jueves, 24 de septiembre de 2009

La obscenidad

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

La definición de obscenidad difiere según las culturas, entre las distintas comunidades dentro de la misma cultura, y también entre los individuos de esas mismas comunidades.

Para Mariano Bernal, obscenidad es un concepto inventado por el teatro. Cuidaron los trágicos que aunque a lo largo del drama se tuviese puntual noticia de las escenas más crudas, éstas nunca se representasen ante el público, sino ob scaenam, fuera de la escena, en la parte de atrás, de modo que los espectadores pudieran oír, pero no ver los crímenes. Saber de ellos, intuirlos, adivinarlos, pero jamás presenciarlos. Era una norma no sólo de buen gusto, sino de efecto escénico: no se podía arriesgar el dramaturgo a arruinar el atractivo por el protagonista presentándolo en su actitud más repugnante. Así que actuaba detrás de la escena, iluminada, y sólo se veían las sombras y se oía el alboroto que acompañaba el asesinato del antagonista (ésta era la escena más cruda). El dramaturgo se alejaba también de este modo del crimen, al paso que protegía de él al pueblo espectador. Todo muy en su sitio: podía ser contraproducente el regodeo en el crimen y en la sangre, aunque se derramase oportunamente, así que se trataba de mantener sobre éstos las sombras de la obscenidad y tener un tanto alejado al pueblo. Que cada uno tradujese las sombras y los gemidos de la víctima según su conciencia. Pero eso sí, conciencia de obscenidad.

En general, en nuestra cultura cercana y en mi consideración, la obscenidad es exhibición de lo tenido en la consideración pública por repugnante, por escabroso o por impudicia, como si lo exhibido no fuese o hubiese dejado de ser inmoral y repulsivo, traer a escena justo lo que debe estar fuera de ella no sólo por cuestión de buen gusto, sino por el efecto que producen en el público las cosas, las imágenes y los comportamientos repugnantes. 

Donde menos se produce hoy día la obscenidad es en el gráfico. Habiendo otros soportes al alcance de cualquiera, la obscenidad gráfica resulta poco menos que infantil.

El principal escenario de la obscenidad está en algunos programas de televisión, y luego en el alarde de ciertos políticos que, lejos de ruborizarse, se jactan de su latrocinio de lo público y se ven amparados moralmente por sus líderes que acaban asimismo obscenos. 

Pero obscenidad también puede ser poner nobleza donde hay indecencia. Justificar, por ejemplo, la invasión y la ocupación armada de países con tretas burdas, es infamia, y colosal obscenidad... Y también hablar de arte, donde muchos vemos morbosidad; hablar de transfuguismo, donde muchos vemos traición; hablar de política, donde muchos vemos manipulación de las masas; hablar de religión redentora, donde muchos vemos tráfico mercantil del Evangelio; hablar del derecho a la riqueza, donde muchos vemos robo legalizado; llamarse socialista, los prostitutos del socialismo; decirse conservador, las gentes sin escrúpulos. Y al contrario, obscenidad también es hacer escabroso lo que es “socialmente” natural. Proscribir la prostitución sexual, por ejemplo, cuando muchos vemos en ella otro medio de vida, no más pero tampoco menos digno que otro cualquiera...

La obscenidad, amparada en la libertad superprotegida de unos sectores de la sociedad junto a la coerción que sufren otros sectores ejercida por aquellos que la explotan, es el caldo de cultivo de la moral al uso en este país de los últimos treinta años. 

Raros son de entre los protagonistas públicos que no exhiben impudicias, miserias de la condición humana potenciadas por el capitalismo hasta extremos insoportables. Pocos de entre ellos sienten vergüenza. Quizá y sencillamente porque la vergüenza no existe ya o porque, pese a no existir, se advierten aún ciertas huellas y por eso quieren ocultar, inútilmente, con más trapisondas, con argucias ideológicas y mentales, los rastros que puedan quedar de ella. Pero eso es como taparse de cintura para arriba, para exhibir lúbricamente los genitales excitados. Lo peor de esta práctica, de esta afición creciente, es que la diversión está contaminando a las nuevas generaciones. Y lo hará hasta inficionar a la sociedad entera. 

Por último, desde la obscenidad hasta la corrupción, no hay más que un paso: el que media entre la moderación y la desmesura, entre la placidez y el placer, entre la delectación y la orgía, entre la brasa y el fuego, entre la claridad y la sombra, entre entre la luz y la tiniebla. No me gusta la exageración ni la sobreactuación en el teatro, y menos en el escenario social. 

Cada día veo más a la sociedad española como una masa informe de gentes aprisionadas por la basura de los medios y estragadas por la libertad con la que nadie sabe bien qué hacer ni cómo manejarla. Pues todos los intentos de algunos ilusos y farsantes por ajustarla sin que tengan que ser necesariamente la ley penal, forman parte de la gran astracanada nacional.

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