martes, 8 de septiembre de 2009

Argentina: ¿Sólo era una joda?

Virginia Giussani (especial para ARGENPRESS.info)

¿Cómo nace un paradigma?
«Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo agarraban a palos. 
Pasado algún tiempo más, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le pegaron. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos fue sustituido. 
Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aún cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas. 
Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería: "No se, las cosas siempre se han hecho así, aquí...» 

Hace unos días, vimos azorados un video sobre como un hombre era esposado a una reja, lo desnudaban de la cintura para abajo, le ponían un casco o máscara en la cabeza (tal vez para que los golpes no dejaran marca) y lo denigraban jugando con sus genitales. El hombre se quejaba, resistía, en tanto los torturadores se ufanaban de sus proezas. Carlos Maidana comenzaba un nuevo trabajo, lo necesitaba, pero ignoraba que esto incluía un bautismo de iniciación de quien a partir de allí sería su jefe y compañeros de ruta. Esta tierna escena de bienvenida se produjo en el Grupo de Intervención Especial (GIE) del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB). No quiero imaginar el trato que recibirán los reclusos si entre ellos, sus cuidadores, se divierten de esta manera. Aún así, y con la angustia todavía quebrándole el alma, este hombre humillado se atrevió a hacer la denuncia y desnudar una práctica aberrante y permanente. Sin embargo, lo que llena de perplejidad y furia, ya habiendo tomado estado público el atropello, es la explicación que dan los verdugos para justificar semejante avasallamiento a la dignidad humana. El jefe, que coordinaba el divertimento, no sólo minimizaba la situación explicando que era una joda de rutina entre compañeros, sino que para alivianar lo sufrido por Carlos Maidana relataba que en el caso de su bautismo se la hicieron peor. Hasta con orgullo por haber sobrepasado esa prueba se jactaba de que a él le habían hecho cosas más cruentas. Lo alarmante de todo esto es que define una forma de ser y de hacer que no se detiene en la individualidad de un hombre, o dos o tres bestias, sino más bien en una alegre gimnasia colectiva. Tan asombrados se encontraban los verdugos al tener que dar explicaciones por este rito institucionalizado entre compañeros, como el mismo damnificado al recordar una y otra vez las humillaciones recibidas como una pesadilla siniestra.

Esta situación no es más que un ejemplo en donde se verifica la permanencia de la tortura como práctica, pero que no está desligada de una cultura de impunidad y opresión que se desparrama en los distintos estamentos de la sociedad. El maltrato y la humillación no es exclusividad de quienes detentan armas y uniformes, aunque en su caso los vicios engendrados por la dictadura todavía continúan intactos. El maltrato y la humillación también se reflejan en la clase dirigente que sigue postergando al más débil y acudiendo a la represión cuando no puede callarlo. Más aún en los últimos tiempos en donde el discurso retrógrado vuelve a tener protagonismo. Basta recordar, a modo de muestra, una de las tantas expresiones vertidas en estos días por un dirigente del PRO refiriéndose a los habitantes de villas miserias: “Hay que matarlos como a ratas”. Un discurso que hoy se maquilla con las sombras oscuras de la democracia pero que a toda costa intenta volver a recuperar sus privilegios, sostenidos por el silencio y la sumisión de un pueblo resignado. Reconstruir ese entramado social en donde uno simplemente responda: “No sé, las cosas siempre se han hecho así, aquí…”.

Sólo esperemos que cada vez sean más aquellos que rompan esta letanía de los monos alienados.

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