martes, 8 de septiembre de 2009

Las siete doncellas y el presente

Carlos del Frade (APE) 

Hay una historia que se cuenta de dos maneras distintas en Corrientes.

Cuando el visitante arriba a las maravillosas costas de la ciudad descubre uno de los parques más bellos de la geografía Argentina. Allí está el monumento a Bartolomé Mitre, el que figura en el billete de dos pesos, el inventor de la historia oficial argentina, el hombre que dejó un diario de guardaespaldas de sus intereses, “La Nación”, el creador de la Academia Nacional de Historia y el presidente que llevó al país a la guerra de la triple infamia contra el pueblo soberano del Paraguay.

Dicen los que escribieron la historia oficial de Corrientes que gracias al general Mitre el pueblo recuperó siete doncellas que habían sido raptadas por los feroces guaraníes.

Una leyenda que después multiplicó canciones, obras de teatro y hasta cierta literatura infantil. Después de la guerra contra el Paraguay que se pareció demasiado a un genocidio, el pueblo correntino no tuvo oportunidad de celebrar aquella reaparición de las entonces siete doncellas.

Los amigos del gobierno porteño fueron los grandes propietarios de tierras y ellos decidieron que la riqueza no debía ser repartida sino concentrada.

Sucedió en los alrededores de la ciudad capital y también en el interior profundo donde los esteros del Iberá y las plantaciones de yerba mate y tabaco fueron convirtiéndose en feudos casi intocables.

La otra historia, la que se cuenta en voz baja es que las famosas siete doncellas se enamoraron de los paraguayos y no tenían ganas de volver a la provincia bordeada por las aguas marrones de distintos ríos.

Aquellas muchachas, en realidad, sintetizaban el verdadero sentir de miles y miles de correntinos que se sentían más cerca de los paraguayos que de Mitre.

Sin embargo, la historia oficial habló de rescate y loas al espíritu porteño que santificó la riqueza de pocos después de aquel negocio bélico.

Cuando comienza a apagarse la primera década del tercer milenio, otra vez la provincia de Corrientes es escenario de una historia oficial y otra historia condenada, silenciada y tapada.

Los protagonistas son chicas y chicos que difícilmente lleguen a doncellas y jóvenes de cuentos históricos. En la provincia hay más de 300 mil pibas y pibes que almuerzan en comedores escolares. A su vez, en la capital correntina, la Asociación de Comedores Comunitarios calcula que unas 5.200 personas asisten a alguno de los 86 sitios ubicados en los barrios más pobres para solicitar el plato de comida diario.

Cifra que está incluida en un porcentaje que no deja lugar a cada una de las historias existenciales de semejantes números. El 46,9 por ciento del pueblo correntino está sumergido en la pobreza, dicen las cifras.

Según dice Lucio Zalazar, responsable de la Asociación de Comedores Comunitarios de Corrientes, a cada “comedor asisten entre 120 y 160 personas por día, y si bien se le brinda la ración a todos, lo concreto es que ésta no es la ideal... la necesidad de comida es mucha. Falta equipamiento e infraestructura, y algunos comedores no tienen techo. Es cierto que la provisión se mejoró pero también hay más chicos... La temporada electoral se va y la gente tiene que seguir comiendo... Que no se enoje nadie, pero lo cierto es que acá hay hambre y desnutrición”, comentó el hombre que todos los días le pone el cuerpo a las necesidades de los excluidos de la fiesta de pocos.

En pleno siglo veintiuno el presente correntino vuelve a estar dividido por dos maneras de contar los días que se viven. La que habla de una celebración perpetua y la otra, la de miles de pibas y pibes que desesperan por alumbrar un futuro distinto.

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