viernes, 25 de septiembre de 2009

Honduras: De ayer y de hoy

Nestor Nuñez (especial para ARGENPRESS.info)

Suceda lo que suceda en Honduras con el presidente Manuel Zelaya, ya sea lo mejor o lo peor, lo cierto es que su presencia en Tegucigalpa marca hitos que no pueden pasarse por alto en el enfrentamiento a los golpistas y sus apañadores internos y externos.

La clandestina llegada de Zelaya a la capital hondureña y su internamiento en la embajada de Brasil, sin dudas impulsa y hace más definitoria y decisiva la resistencia de su pueblo al golpe del pasado cierre de junio.

El capitán está en casa, al frente de las fuerzas que le apoyan, ejerciendo como legítimo mandatario, y esa condición resulta, sin dudas, un fuerte estímulo a los miles de ciudadanos que durante casi noventa días no han cesado de reclamar el fin del artero asalto al gobierno y la reposición de la persona por la que depositaron su voto en las urnas.

A la vez, el hecho de que Zelaya haya dejado de ser una figura itinerante, alejada de las fronteras nacionales, y que su gobierno radique ahora en suelo patrio, pone contra la pared a aquellos que no acaban de asumir las actitudes rectas, consecuentes y radicales que la comunidad mundial exige con respecto al régimen de facto encabezado por Roberto Micheletti.

El momento elegido para la vuelta de Zelaya no pudo ser más oportuno. La resonancia de la acción cívica del mandatario ha tenido un fortísimo eco en las sesiones de alto nivel que realiza por estos días la Asamblea General de la ONU, donde no pocas voces han alertado y alertan sobre los sucesos en la empobrecida nación sudamericana, con especial énfasis en la restitución del gobernante legítimo, y el aislamiento y condena de los usurpadores.

Por último, el retorno de Zelaya ha puesto en ridículo el pretendido control de los golpistas sobre la nación, y tal vez eso explique la multiplicación de la cruenta violencia con la que las fuerzas armadas y policiales arremeten contra los partidarios del jefe de Estado, que se han tomado las calles y desconocen a pecho descubierto el toque de queda y otras disposiciones impuestas por los fascistas.

En un ridículo total, Micheletti, con Zelaya ya instalado en Tegucigalpa, declaraba que el presidente depuesto “descansaba en alguna suite de un buen hotel en Nicaragua”, cuando en realidad las fronteras nacionales semejan un colador imposible de bloquear por quienes resultan solo expertos en masacrar a personas inocentes.

De manera que, es cierto, desde la llegada de Zelaya a Tegucigalpa puede hablarse de un ayer y de un hoy en la lucha nacional e internacional por doblegar a los tahúres aposentados en Honduras a viva fuerza, con la total complicidad de los oligarcas nacionales y los ultraderechistas externos.

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