miércoles, 16 de septiembre de 2009

Los militares y la revolución hoy

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Excepto Lenin que en una coyuntura excepcional, asociada a la Primera Guerra Mundial logró que una parte de los soldados rusos y algunos destacamentos de marinos se sumaran a los bolcheviques, ningún otro líder revolucionario tuvo éxito al tratar de integrar el estamento militar a las fases iniciales de la Revolución.

En una irrepetible experiencia, Fidel Castro, resolvió el asunto del mismo modo como Alejandro Magno desató un nudo gordiano: de un tajo disolvió las fuerzas armadas, los cuerpos policíacos y los órganos represivos de Cuba y, tomando como matriz a su ejército revolucionario y a las milicias populares, construyó unas fuerzas armadas enteramente nuevas. 

Se trató de una ruptura con la tradición latinoamericana y del único líder que funda un ejército, gana una guerra y no genera una corriente militarista; bajo su jefatura, en una extraña mutación, los comandantes rebeldes se transformaron en cuadros revolucionarios que mandan tropas y no en militares que hacen política. 

Aunque de ninguna manera se trata de una receta, aquel comportamiento que incluyó la demolición física de la entrada del campamento militar sublevado por Batista cuando protagonizó el Golpe de Estado, arrasó con el edificio que albergó el Buró Represivo de Actividades Comunistas (BRAC) y convirtió a los cuarteles en escuelas, indica una compresión madura de la incompatibilidad de la Revolución con las castas militares tradicionales, unidas por un cordón umbilical al poder de la oligarquía dependiente del capital extranjero. 

Antes que la izquierda de matriz popular, lidiar con las élites militares fue una experiencia por la que transitó la burguesía, que para establecer la democracia liberal, tuvo que moderar a los círculos castrenses, contener su actitud refractaria a la democracia y su tentación a la violencia. La caída de Napoleón, la victoria sobre Hitler y el militarismo japonés fueron etapas imprescindibles para la estabilización de las democracias. 

Si bien es cierto que Europa fue la cuna del militarismo occidental, también lo es que allí donde se forjó el liberalismo y creció la democracia liberal, mediante una combinación de procesos políticos y culturales con las experiencias de dos guerras mundiales y del régimen fascista, el militarismo fue neutralizado, liberando al sistema político de un flagelo que tiene sus reductos en América Latina, donde el desarrollo institucional fue cooptado por el advenimiento del imperialismo que prohijó a las oligarquías de matriz autoritaria, coincidente con el enfoque castrense. 

Descontando a Francisco Franco, Charles de Gaulle, a los generales portugueses Antonio de Spínola y Francisco da Costa Gomes, al coronel griego Georgios Papadopoulos, el polaco Wojciech Jaruzelski y al general Dwight Eisenhower, ningún otro militar de carrera gobernó en Europa, los Estados Unidos y Japón en los 64 años posteriores a la II Guerra Mundial. Aunque resulta difícil contarlos, en ese mismo período en América Latina son alrededor de cien. 

Sin embargo, tal vez por razones culturales, por un desarrollo tardío, por el maridaje con la oligarquía, el militarismo no ha penetrado en las estructuras sociales, no se ha constituido en una esfera de la conciencia social ni echado raíces en la cultura popular. En América Latina, principalmente en Sudamérica y en países como Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil donde los militares profesionales son una casta, las cúpulas castrenses son temidas o respetadas, aunque nunca admiradas por el conjunto de la sociedad. 

La sorda confrontación entre las élites militares latinoamericanas y los procesos de cambio impulsados desde la izquierda y ante los cuales los militares simulan una actitud tolerante tratando de lavar la imagen enlodada por el pinochetismo, es uno de los grandes desafíos de la izquierda en el poder a la que probablemente no le queda otra alternativa que apostar al tiempo, pero para lo cual se necesita una estrategia coherente. 

Tal vez, por haber tenido el tiempo a su favor, las relaciones de la Revolución Bolivariana con el estamento militar venezolano, conducidas por Hugo Chávez, que tiene a su favor no sólo la procedencia de esas filas, sino una cultura y un conocimiento cabal de los procesos que, desde la época de la independencia condujeron a la conversión de los militares en cancerberos y amanuenses de la oligarquía, avanzan por buen camino. 

Para la izquierda gobernante no basta conque los militares estén tranquilos en sus cuarteles y polígonos sino que es preciso sumarlos y hacer que el compromiso con el proceso político y con la democracia genuina que se construye forme parte de sus nociones del deber militar. Debido a que nadie puede pretender que los olmos produzcan peras, es preciso sembrar perales. El camino es largo y difícil, mas recorrerlo resulta inevitable.

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