viernes, 25 de septiembre de 2009

Los argumentos de un taurófilo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

En la terraza de una urbanización de la periferia de Madrid, una de estas mañanas domingueras de finales de verano charlé amigablemente con un veterano, pero en activo, presentador de Informativos de una de las seis cadenas televisivas de ámbito nacional. Ni qué decir tiene que es de izquierdas y, además, como la mujer de César, lo parece...

Después de unos comentarios generalistas sobre el panorama deprimente político, llegó el turno al tema “amor por los animales” a que obligaba la circunstancia de estar presente en la mesa también su compañera que ojeaba atenta una revista de mascotas. Ésta llegó a decir que su pasión por ellos es tal que hubiera cambiado actualmente su carrera por la de Veterinaria. Yo, ingenuo casi siempre, respondí que en ese caso suponía que fueran furibundos enemigos de la fiesta nacional o sencillamente antitaurinos. Para mi asombro él respondió como un resorte con ese ¡quiá! de quien tiene preparado en la recámara el discurso de su causa decadente. Y a continuación, con ese verbo susurrante y cálido imprescindible en todo comunicador, se aprestó a soltar su batería de argumentos: que al contrario, que son -su compañera y él- grandes aficionados a la tauromaquia; que se puede ser amante de los animales y aficionado a los Toros; que la tauromaquia es un arte; que los ganaderos son los que más miman a los toros, y emplean a mucha gente... En fin, todo en línea con ese rosario de alegaciones de los empeñados en justificar costumbres ya de dudosa reputación entre las gentes de sensibilidad evolucionada. 

Yo les repliqué que estoy dispuesto a admitir que los ganaderos quieran a sus ganaderías entre otros motivos porque al fin y al cabo son la razón de su riqueza. Y que en cuanto a que en la matanza del toro puedan ver algunos arte, nada que objetar, a no ser porque parte de esa sociedad que disfruta con la estocada se hizo hace mucho una especie de ablación de uno de los dos hemisferios del cerebro, como masivamente los estadounidenses se extirparon de éste el ideario comunista. En cuanto a que la tauromaquia genera empleo, ¿es lícito destapar un tarro de virus para dar trabajo a las profesiones sanitarias? ¿es deplorable la abolición de la esclavitud porque se destruyeron incontables puestos de trabajo relacionados con la esclavitud? En cualquier caso lo que a estas alturas resulta en mi consideración propio sólo de colectividades primitivas, es justo hacer una "fiesta" de la muerte ritual de un ser vivo, congregarse al efecto miles de personas en un mismo lugar para presenciar y regocijarse con su muerte después de haber sido largamente torturado. 

Me concedió “cierta” razón pero, como todo creyente y todo aquel cuyo pensamiento se asienta en pilares roqueños, respondió que ambos, llegada la suerte de matar, apartaban la vista del trance. Precisamente -le respondí- el “estoquear” a mí me parece que es lo menos obsceno de la fiesta. Porque apartar la vista cuando el toro recibe la estocada –le dije- es como si fueras a la cabina de un sex shop y, para sobornar a ese censor moral colectivo que se llama conciencia, después de mirar durante una hora los escarceos sexuales de una pareja retirases luego la vista del visor justo en el momento de la penetración... 

Seguimos charlando sobre otras cosas, hasta que nos despedimos afablemente como corresponde a personas supercivilizadas e ilustradas. Él como un señor, por ser nada más y nada menos que un presentador de informativos de renombre de un canal de televisión de todo alcance, y yo, como un tonto del culo.

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