miércoles, 16 de septiembre de 2009

Trabajadores tercerizados de EDESUR en proceso de organización sindical: Los chicos

Martín Fedele (ACTA)

Son trabajadores tercerizados de la multinacional EDESUR. Su labor cotidiana es el mantenimiento de las sub-estaciones de la empresa en Capital Federal y Gran Buenos Aires. Son jóvenes, entre los veinte y los treinta años; y van aprendiendo de qué trata “eso” de la lucha sindical.

Los pibes de EDESUR, así se los conoce desde el momento en que decidieron enfrentar la persecución y el maltrato de una multinacional acostumbrada a la mano dura. Son chicos. Y van creciendo.

Estamos en el “Club Olimpo” de Dock-Sud, en los riñones de Avellaneda; allí donde el Gran Buenos Aires huele a refinería. Estamos en el Docke... Y está todo dicho. O casi. Es un lunes sabroso, un lunes feriado: 17 de Agosto. El sol está blanco y gordo, el calor abunda. En el club los chicos del barrio juegan a la pelota; el baby-fúltbol, le dicen, y ahora compiten en la liga infantil: las madres alientan, los padres insultan, el árbitro sanciona, los chicos se divierten. El bullicio es ensordecedor. La categoría 2000 esta goleando, informan.

Pero ni el cronista ni la fotógrafa de la CTA están allí para cubrir la jornada de baby; el club es un ocasional punto de encuentro para entrevistar a otros chicos, a los trabajadores tercerizados de la empresa LEVEL-TEC, contratista de la multinacional EDESUR. Y allí llegan, “los chicos”, parecen un anacronismo histórico: jóvenes de entre veinte y treinta años iniciando el camino de la organización sindical. Llegan impetuosos, saludan; hablan veloces y atolondrados. Son chicos. Trabajadores de la energía… Y acaban de torcerle el brazo a una multinacional.

Otra luz, otra fuerza

“En EDESUR nosotros somos ‘los negritos’ de la empresa”, dicen los chicos, “los contratados que no tenemos derecho a nada”. El que habla es Emiliano Coman. Y cuenta: “Cuando el 30 de junio recibimos los primeros 12 telegramas de despido, sin causa, como castigo a nuestros intentos de organización, entonces dijimos basta, y decidimos llevar la lucha hasta las últimas consecuencias. Estábamos cansados –dice–: no se aguantaba más”.

“Sacamos el indio de adentro”, grafica Jorge Rodríguez, categoría ’79, otro de los chicos entrevistados. “Queríamos pelear. Y entonces nos acercamos a la CTA, y conocimos a los compañeros de la Federación de Trabajadores de la Energía; ellos nos asesoraron y nos marcaron el camino”. Fueron largos días de paro y movilización, vertiginosos, interminables jornadas de lucha en los lugares de trabajo, fundando conciencia sindical, organizándose. “Plantamos una semilla”, dicen los chicos.

Hasta que el martes 28 de julio los compañeros cesanteados finalmente fueron reincorporados a la empresa. “Para nosotros fue un gran triunfo”, dice Coman, “un premio a la lucha y la unidad de los trabajadores tercerizados”. El joven delegado hace una pausa, y remata la idea: “Le demostramos a la empresa que ‘los negritos’ contratados también saben defenderse”.

El manojo de chicos aprueba la sentencia. Están orgullosos.

“La fuerza estuvo en la organización”, tercia Julio Barboza: “Y en no dudar, nunca”, agrega. “Estuvimos en la calle, todos juntos, aprendiendo a defender nuestros derechos; convencidos de lo que estábamos haciendo. Y lo más importante es que todos, todos los sectores estuvimos unidos: Alta Tensión, Media Tensión, Transformadores, Batería, Laboratorio, Medidores y Taller Central –enumera el compañero–. Todos unidos en una misma lucha”. “Pero esto recién empieza”, desafía un nuevo vozarrón. La charla se pone picante. Y los chicos piden cerveza.

Lo que viene

El bolichero del club arrima dos Quilmes bien heladas. “Ahora estamos en una nueva etapa –continúa Barboza–. Y será importante mantenernos unidos. Porque ya nos demostramos, y le demostramos a la empresa, que podemos ganar, que unidos y organizados somos fuertes”. Barboza lo explica en pocas palabras: “Cuando empezó el conflicto, éramos nosotros, los negritos, los que nos acercábamos a los compañeros; pero ahora, que ganamos, los compañeros se acercan a nosotros”.

¿La primera experiencia sindical para ustedes? –pregunta el cronista de la CTA–. ¿El debut? –La pregunta hace mella.

Y entonces los chicos se gastan bromas de cuernos y guampas y gorras. Son chicos, el pulso de la maroma ‘debut’ los excede. Pero el flash de la fotógrafa los vuelve a poner serios. “Ahora llevamos una mochila a cuesta”, dice Coman. “Eso nos explicaron los compañeros de la FETERA: ahora tenemos la responsabilidad de cuidar lo que hemos conquistado. Nosotros somos el ejemplo a seguir, nos dicen”.

En el andar de la charla la cuestión de lo generacional irrumpe por peso propio. Los chicos saben que deben lidiar en un tiempo y espacio donde la palabra sindicato asusta hasta al más guapo: durante años cansaron de masticar traiciones y olvidos. Y para colmo de males son y siguen siendo trabajadores tercerizados: los negritos, operarios de segunda.

Pero también saben, los chicos, que la mentira tiene patas cortas, que los contratados van viendo en la organización sindical la silla que falta en sus mesas. “Ahora vamos por la pelea por los salarios, por la efectivización. Eso es lo que nos queda”. La responsabilidad, como ellos citan, está en la militancia. “Mucho pendejo está empezando a entender que si no nos defendemos nosotros, nadie nos va a venir a defender”. En el docke. Un vacío generacional que comienza a tostarse.

El grito de gol llega sonoro. La cerveza espumea.

El tesoro de los inocentes

Cuando la precarización laboral logra naturalizarse, el empleo deviene concepto que destiñe en su propio sentido. Y de esto conocen los chicos, mucho. Están en la línea de fuego: son jóvenes y buscan trabajo. “Todavía tenemos compañeros que dudan, que no saben si conviene comprometerse en la lucha sindical –dice Rodríguez–. Pero nuestra obligación es convencerlos, hacerles entender que el cambio está en marcha. Y nosotros mismos, los tercerizados, somos el cambio”.

Son chicos, trabajadores de la energía, consustanciados en un proceso de organización sindical que apenas se inicia. Entre pinzas y voltios, amañados en el zumbido de los transformadores; cada día van haciendo su Historia. Y no se olvidan de la familia, hijos y esposas latiendo un mismo caldo emocional. Dice Coman: “Nuestras familias nos bancaron desde un primer momento, y estuvieron con nosotros peleando en las calles”. “La familia apoyó, siempre: ellos fueron el bastón donde supimos sostener nuestra lucha”, agrega Barboza. Y sigue: “Todo esto lo estamos haciendo por el futuro de nuestros hijos, para recuperar la dignidad del trabajo, para que cuando ellos sean grandes nadie los trate como ganado de segunda. Esa es, ahora, nuestra mayor responsabilidad”.

La entrevista se termina. Y ya no queda cerveza…

En el docke la tardecita llega azulada.

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