lunes, 21 de septiembre de 2009

Paradojas del socialismo real (Parte I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Entre las paradojas del socialismo real figura el retraso a que el rechazo nihilista del pensamiento liberal y la descalificación de la sociología occidental, unidos al dogmatismo condujeron a las ciencias sociales en la Unión Soviética y en los países del socialismo real.

La extravagancia alcanzó perfiles insólitos debido a que la versión del socialismo acuñada como científica, constituye un pensamiento maximalista. La idea de recrear la realidad, reorientar el curso del devenir y, con arreglo a un plan, construir una sociedad y un hombre nuevos hubiera requerido un aporte científico que el socialismo soviético nunca honró.

Sin aludir ahora a la desmesura del proyecto, ni al hecho de que al formularlo de esa manera se desmiente a Marx que creyó en la existencia de leyes objetivas que rigen la evolución histórica y de realidades económicas que condicionan la voluntad humana, lo cierto es que para proponerse tan inmensa tarea se requiere de un desarrollo científico y de una movilización del talento con la cual el socialismo real no fue consecuente. 

El hecho es todavía menos asimilable porque Lenin, el fundador del partido, conductor de la revolución y artífice del Estado soviético es de todos los marxistas el que alcanzó una formación sociológica más sólida y el que más importancia concedió al desarrollo de la teoría revolucionaria y de las ciencias sociales a lo cual realizó un enorme aporte. 

Otro elemento que convierte en inaudito aquel fenómeno es que tanto en la Unión Soviética como en los países socialistas de Europa Oriental, existió comprensión acerca de la necesidad de concientizar a las masas para llevar adelante las tareas de la construcción del socialismo, esfuerzo para el cual jamás se escatimaron recursos, a cuyo servicio se puso el sistema escolar, los medios de difusión masiva, toda la capacidad editorial y al cual que se consagraban renombrados académicos, brillantes intelectuales, colectivos de investigadores, institutos y academias de ciencias sociales, grandes empresas editoriales y un vasto sistema de escuelas.

Sin embargo, debido al dogmatismo y al autoritarismo con que fue conducido a lo largo de setenta años en la Unión Soviética y más de cuarenta en los otros países, aquel vasto esfuerzo se limitó a la rumia de preceptos derivados de una errónea lectura de la obra de Marx y de Lenin y contenidos extraídos de discutidas interpretaciones históricas que formaron una alquimia mediante la cual, un magno proyecto trató de ser fundamentado y sostenido por una empobrecida doctrina. La irracional mezcla generó enormes confusiones y un colosal, masivo y multimillonario despilfarro de tiempo, energías, talento y recursos. 

La pretensión de que la lectura soviética del marxismo contenía la ideología de la clase obrera y la conversión de esta ideología en oficial y única, base de toda la superestructura política y jurídica y sostén de toda la espiritualidad de la nación y sus clases populares, conllevó a manipulaciones que condujeron a grandes deformaciones. Determinista hasta la necedad, aquel credo resultó voluntarista hasta el delirio. 

Las interpretaciones teóricas soviéticas fueron exportadas al movimiento comunista internacional y convertidas en teorías, programas políticos y políticas culturales que, en lugar de un conocimiento positivo, difundían una fe que excluía todo debate, hecho que provocó un trágico retraso teórico y científico. 

De ese modo se originó una terrible contradicción: el pensamiento social más avanzado se refugió en el occidente capitalista. Mientras en las universidades de Europa Occidental y los Estados Unidos, todo se sometía a examen y toda tesis podía ser cuestionada y el lenguaje político se renovaba constantemente, los comunistas, con el poder y todos los recursos a su alcance, vivían de mitos e insistían en una anticuada retórica. 

De audaces pensadores, forjados en el método de Marx y en la práctica de Lenin, fogueados en la polémica, inexplicablemente, los marxistas se convirtieron en una especie de custodios del dogma y guardianes de la fe y todo el que los desmintiera era inmediatamente tildado de reformista, incluso considerados enemigos.

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