lunes, 7 de septiembre de 2009

Tinieblas que se disipan

Hernán López Echagüe
 
Los militares latinoamericanos le brindaron a la palabra desaparición una magnitud desmesurada en nuestro vocabulario. Acaso ignoraban que, por sencilla derivación o consecuencia semántica, le estaban otorgando idéntico poder y tamaño a la palabra búsqueda. Desaparición remite a sombras, encierro y quietud; búsqueda, en cambio, a movimiento, intemperie, acción, y, como factible y lógica culminación, hallazgo.

En abril de este año, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Laura Isabel Feldman. Penny. Un grupo de tareas de la dictadura argentina la había secuestrado en febrero de 1978. Sus dieciocho años de edad causaban recelo, de modo que no podían menos que fusilarla y arrojar su cuerpo en alguna de las decenas de catacumbas que habían diseminado a lo largo del país. Militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES, agrupación estudiantil del peronismo revolucionario.

Los sepultureros furtivos de la gran dictadura latinoamericana presumían tener el don de extinguir cuerpos. Pero la tierra y el mar no se cansarán jamás de devolverlos a la superficie, de rescatarlos del confinamiento. 

La búsqueda y la evocación no tienen fecha de caducidad. El hallazgo tampoco.

Los sepultureros furtivos la enterraron, apiñada con otros cuatro cuerpos adolescentes, en el cementerio de Lomas de Zamora. Fosa NN, desprovista de nombre, piel y aliento. Acta de defunción, pluma oficinesca: “Shock traumático agudo, por herida de bala”.

“De la violencia, de la verdadera violencia”, dice el escritor chileno Roberto Bolaño en el primer párrafo de su cuento El Ojo Silva, “no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende”.

Penny nos aproxima un poco más al momento del relámpago. El instante en que el relámpago resquebrajó nuestro mundo y nos empujó al borde del despeñadero. 

Rayo de enajenación al que le sucedió un aguacero de violencia inaudita. En el día del relámpago de marzo de 1976, del cielo comenzaron a caer miserias y desventuras de toda naturaleza. Procesión de años vacíos en los que campeó la mudez, y el desdén y la resignación nos sumergieron en una vejez temprana, en el ocaso del deseo.

No puedo figurarme a Penny, su mirada cautivadora, sus hermosos rasgos de mujer aniñada, en apariencia quebradiza, sólo en apariencia, convertida en un manojo de huesos. Todavía hoy, al cabo de tanto tiempo, no puedo entender tanta cizaña, tanta sevicia.

Los ojos de Penny, los que ahora estoy contemplando, son una exhalación de presencia continua que nos ayuda a disipar un poco las tinieblas que la envolvían. Las tinieblas que todavía envuelven sus caras múltiples. La Penny uruguaya y chilena. La Penny peruana y brasileña. La Penny colombiana, paraguaya y ecuatoriana. Las Penny de este sur jodido que todavía debemos devolver a la superficie, rescatar del confinamiento.

El diez de septiembre, en el patio del colegio Carlos Pellegrini, Penny, que en agosto cumplió cincuenta años, se reencontrará con sus amigos, compañeros y familiares. Leo en el texto de la solicitada que habrán de publicar en estos días: “31 años después avanzamos un paso más contra la mentira y el ocultamiento y la salvaje represión que diseminó el terrorismo de Estado en la Argentina, cuyos efectos, lo podemos comprobar, no han concluido. 31 años después podemos despedirnos de Penny, que siempre estuvo en nuestros corazones y lo seguirá estando, velar sus restos, realizar la ceremonia y el duelo que impidieron y quisieron evitar”.

No es un decir. La búsqueda y la evocación no tienen fecha de caducidad. El hallazgo tampoco.
 
Publicado en Brecha, Montevideo, 4 de septiembre 2009.

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