martes, 29 de septiembre de 2009

Las ilusiones de la Cumbre de Pittsburgh

Joaquín Rivery Tur (AIN, especial para ARGENPRESS.info)

Bombos y platillos. Fuegos artificiales en honor a los acuerdos tomados por los máximos dirigentes de 20 países en la ciudad norteamericana de Pittsburgh. En muy poco tiempo encontraron la piedra filosofal para que el planeta, a punto de reventar ambientalmente, arregle algunas cosas del sistema capitalista.

Lo malo es que el sistema mismo sigue existiendo y continuará generando todo lo peor que le puede suceder a la humanidad en la economía, la naturaleza, la democracia real y la libertad humana.

Las medidas aprobadas en Pittsburgh tienen un centro. Desde ahora el mundo no estará regido (formalmente) por el Grupo de los Ocho (Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia más Rusia), sino que la pequeña cofradía crece en 12 miembros más y ahora, según ellos, el control del planeta pasa al Grupo de los 20.

La palanca fundamental que esgrimieron fue apretar los controles a las instituciones financieras (bancos y empresas de todo tipo que no producen nada y ganan miles de millones de dólares con especulaciones).

En el rápido encuentro en Estados Unidos pareció que todo el orbe quedó satisfecho con que a los países emergentes (los 12 nuevos) les dieran un cinco por ciento más de votos en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y tres en el Banco Mundial y los miembros recién incorporados se sintieran protagonistas de los destinos planetarios. EE.UU. sigue con poder de veto.

Ahora hay que ver cómo funcionan las cosas, si funcionan. Los financistas no son amigos de los controles estatales, ellos promovieron arduamente la libertad de mercado para tener las manos libres con las que llenarse los bolsillos y desbordarlos de dólares.

Quienes se ilusionan con que van a detener las crisis del capitalismo deben recordar que ellas son simplemente inherentes al sistema, no se pueden evitar, son cíclicas. No olvidar que los acuerdos fueron tomados dentro de la globalización capitalista, cuyo carácter neoliberal resulta incompatible con los controles gubernamentales.

De tanto hablar los gobernantes de recuperación, da la impresión de que la economía se recobra por sus propios mecanismos, pero si se ha logrado cierto freno en la debacle solamente se debe al enorme salvataje financiero de billones y billones de dólares que los distintos gobiernos lanzaron como salvavidas a las grandes empresas financieras e industriales para rescatarlas, complementado el rescate con paquetes de estímulos fiscales para mantener un mínimo nivel de demanda.

Eso no indica que la crisis se acabó. No se puede olvidar que en EE.UU. —fuente de la crisis—, los desembolsos que complacen a los altos directivos bancarios han hecho trepar el déficit fiscal a 1,5 billones de dólares, lo que representa algo más del 10 por ciento del PIB y anuncia una crisis de deuda que se incrementa con los gastos bélicos.

Cuando la gran crisis del sudeste asiático de 1997, a pesar de las grandes reclamaciones de cambios en la arquitectura financiera mundial debido a que nadie confiaba en el Fondo Monetario Internacional ni el Banco Mundial, a los cuales se culpaba de aquel ciclón especulativo, los miembros del G7 (países más desarrollados del mundo, pues Rusia no había sido invitada todavía), no permitieron la remodelación demandada.

Y es precisamente el FMI a quien encargaron de fiscalizar los controles para que las finanzas no se desboquen de nuevo. Menudo guardián.

Ese mismo FMI pronostica que las consecuencias nefastas de la tormenta económica se prolongarán por lo menos siete años y que en el 2010 aumentará el desempleo (en Estados Unidos se supone que llegará al 10 por ciento por lo menos).

Y eso no es todo.

En el saco quedaron sin resolver el problema del cambio climático y la agresión a la naturaleza y el peliagudo tema de la Ronda de Doha, donde los ricos quieren implantar la libertad absoluta a sus mercancías y los pobres demandan que se resuelva el problema del desarrollo tercermundista.

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