martes, 8 de septiembre de 2009

Presidentes marionetas

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Por más que se les rodee de solemnidad, los presidentes y primeros ministros de las naciones capitalistas son títeres del capital. Simples gestores administrativos de los poderes de hecho...

No les asignemos más protagonismo. En las democracias capitalistas hay dos clases de presidentes: el presidencialista y el parlamentario. El primero es jefe de Estado y jefe del ejecutivo. El segundo es un primus inter pares del ejecutivo. El más representativo de la primera es el estadounidense; el representativo sin más del segundo, que nos concierne, el español.

Pues bien, tanto uno como otro, Obama por un lado y Bush por el otro; Zapatero en un extremo y Aznar en el otro, cumplen un cometido político, sociopolítico y antropológico: ambos, sea cual sea la modalidad, es ajustarse al establishment al que sirven. Ambos adoptan decisiones a condición de que no perjudiquen los intereses del establisment. El establishment son la Iglesia, la Banca, la patronal, los funcionarios, que constituyen un Estado dentro del Estado, las fábricas de armas, las de automóviles, los Laboratorios... y al final el capital. 

La única diferencia entre un presidente de derechas o ultraderecha (Bush y Aznar), y otro de la izquierda convencional o subizquierda -en la medida miserable que representan a la izquierda- (Zapatero y Obama) es que estos intentan, de forma tímida y vacilante, corregir un poco el establishment. Pero tarde o temprano tienen que ceder, dimitir o renunciar. En este estrechísimo margen de maniobra se desplazan los avances sociales de las democracias. Democracias en las que en lo fundamental y no en la insignificancia, todo sigue siempre igual, si no peor, salvo, por ejemplo, que pueden ahora contraer matrimonio los homosexuales y no serán perseguidos ni condenados a trabajos forzados.

Ejemplos de presidentes de izquierdas con reservas, ya digo, son el Obama que rompió una lanza por un negro rico maltratado por la policía teniendo que rectificar enseguida la dirección de la lanza, y el Zapatero (aunque no estamos precisamente en una república presidencialista es como si lo fuera) que vacila entre mandar 200 soldados a Afganistán o no enviarlos, o que dice, poniendo sus palabras en boca de Chacón, que, sin fundamento, "los que atacaron a las tropas españolas era delincuentes comunes". 

En resumidas cuentas, el presidente de derechas o ultraderecha es un gestor perfecto de y para los poderes fácticos. El presidente de la izquierda contingente convencional, no real, es un iluso al que la derecha política y social consiente por breves periodos en comparación con los que ella reina y gobierna para hacer creíble que la democracia no es una colosal mentira, un montaje y un tinglado organizado por el dinero y por quienes lo acaparan. 

Pero los dos presidentes son meros jornaleros de lujo del pueblo engañado. El de la derecha, aquí, y el republicano allá, sólo atienden a los bolsillos de una parte de la sociedad o a lo sumo de la mitad de ella, y el de la izquierda, aquí, y el demócrata allá, quieren contentar a toda la sociedad pero sólo satisfacen a los bien situados o a lo sumo a la otra mitad. Los únicos gestores que harían saltar la banca ideológica de los respectivos países jamás podrán gobernar. Y no accederán jamás al poder, por ser (a los ojos de todos, de los políticos mayoritarios y de los medios) populistas, comunistas y rojos. Para contenerlos Estados Unidos inventó la caza de brujas, y para pararles los pies España inventó la caza de comunistas y rojos.

No se diga ya Estados Unidos, que es una caso perdido, pero España nunca dejará de ser fascista; de un fascismo más o menos virulento, aunque esté atiborrada de ateos y de laicos, de mileuristas y de esclavos. Estemos tranquilos por eso... La Iglesia se ha debilitado, pero el fascismo, la prepotencia y el pasar por encima del otro no ceden jamás. Por ello, aun los políticos y presidentes mejor intencionados son cómplices del capital.

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