jueves, 17 de septiembre de 2009

México: Sirven las campesinas como “amortiguadores de la crisis”

Guadalupe Cruz Jaimes (CIMAC)

Por su posición “desventajosa”, la crisis económica está “pegando” más a las mujeres rurales debido a la falta de una política dirigida al campo y a la ausencia de alternativas económicas para este sector, aseveró Hilda Salazar, economista integrante de la Red Género y Medio Ambiente.

Según la especialista, la política social no contempla las necesidades de las productoras pobres del país, pues excluye a las mujeres campesinas, quienes desde la producción de bienes y servicios que no entran al mercado “juegan” como amortiguadores de la crisis.
 
En su rol de productoras, la crisis afecta a las campesinas de distintas formas: el alza del precio de frijol y del maíz no las beneficia porque se trata de productos que son principalmente de autoconsumo. En cambio, el alza de costos de los fertilizantes, que de 2006 a la fecha es seis veces más caro, las perjudica porque les representa un mayor gasto para el cultivo de productos que pueden vender.
 
Frente a la recesión económica, como en otros momentos de crisis, las campesinas vuelven al “traspatio”, a sembrar lo que no pueden comprar para poder alimentarse, comentó Salazar; ésta ha sido siempre una alternativa de las mujeres para enriquecer la dieta de la familia.
 
Hoy en día, ante la amenaza del hambre en las zonas rurales, la economía que se vive en el traspatio debe apoyarse con recursos y políticas públicas, con el propósito de responder a las necesidades sociales de las familias campesinas y no a “puras expectativas de ganancia”. 
 
De acuerdo con el documento “Mujeres Rurales y Crisis Agroalimentaria”, elaborado a partir del Seminario de mujer rural y soberanía alimentaria de la campaña Sin Maíz no hay País, en 2008 las campesinas e indígenas fueron quienes procuraron la alimentación, salud y bienestar de la familia, sin pago y sin pensar siquiera en obtener una ganancia económica.
 
Esta situación ha colocado a las mujeres en un lugar “desventajoso”, pues la mayoría no sabe leer ni escribir, son monolingües y presentan mayores niveles de desnutrición. Además, son “subordinadas o excluidas” en el acceso a la tenencia de la tierra, la toma de decisiones en su comunidad y familia, así como a programas oficiales de crédito y fomento productivo, refiere el documento de la campaña Sin Maíz no hay País.
 
El deterioro de vida de las mujeres campesinas se agudiza en momentos de crisis económica y agroalimentaria, ya que el trabajo doméstico aumenta, sumándosele también a sus actividades las que realizaban los varones migrantes.
 
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) dados a conocer ayer, la población rural registró una mayor migración internacional que la urbana. Entre 2006 y 2008 la tasa de emigración internacional fue de 13 por cada 100 habitantes en localidades rurales.
 
El Inegi señala que las comunidades urbanas aportan la proporción más alta del monto total de emigrantes del país; sin embargo, el fenómeno tiene mayor intensidad en el contexto rural.
 
Dada la cuestión migratoria, el campo tiende a feminizarse, existen pueblos en el país habitados sólo por mujeres, niños y ancianos, pues los varones en edad productiva se han ido o se están yendo, por lo que las políticas sociales y agrícolas deben considerar a las mujeres del campo no nada más como responsables de la familia, sino como productoras activas.
 
Para cumplir con lo anterior se necesita rediseñar las repuestas ante la crisis económica y agroalimentaria, lo que implica reconocer la potencialidad y los aportes de las mujeres rurales, sin aprovechar su preocupación por los otros para que carguen la crisis a costa de su propio bienestar, concluyó la economista.

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