viernes, 11 de septiembre de 2009

Prostitución en Brasil: ¿la profesión del placer?

Lillian Bento (ARTEMISA)

A partir de la historia de una mujer que ejerce la prostitución desde hace 17 años -que relata cómo prefiere convivir con las Enfermedades Sexualmente Transmisibles (DST’s) a buscar ayuda médica y enfrentar los prejuicios que esto acarrea-, emerge la discusión sobre pros y contras de la profesionalización de la actividad en Brasil. El marco es Goiânia, ciudad ubicada en el Centro Oeste brasileño, antigua zona de prostitución, internacionalmente conocida como uno de los principales puntos en la ruta de la trata de mujeres para ser explotadas sexualmente.

Esta nota forma parte del libro '¡Sin nosotras se les acaba la fiesta! América Latina en perspectiva de género', que es producto de un trabajo conjunto entre el Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, la Fundación Friedrich Ebert Stiftung y la Asociación Civil Artemisa Comunicación.

Goiânia, ciudad del Centro Oeste brasileño y capital de Goiás, se convirtió, hace algunos años, en blanco para el tráfico internacional de seres humanos. Entre la prostitución de lujo, que funciona en casas ostentosas y administradas por proxenetas hombres y mujeres, y la prostitución de calle no agenciada, centenares de mujeres están involucradas en la actividad.

Sólo en la Región del Dergo, la mayor y más antigua zona de prostitución de la capital Goiana, existen cerca de diez puntos de encuentros, cada uno con cerca de 30 muchachas. Todas actúan en las calles y se protegen allí. En el mayor de esos puntos, el Paredón, Luzia (nombre ficticio), que hoy tiene 32 años, pasa las noches y las madrugadas a espera de clientes. Ejerce la prostitución desde hace 17 años y convive con las llamadas Enfermedades Sexualmente Transmisibles (DST). A los 15 años, Luzia tuvo la primera DST. En 1992, ella vivía los primeros días como profesional del sexo en Santa Helena, ciudad del interior de Goiás, y algunas veces mantuvo relaciones sexuales sin uso de condones. En un principio, la prostitución iba a ser apenas una ocupación temporaria, cuya inspiración heredara de su madre, propietaria de un 'putero' en la ciudad de Campos Verdes, en el interior del Estado brasileño de Mato Grosso. Ella recuerda cómo entró en el meretricio y dice que si pudiera tomaría otro camino. 'Vivíamos en Belém (en Pará, estado del norte brasileño), pero yo comencé a estar de novia con un muchacho mayor cuando tenía 14 años. Mi madre se puso muy nerviosa y yo huí de casa. Fui para Goiás donde yo ya tenía conocidos en la prostitución', se acuerda. Para ella, la inmadurez contribuyó a que tomara ese camino; a pesar del lamento, ella garantiza que no se siente mal por ser trabajadora sexual (así se considera). Sólo prefiere no contárselo a nadie para evitar que las personas la miren de manera extraña, y la hagan blanco de sus prejuicios.

'Me acuerdo que en la primera vez, recé y hablé: ‘ay, Jesus, ¿será que voy a conseguir hacer eso?’', se acuerda al hablar del primer cliente. 'Su nombre era Sandro. Era un hombre bajo, moreno. Tenía 31 años y yo 15. Él me ofreció bebida, yo bebí con él', cuenta, sentada en una mesa de bar, con la mirada perdida en las luces nocturnas de la ciudad.

'Fuimos para el cuarto de la casa donde yo estaba trabajando y nos quedamos juntos. Él era hasta guapo, me pagó, pero yo no sentí nada, no tuve placer. Me pareció extraño que la persona me pague, pero era un bacán y me interesé por él, con el tiempo pasé a sentir placer y a tener relaciones sin condón', revela. Para Luzia, Sandro era un hombre paciente y cuidadoso. 'La primera vez él me pidió hacer sexo anal y yo dije que no. Él dijo que tendría paciencia conmigo y se quedó cercano a mí. Quería que yo fuese su mujer, quería mandarme', se acuerda.

Luzia comenzó entonces un noviazgo con el hombre que había sido su primer cliente. 'Al dueño de la casa, Ribamar, no le gustaba la relación. Había veces que yo hacía cinco o seis clientes y Sandro se quedaba esperándome en la puerta para dormir conmigo', recuerda. Fueron dos meses de relación y ya cansada de los celos del cliente-novio, Luzia huyó de la casa de prostitución. 'El dueño de la casa no me pasaba casi nada del dinero y huí de aventón en coche con una amiga mía que conocía de otros cabarets', cuenta.

De Sandro, Luzia nunca más oyó hablar, pero no consiguió olvidarlo al saber, meses después, que tenía con sífilis. Aún sabiendo de la enfermedad, no paró. 'Me quedé cuatro meses en una casa de prostitución en Itumbiara (interior de Goiás) y viajé para Poxoréu, en Mato Grosso para otro cabaret', recuerda. En este período el tratamiento para la enfermedad fue apenas una inyección de penicilina. 'Me dijeron que si yo tomaba bencetacil iba a mejorar, yo tomé y mejoró. De allá para acá siempre que yo tengo algún problema, una picazón, yo voy a una farmacia y tomo', dice mientras da un sorbo en un vaso de cerveza. Lo que Luzia no sabía era que para hacer efecto la penicilina debe ser administrada en dosis adecuadas para el tratamiento de la sífilis.

En el viaje a Mato Grosso, el trabajo sexual pasó a ser la única manera de sobrevivencia para Luzia y las relaciones sexuales sin el uso de condón se volvieron rutina. 'Al comienzo yo pensaba en salir, que sería apenas un pasaje de mi vida, pero allí yo necesité relacionarme a cambio de merienda, almuerzo …', se acuerda. Ella sentía que exigir el uso de condón a los clientes estaba demás: 'yo estaba necesitando'.

El costo de la libertad

Solita y en las calles de Mato Grosso, Luzia pasó por situaciones de violencia tanto por parte de clientes como de policías. 'Una vez un hombre bien fuerte, negro y que olía mal me obligó a hacer sexo anal con él y huyó sin pagar', recuerda. Estos episodios y síntomas recurrentes de DST’s hicieron a Luzia buscar abrigo en la casa de su madre, una casa de prostitución en Campos Verdes, en Mato Grosso.

La región era de extracción de oro y reunía buscadores de metales y piedras preciosas de diversas partes de Brasil. Luzia tenía la seguridad de que no faltarían clientes. Pasó a vivir y trabajar en la casa de prostitución que era mantenida por su madre. Luzia quería sosiego, pero sólo encontró confusión. 'Los hombres que buscaban piedras eran muy agresivos y querían pegarnos en la cara, en nuestra cola. Hubo uno que me amarró y quería cambiar agresiones antes del sexo. No había cariño y el sexo oral era siempre sin condón, pero yo aumentaba el precio', revela. En la región no había atención médica ni farmacia cerca, lo que dificultaba el tratamiento de las constantes molestias que Luzia sufría debido a la sífilis no curada.

Por la invitación de una conocida, Luzia se mudó a Goiânia. Ella decidió ir a la ciudad buscando mayores recursos para tratamientos de salud y por ser conocida como ruta de trata de seres humanos para explotación sexual. En aquel momento de la vida de Luzia, Goiânia surgía como una oportunidad de mejorar. 'Podría ir a España o Portugal, como tantas se fueron, pero nunca resultó. Yo ya no tenía el cuerpo tan bonito como ellos querían', evalúa Luzia al enseñar su propia barriga. Fue entonces a buscar otra modalidad de meretricio bastante fuerte en Goiania: la prostitución de calle. Fue a la región del Dergo, que funciona 24 horas con revezo de turnos entre las mujeres que ejercen la prostitución. Los clientes son desde empresarios y políticos hasta habitantes de las calles. Las mujeres que actúan en el sitio se dividen espacio con el tráfico de drogas y algunas hasta forman parte de él.

En la ciudad, los bares cercanos a la terminal de colectivos pasaron a ser el sitio de Luzia para el ejercicio de la prostitución. Después de algunos meses y con poco dinero para sobrevivir en la capital, ella se enamoró de un hombre casado. 'Él me pagaba las cosas, me trataba bien, hasta que me enamoré', recuerda. Con él, Luzia comenzó a usar cocaína.

Aún con la sospecha de no haber sido curada de la sífilis, Luzia tuvo sexo sin condón y quedó embarazada. Ella cuenta que no hizo acompañamiento médico durante el embarazo. 'Siempre tuve vergüenza porque si saben que nosotras somos prostitutas ellos nos humillan en los centros de salud, no atienden bien', dice. El resultado fue que el niño nació con complicaciones de la sífilis y murió después de nacer. 'Yo estaba con siete meses de embarazo cuando él nació. Se quedó en tratamiento en el hospital. El tratamiento era por el SUS (Sistema Único de Salud), pero fuimos encaminados para un hospital particular. Llegando allá fui super maltratada, no me cuidaron bien ni a mi bebe, creo que por puro prejuicio', cuenta. Indignada, Luzia salió del hospital por su cuenta, sin recibir alta. 'Salí sin autorización de los médicos y llevé al bebe para casa. Comencé a darle leche en la mamadera y él ya estaba con un mes y tres días cuando murió. El padre, que había desaparecido, llegó cuando el Instituto Médico Legal retiraba el cuerpo. Yo nunca fui a buscar al cuerpo para enterrarlo', relata.

Después de este episodio, Luzia tuvo otros tres hijos con clientes. Ellos viven con el padre del niño más joven en la ciudad de Rondonópolis, en Mato Grosso, mientras ella sigue sola en Goiânia. 'Yo hasta quería dejar esta vida, pero no consigo. Yo no sé hacer nada más, no tengo otra profesión, entonces sigo así y es mejor que mis hijos se queden allá para que sufran menos', evalúa. Hace poco tiempo, Luzia se hizo otro examen y descubrió tener gonorrea. 'Me traté con bencetacil de nuevo, no da para decir la verdad a un médico', afirma, con la misma seguridad con la que dice que tampoco se puede recomendar la ocupación a otras mujeres.

Confianza en el amor

Para el sociólogo y maestro en antropología por la Universidad Federal de Goiás, Rogério Araújo, casos como el de Luzia son comunes entre las mujeres que actúan en la Región del Dergo, en Goiânia. El especialista es autor del libro Prostitución: artes y mañas del ofício, lanzado en 2006 por la editora Cânone. Allí estudia minucias de la vida de las mujeres que ejercen la prostitución en la zona. 

En el libro, Rogério afirma que existe una preocupación mínima por la salud, pero apenas para no perjudicar el trabajo sexual. 'En las entrevistas percibí que ellas poseen una visión utilitarista del cuerpo, o sea, sus preocupaciones están relacionadas a estar siempre saludables. Hay siempre una preocupación por no enfermarse, lo que las imposibilitaría de trabajar y, consecuentemente, mantener el sustento de los hijos', evalúa. Pero la preocupación desaparece, de acuerdo con el investigador, cuando el hombre en cuestión es más que un cliente. La mayoría de los relatos informaron sobre contagios de DST’s e incluso vih-SIDA por parte del compañero, sea marido o enamorado, ya que muchas prostitutas creen que relacionarse sin condón es prueba de amor y confianza en el compañero. Es el caso de Carla (nombre ficticio), de 42 años, quien cuenta que para evitar el contagio de las enfermedades sexualmente transmisibles exige de los clientes el uso del condón y va al ginecólogo una vez al año. Sin embargo, revela q
ue ya mantuvo relaciones sexuales sin condón con clientes. 'Pero no fue porque fui forzada, es porque hubo interés de mi parte también', admite.

Con un hijo de cinco años, ella recuerda que el noviazgo con el padre del niño comenzó en el Dergo. 'Él era mi cliente, pero me enamoré y nos casamos después de algún tiempo, desde el inicio me quedaba con él sin condón', cuenta. A pesar del riesgo, ella garantiza que no hubo dificultades. 'Yo hice el prenatal muy correcto y mi hijo nació sin ningún problema', dice.

En 2003, un proyecto coordinado por la Universidad Católica de Goiás intentó crear una asociación de las profesionales del sexo a ejemplo de otras iniciativas en Brasil, como la Organización No Gubernamental (ONG) Mujeres DaVida, de Río de Janeiro. Pero la iniciativa duró menos de una semana. 'Ellas alegan miedo de la exposición y del prejuicio que irían pasar. En verdad la iniciativa tiene que partir de ellas mismas. Todas saben que una asociación sería fundamental para la conquista de derechos, pero eso acarrea un precio a ser pagado. Creo que el trabajo tiene que ser en el sentido de rescate de una autoestima', menciona el investigador.

En febrero de 2008, por iniciativa del Gobierno Federal brasileño, fue realizada la 1ª Consulta Nacional sobre Enfermedades Sexualmente Transmisibles y SIDA, derechos humanos y prostitución en Brasil. El evento reunió entidades del lugar y latinoamericanas en un esfuerzo para garantizar la movilización de profesionales del sexo y el poder público en la lucha contra estas enfermedades. A partir del encuentro, fue creado un grupo de trabajo para discutir la relación entre el oficio, el contagio de vih-SIDA y el ejercicio de los derechos humanos.

El esfuerzo dio todavía un segundo encuentro promovido por la Secretaría Especial de Políticas para las Mujeres, también del Gobierno Federal, realizado en Mayo de 2008, en Brasilia, capital federal brasileña. La consulta nacional fue promocionada por el Programa Nacional de DST y SIDA del Ministerio de la Salud nacional y, de acuerdo con datos del propio gobierno, reunió cerca de 80 personas entre representantes del gobierno y de la sociedad civil organizada: movimiento de prostitutas, de travestis y transexuales. La Red Brasileña de Prostitutas fue representada en el evento por la socióloga y profesional del sexo Gabriela Leite, presidenta de Mujeres DaVida, dirigida a trabajadoras sexuales. Gabriela es conocida en todo el país por su lucha y empeño para poner fin al prejuicio hacia las mujeres que viven del trabajo sexual.

La propuesta de este sector es pensar en la prostitución como una profesión y en las trabajadoras sexuales como personas con derechos laborales y de acceso a la salud garantizados.

'Profesionales del sexo' se buscan

Mientras millares de mujeres que ejercen la prostitución enfrentan todo tipo de dificultades, existe un documento oficial que reconoce la prostitución como profesión en Brasil. El 10 de octubre de 2003, el Ministerio del Trabajo y Empleo del gobierno federal, incluyó la categoría 'Profesionales del Sexo' en la Clasificación Brasileña de Ocupaciones(CBO). Los llamados profesionales del sexo son descriptos como personas que 'Buscan programas sexuales; atienden y acompañan clientes; participan en acciones educativas en el campo de la sexualidad'. En esta clasificación están incluidas las prostitutas, los muchachos que ejercen la prostitución y los bailarines de strip-tease.

Así y todo, no hay en Brasil una legislación que regule la actividad. A pesar de la existencia de proyectos de ley que proponen al Poder Legislativo la legitimidad, favorecer la prostitución es delito en el país, previsto en el Código Penal brasileño (Decreto-Ley 2.848/40), con pena de reclusión y dos a cinco años.

Aún así, el reconocimiento de la profesión, por el Ministerio del Trabajo, fue considerado por algunos un avance en la lucha por la garantía de la ciudadanía de mujeres profesionales del sexo. Es el caso del diputado federal brasileño Fernando Gabeira, que defiende la creación de legislación específica para la actividad. Gabeira es autor del proyecto de ley 98/2003, que propone la reglamentación de la profesión. La propuesta prevé que las trabajadoras sexuales tengan derecho al documento de trabajo firmado, jubilación, asistencia médica y todos los beneficios ofrecidos a los trabajadores de otras áreas. La iniciativa de Gabeira ya fue puesta en votación en el Congreso Nacional brasileño más de diez veces y no fue aprobada.

En diciembre del año pasado, Gabeira participó junto a Gabriela Leite y profesionales del sexo de 17 de los 26 Estados brasileños más el Distrito Federal, del IV Encuentro de la Red Brasileña de Prostitutas. En la ocasión, las trabajadoras sexuales reafirmaron la necesidad de reglamentación de la profesión y del respeto a las garantías básicas, como el acceso digno al servicio de salud pública. Para la líder del Grupo de Mujeres Prostitutas del Estado de Pará (Gempac), del norte de Brasil, Lourdes Barreto, la mayor dificultad de las profesionales del sexo para conseguir acceso a la salud en Brasil es la falta de movilización y reconocimiento en cuanto categoría: 'si todas nosotras asumimos nuestra identidad de prostituta todo va a ser más fácil de ser resuelto'.

El prejuicio más grande

Goiás fue uno de los nueve Estados que quedó afuera de éste y de tantos otros eventos de promoción de los derechos de las profesionales del sexo. Para Carla, esta es la explicación para casos como el de Luzia y de tantas otras mujeres que sufren solitas con enfermedades sexualmente transmisibles.

Carla tiene curso técnico de enfermería y antes de iniciarse en la prostitución, hace 15 años, intentó empleos en el área de salud. Como no consiguió nada, resolvió aceptar la invitación de una conocida para actuar en la zona del Dergo, donde se queda para conseguir clientes todas las tardes, de lunes a viernes, desde entonces. Con conocimientos en el área de salud, Carla se volvió una especie de consultora informal de las demás colegas de profesión.

'Muchas me preguntan sobre las DSTs, pero no buscan un centro de salud. Lo que yo digo es que vayan y no digan que son prostitutas; si habla es probable que la mujer ni sea atendida', afirma. Para Carla, el prejuicio está en toda la sociedad, inclusive en las propias mujeres que ejercen la prostitución. 'Si decimos que somos putas hay gente que se ríe en nuestra cara y nos manda a que vayamos a trabajar. Que somos vagabundas', cuenta. Para rehuir la discriminación ella dice que aprendió a omitir. 'No tengo vergüenza de decir que trabajo como profesional del sexo, pero hay lugares en que no hablo. No me identifico como mujer de programa y mucho menos que trabajo aquí en el Dergo. Ya hablé una vez y me llamaron basurón. No hablo más', cuenta.

Para Carla, ayudar a sacar las dudas de las compañeras de prostitución sobre los cuidados con la salud es gratificante, pero se queja de la falta de información. 'Pienso que si existiese una entidad de defensa para ayudarnos sería mejor, pero creo que eso va a demorar porque hay mujeres que jamás tendrían el coraje de asumir la profesión y luchar por sus derechos en la televisión o en el periódico', afirma.

Aún con estas dificultades, Carla garantiza que no pretende dejar de ser profesional del sexo y pide respeto. 'Yo podría estar trabajando en otra área, pero no quiero. En el fondo me gustó la vida que llevo y quiero ser respetada por eso', cuenta. Para ella, prostitución es más que un trabajito o un trabajo temporario, es una forma de sobrevivencia. 'Yo compré casa, carro, muebles. Todo con el dinero de la zona. ¿Cree que yo tendría coraje de botar todo aquí para recibir un sueldo mínimo (R$ 465,00, casi 200 dólares) como empleada doméstica, por ejemplo? No. Quiero tener derecho a educación, vivienda y salud como todo mundo', finaliza.

'Prostitución no es profesión'

En contra de los movimientos pro profesionalización de la prostitución, Cínthia (nombre ficticio), de 54 años, defiende la permanencia de la actividad al borde del mercado de trabajo. 'Si se convierte en profesión será necesario pensar en un montón de otras cuestiones, como el trabajo de las aprendices y la formación de las profesionales. No estoy de acuerdo', defiende. Ella es considerada una líder en otro punto de la zona del Dergo llamado de Delícia, donde trabajan por lo menos 25 muchachas. Y donde este punto de vista tiene muchos adeptos y adeptas.

Para Cínthia lo que es necesario cambiar es la manera como la mujer es vista en la sociedad. 'Si existe respeto, por ejemplo, van a haber algunas garantías, como la del tratamiento médico', pondera. Ella ejerce la prostitución desde los 25 años y hasta hoy esconde la actividad de la familia. 'Puede pasarme un camión por encima que no le cuento a nadie que soy puta', dice en tono de broma. La prostitución fue la actividad que garantizó el sustento de sus dos hijos, pero aún así prefiere que no sea legalizada para que otras chicas, más jóvenes, no tengan allanado el camino, que califica como arduo y doloroso.

'Cuando mi marido me dejó yo era costurera y ganaba muy poco, hasta que una vecina mía que ya se prostituía me llamó. Como ella era muy bonita y siempre tenía dinero para comprar las cosas, resolví arriesgar', se acuerda. A partir de entonces, Cínthia se dedicó enteramente a la actividad y no se casó nuevamente. 'Hoy mis hijos son graduados, hicieron universidad, pero nunca les asumí que trabajo aquí. No me gustaría ver mi hija en esto', dice.

Es vista como una orientadora de otras mujeres, y ellas a su vez la apoyan en su opinión. 'Yo les digo que busquen salir luego, yo quisiera haber salido, pero ahora ya estoy vieja. Voy a salir de aquí para jubilarme', dice.

A pesar de estar hace más de dos décadas en la actividad, Cínthia garantiza que nunca fue contagiada por cualquier enfermedad sexual. 'Yo me cuido, siempre me cuidé y no dejo ningún hombre exigir nada, si quiere sin condón que vaya a buscarse otra', dice con firmeza.

Mientras un grupo defiende y otro desconoce la cuestión de la profesionalización de la prostitución en Brasil, crece el número de contagio por SIDA, DSTs y virus sexualmente transmisibles como el HPV. De acuerdo con el Programa Nacional de DST y SIDA, del gobierno federal brasileño, entre 1980 y 2007, fueron notificados 474.273 casos de vih-SIDA en el país, 26.757 de ellos en la Región Centro Oeste, donde queda Goiânia. En el mismo período, Brasil, país con casi 184 millones de habitantes, registró cerca de 193 mil muertes por SIDA – 8.738 sólo en el Centro Oeste.

La situación demanda atención del Poder Público y de la sociedad civil, quienes no pueden continuar desconsiderando a las mujeres que ejercen la prostitución, por lo menos, al tratar la cuestión de las enfermedades sexualmente transmisibles. Es necesario garantizarles el acceso a la salud y asistencia de calidad, independientemente de la profesionalización o no de la prostitución. Un debate que está lejos de cerrarse, aquí y en resto del mundo.

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