lunes, 21 de septiembre de 2009

Paradojas del socialismo real (Parte II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La formación del Campo Socialista no fue resultado del desarrollo del movimiento revolucionario europeo, sino la zaga de la II Guerra Mundial, una coyuntura histórica que conoció la más grande de las guerras y la más insólita de las alianzas políticas: Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, conducidas por Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y José Stalin.

Desmentido por unos y exagerado por otros, se conoce que en las conferencias de Teherán, 1943, Yalta, 1945 y Potsdam, 1945, los “Tres Grandes diseñaron el mundo de posguerra. El diseño incluyó un sistema de seguridad colectiva, capaz de garantizar la paz entre las grandes potencias. Así nació la ONU. 

Para Estados Unidos la tarea de posguerra fue relativamente sencilla pues se limitó a restablecer en Europa Occidental el status quo anterior a la ocupación nazi, mientras para la Unión Soviética implicaba instalar en los países liberados por ella a gobiernos de izquierda que evolucionaran hacía el socialismo, se constituyeran en aliados seguros y oficiaran como una especie de escudo para su seguridad nacional. 

De la irrepetible convergencia de intereses geopolíticos, confusiones teóricas, incluso de intenciones inspiradas en elevados ideales revolucionarios, surgió el Campo Socialista europeo formado por media docena de estados que sumados a la Unión Soviética, entonces una súper potencia, dieron lugar al mundo bipolar. Occidente respondió con la Guerra Fría. No se trataba ahora de una rivalidad coyuntural sino de un antagonismo global que asumía la forma de competencia entre el socialismo y el capitalismo.

Nunca se sabrá si en las decisiones adoptadas por Stalin pesaron más las consideraciones relacionadas con la seguridad soviética o en realidad creía que era el momento de abandonar el precepto del “socialismo en un solo país” y retomar la idea original de promover su instalación a escala europea. 

En cualquier caso, la Unión Soviética no pudo hacer otra cosa que trasplantar su modelo, sus instituciones, sus métodos y su estilo de gobernar sin atenerse a las peculiaridades de un entorno formado por países con más diferencias que similitudes, de sociedades con niveles de desarrollo y tradiciones históricas y culturales, notoriamente diferentes, preñadas de complejidades y de conflictos étnicos, territoriales, religiosos y socioeconómicos, fenómeno que en cada lugar demandaba soluciones propias, creativas y endógenas en general no homologables. 

Aquel heterogéneo conjunto, unido como las papas dentro de un saco de papas, ni siquiera tenía en común el destino al que los había arrojado la guerra y que incluía desde Alemania, bastión del fascismo y los estados que se le plegaron, como Rumania, Bulgaria y Hungría, hasta la martirizada Polonia, la infeliz Checoslovaquia y países fundados sobre naciones divididas como Alemania y Corea. Los casos de Mongolia, Yugoslavia y Albania no podían ser más específicos. 

La receta aplicada fue, en lo fundamental, la misma en todos los países: unificación compulsiva de los partidos comunistas y socialdemócratas, creación de frentes o alianzas que se suponía articularían la participación de fuerzas patrióticas no socialistas, que devinieron ficción política o desaparecieron; formación de parlamentos tras reformas constitucionales que asimilaban el nuevo sistema político y proclamación de repúblicas o “democracias populares”.

No vale la pena mencionar excepciones a un proceso caracterizado por la dependencia política a la Unión Soviética, modelos económicos y organizaciones estatales y políticas idénticas, enfoques teóricos homogéneos, iguales normas jurídicas y políticas culturales calcadas, así como prácticas ideológicas análogas. Todo copiado del modelo soviético.

Naturalmente que los conductores de aquellos procesos, incluyendo al propio Stalin, fueron conscientes de los déficit y de los defectos de génesis de aquel modelo; razón por la cual desplegaron una gigantesca labor de concientización que intentó cubrir con la versión soviética del marxismo y de la cultura todas las demandas de la vida espiritual de la sociedad, intentando que aquel producto ideológico actuara como elemento cohesionador de las estructuras sociales. 

En etapas consideradas de madurez al esfuerzo de integración socialista se sumaron estructuras supranacionales, la más importante el Tratado de Varsovia y el Consejo de Ayuda Mutua Económica. 

No obstante su difícil comienzo y su trágico final, la existencia el campo socialista y la contribución soviética permitieron la reconstrucción económica, el restablecimiento de las instituciones y la normalidad, prestando un enorme servicio a la seguridad europea y mundial. En aquellas tierras el socialismo avanzó un trecho y allí escribió un legado.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.