De Narváez o a Elisa Carrió y el radicalismo, cuyo discurso sostiene la vuelta al endeudamiento con el FMI de la mano de un hombre de las finanzas como Alfonso Prat Gay.

Pero lo cierto es que, pasadas las elecciones, quedará claro que pasó el tiempo en el cual los sectores sindicalizados conseguían aumentos que más o menos acompañaban la inflación. Para las patronales la crisis es un momento para apretar el torniquete sobre la clase trabajadora, como estamos viendo en la negativa a dar aumentos tanto por los banqueros como por las patronales metalúrgicas. Y en el caso de los gobiernos provinciales y del gobierno nacional será posiblemente el momento de un “ajuste fiscal”, con el fin de cubrir los rojos provinciales y hacer frente a los pagos de la deuda externa. De ahí que posiblemente, con un kirchnerismo debilitado y presionado por derecha en medio de la crisis capitalista internacional, lo que se abra es una situación con tendencias a mayor enfrentamiento entre los trabajadores, las patronales y el gobierno, una situación más favorable para el avance de la izquierda revolucionaria en los sindicatos y en el conjunto de la clase obrera. La politización que han introducido las propias dirigencias sindicales, al “jugarse” con el kirchnerismo o la centroizquierda, facilitará la experiencia sobre qué tipo de política necesita la clase trabajadora y qué rol deben jugar los sindicatos.

Enfrentar a la burocracia para recuperar los sindicatos para la lucha y abrir el camino de un gran partido de la clase trabajadora

El tiempo político por venir exige combatir todo rutinarismo. El peso social y político de las organizaciones obreras que reconocen el kirchnerismo o el centroizquierdismo tienen un precio: utilizarlas para negociar una reconfiguración del peronismo unos, o para construir un nuevo FrePaSo, otros (por vía kirchnerista con Sabbatella, o por vía sojera con Solanas). Si la situación se torna más aguda, la burocracia sindical peronista volverá a jugar el rol nefasto de los ‘70, ya sea como patota (no por casualidad Moyano está acusado de haber sido un joven colaborar de las Tres A en Mar del Plata en los ‘70) o en algún ministerio. Los sectores “progresistas” de la CTA, se propondrán para recrear frentes de colaboración de clases incluso más combativos que el FrePaSo si hace falta, con programas y política de tipo “frente populistas” (de los que un ejemplo puede ser el gobierno de Evo Morales), pero que jugarán el mismo rol político de impedir la conquista de poderosas organizaciones de lucha y una dirección política capaz de defender un programa anticapitalista consecuente, es decir, obrero y socialista.

Lamentablemente, la práctica de la mayoría de las organizaciones de izquierda combina una actividad estrechamente sindicalista en ciertas organizaciones de los trabajadores (por lo general, estatales, algunas de servicios y casi nada en la industria) con una participación marginal en las elecciones nacionales organizadas de forma cada vez más restrictiva por el régimen burgués.

Durante los últimos años, nuestra corriente se esforzó en lograr una mayor estructuración en el proletariado industrial, acompañando los procesos de surgimiento de nuevos delegados y de lucha contra los despidos y cierres primero, y por recuperar el salario y condiciones de trabajo en los años de la “recuperación” económica. Esta decisión estratégica, que nos permitió por ejemplo asumir un papel decisivo en la lucha de los obreros de Zanon y otras fábricas de Neuquén, de la ex Jabón Federal, de Mafissa, de las automotrices de Córdoba, de las fábricas de la alimentación y del neumático de la zona norte del GBA, etc., fue contraria al abandono de la mayoría de las organizaciones de izquierda de este sector clave de clase obrera. Aunque haya perdido peso social y político, la clase obrera industrial sigue siendo uno de los sectores más concentrados, ubicada en el corazón de la producción capitalista y que, por las mismas condiciones de explotación que sufre, porque vive bajo un régimen dictatorial al interior de las fábricas (con la burocracia sindical haciendo de policía), porque en cada lucha reivindicativa los trabajadores ponen en riesgo su puesto de trabajo (y el salario para mantener a sus familias), alberga los sectores que pueden ser más decididos en el combate de clase. Por esto sigue más vigente que nunca aquella afirmación de Lenin que consideraba las luchas económicas en estas condiciones como “escuelas de guerra”. Pensar en formar militantes y dirigentes revolucionarios por fuera de esta ardua labor en la clase obrera industrial, es no querer construir un partido verdaderamente de combate.

Sin embargo, siempre hemos combatido toda visión que reduzca la clase obrera al proletariado industrial. Como polemizamos con Negri y otros, para nosotros la clase trabajadora incluye al conjunto de los asalariados que no cumplen funciones de gerenciamiento capitalista ni en las jerarquías del aparato estatal ni en las fuerzas de represión del Estado capitalista. En el caso de los docentes, sus sindicatos tienen unos 200.000 afiliados que se encuentran en los gremios de la CTERA, sobre un total de alrededor de 800.000 trabajadores.

De conjunto constituyen, junto con el gremio de camioneros que controla Moyano, uno de los principales sindicatos que poseen capacidad de acción a nivel nacional. Por esto, siendo claramente la corriente con mayor peso en la industria, a la vez avanzamos también en el desarrollo de agrupaciones en los sindicatos estatales, docentes y de servicios, donde la actividad sindical es más legal y hay un mayor peso de la izquierda, jugando un papel importante en la lucha por constituir el nuevo sindicato de los trabajadores del Subte.

Pero todo esto es claramente insuficiente frente a las tareas planteadas. Nos proponemos –y creemos que toda la izquierda debería hacerlo– poner el peso conquistado en función de lograr una influencia sindical y política en las organizaciones de masas del movimiento obrero que nos permita ser alternativa a las direcciones burocráticas y sus proyectos de colaboración de clases. En los sindicatos que responden a las distintas alas de la CGT, esta batalla comienza por recuperar las comisiones internas y cuerpos de delegados, impulsando la elección donde no los haya, para enfrentar los despidos, suspensiones y ataques al salario y condiciones de trabajo. Aquí la burocracia sindical actúa como policía de la patronal, por lo cual es preciso un trabajo muy cuidadoso y paciente, estudiando caso por caso las condiciones, sin descartar el impulso de nuevos sindicatos cuando las condiciones lo imponen, como ocurrió en el Subte. Ya vimos en el SMATA Córdoba cómo la menor señal de disidencia fue respondida por la burocracia con el pedido de desafuero y expulsión de los delegados combativos por el “delito” de no firmar un acta en contra de la voluntad de la asamblea, y haber defendido a los contratados de IVECO y Gestamp.

En los gremios nucleados en la CTA, al estar limitada el arma del despido por parte del Estado/patronal y al existir también una mayor legalidad para el debate político al interior de las organizaciones sindicales, se torna imprescindible emprender de inmediato una fuerte lucha contra los dos proyectos impulsados desde la cúpula que, como ya explicamos, nada aportan a conquistar fuertes organizaciones de lucha y una herramienta política que nos permita vencer.

Es muy importante seguir y apoyar, en este sentido, la iniciativa de los dirigentes del SOECN que, en una asamblea extraordinaria donde participaron obreros de las cuatro fábricas que agrupa (Zanon, Cerámica Neuquén, Cerámica Stefani y Cerámica del Sur), abrieron el debate sobre la necesidad de ingresar a la CTA provincial (que es la principal central sindical de la región, agrupando a los docentes, estatales, salud, judiciales, etc., mientras la CGT agrupa al poderoso gremio de los petroleros, entre otros, pero responde a los gobiernos de turno y no tiene vida interna) para hacer más fuerte la lucha por la unidad de los trabajadores y por la construcción de una herramienta política de independencia de clase, contraria al UNE que impulsan los dirigentes actuales de la central. Todo agrupamiento combativo y clasista que se desarrolle en el seno de la CTA, alentará “desde fuera” el desarrollo de agrupamientos y corrientes de estas características en los gremios de la CGT y aún sobre los sectores precarizados que no cuentan hoy con organización sindical. Sería también un punto de apoyo más favorable para impulsar la coordinación de los que están luchando.

Más estratégicamente, el desarrollo de corrientes de estas características en los sindicatos, que levanten un programa obrero frente a la crisis, para que la paguen los capitalistas y no los trabajadores, y que defiendan la necesidad de poner en pie un partido político basado en la independencia de clase y la lucha por un gobierno de los trabajadores, permitirá acompañar la evolución política de la experiencia de la clase obrera con el peronismo, y poder lanzar iniciativas audaces de acuerdo al desarrollo real de los acontecimientos.

A grandes rasgos, hay dos caminos posibles para la construcción de un partido revolucionario en Argentina. De un lado, el posible surgimiento de algún tipo de Partido de Trabajadores en el que los revolucionarios conformemos un ala en lucha por el programa y los métodos de lucha para llevar adelante (es decir, por su dirección). De otro lado, por el fortalecimiento directo de las corrientes actuales que nos reclamamos obreras y socialistas producto de una radicalización política más general, lo que implicará rupturas y fusiones para dar paso a nuevas formaciones. Seguramente la realidad será combinación de estas variantes con otras nuevas. De todos modos, los tiempos por venir anuncian nuevos fenómenos políticos que no podremos enfrentar con los viejos métodos. Para ellos nos preparamos.

El internacionalismo y las tradiciones nacionales

Frecuentemente se acusa a los marxistas (con particular virulencia en nuestro país desde las tradiciones peronistas y radicales) de pretender “importar” modelos revolucionarios que nada tienen que ver con las raíces nacionales. La crisis capitalista actual debería hacer reflexionar a todos los “nacionales y populares”, ya que demuestra no sólo la fenomenal internacionalización de los capitales, sino también la internacionalización de las respuestas capitalistas, incluso cuando estas significan medidas proteccionistas de cada país para descargar los costos de la crisis en otro.

Los trabajadores que ocupan fábricas en Estados Unidos, Francia o Alemania, sin más objetivo “revolucionario” que defender su puesto de trabajo, y se interesan en aprender de las experiencias de las fábricas ocupadas en la Argentina como Zanon, están por delante de muchos intelectuales kirchneristas o populistas que reniegan del internacionalismo como una “costumbre europea” (aunque a Néstor ahora le gusta llamarse “keynesiano”, bien a la moda burguesa “progresista”).

Nadie puede ofrecer un proyecto revolucionario serio a los trabajadores y la juventud de nuestro país si no está sólidamente fundamentado en las tendencias de la economía, la política y la lucha de clases internacional. Y ha sido el marxismo revolucionario la única corriente del movimiento obrero internacional que se propuso un método que interprete la experiencia concreta de cada país (“la revolución comienza en la arena nacional”) a la luz de la realidad política del sistema capitalista mundial. Sin esto no hay proyecto revolucionario capaz de enfrentar con éxito la opresión imperialista y la explotación capitalista (como muestra el nacionalismo limitado de Chávez o el indianismo de Evo Morales, que no son más que reformas parciales del capitalismo).

El PTS inscribe su construcción y actuación en Argentina como parte de la lucha por la reconstrucción de la Cuarta Internacional, la última de las internacionales revolucionarias que forjaron los mejores combatientes del movimiento obrero. La clase obrera argentina fue parte de esas tradiciones, aunque el peronismo avanzó mucho en sembrar el chovinismo nacionalista. Apostamos a nuevas generaciones de obreros, estudiantes e intelectuales que creen una nueva tradición en nuestro país de unidad latinoamericana e internacional contra el imperialismo y sus lacayos, y por la reconstrucción del partido mundial de la revolución socialista.

* * *

En síntesis, nos preparamos para intervenir en una situación en la cual estén planteadas nuevas convulsiones políticas, y en la cual para poder pesar en los futuros acontecimiento nos planteamos construir una poderosa corriente en las organizaciones de masas de la clase trabajadora, poniendo todas nuestras fuerzas para que ésta se transforme en sujeto político y, ejerciendo su hegemonía sobre el conjunto de los explotados y oprimidos, pueda ser alternativa revolucionaria de poder ante las futuras crisis del poder burgués.

Notas:
20) Ver Christian Castillo, “Acumulación de experiencias y desafíos de la clase trabajadora argentina” en AA.VV., Los ‘90: Fin de ciclo. El retorno a la contradicción, Bs. As., Editorial Final Abierto, 2007.
21) Ídem.
22) N. Iñigo Carrera, y M. C. Cotarelo, (2005): “Algunos rasgos de la rebelión en la Argentina 1993-2001”, DT N° 49 en PIMSA. Documentos y comunicaciones 2004, Buenos Aires (Datos de PIMSA)/AA. VV. (2006): “Transformaciones de la protesta social en Argentina 1989-2003” [en línea]. Buenos Aires: Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (Datos de GESPAC) http://observablesyhechos.blogspot.com.
23) Continuando una tendencia que viene de los ‘90, en los últimos años se amplió la cantidad de convenios colectivos que establecen cláusulas de “contribuciones voluntarias” mediante las cuales se descuenta al trabajador un porcentaje de su salario que va a parar a la organización sindical independientemente de su afiliación a la misma, cuestión que favorece los acuerdos entre las patronales y burócratas para que se mantengan sin ningún tipo de representación sindical numerosos establecimientos.
24) En las listas de diputados de Provincia de Buenos Aires, sumó a la casi segura reelección de Héctor Recalde (va en el quinto lugar) la candidatura expectante de Omar Plaini (que va en el puesto número 13). En la Ciudad de Buenos Aires, van el incondicional de Moyano, Julio Piumato y también puede contarse como aliada cegetista a la viceministra de Trabajo Noemí Rial. En Córdoba, la lista a diputados kirchnerista está encabezada por la dirigente docente Carmen Nebreda, alineada con Moyano (aquí es uno de los pocos distritos del país donde el principal gremio docente, si bien está afiliado a la CTERA, no está en la CTA). El Frente para la Victoria santafesino, que lidera Agustín Rossi, lleva como candidato a senador nacional a Claudio Leoni, actual secretario general de la Federación de Sindicatos de Trabajadores Municipales de la Provincia de Santa Fe (Festram).
25) Con la ventaja para el dirigente de los camioneros que no ha asomado en estos años ningún líder con cierto carisma o prestigio de masas que le haga sombra. El grueso de la burocracia de la CGT se ubica a su derecha.
26) Un texto clásico en este sentido es el de Steven Levitsky, La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista (1983-1999), Bs. As., Siglo XXI Editores, 2005.
27) Manolo Romano y Ruth Werner, “Los sindicatos deben tomar un curso independiente”, editorial de La Verdad Obrera Nº 325.
28) En los legisladores porteños, quien encabeza la lista es un hombre de Yasky, “Tito” Nenna, el ex Secretario General de UTE, el principal gremio docente de la Ciudad.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.