miércoles, 14 de octubre de 2009

Al socialismo por un atajo (III - China)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

China no llegó al capitalismo por sus propios impulsos sino empujada por la presencia extranjera, no avanzó al socialismo por un atajo sino por varios y su actual posición en la economía y la política internacional no es resultado de un milagro sino uno de los más dolorosos partos que recuerda la historia humana.

Apreciada por tramos, ninguna vanguardia política contemporánea ha sido tan eficaz y coherente como el Partido Comunista Chino aunque ninguna cometió tan costosos errores; tampoco hubo otra que lograra autocriticarse sin desmentirse y rectificar sin dar marcha atrás. La habilidad china para escapar hacía adelante figura entre las claves de su éxito.

La sociedad china que comenzó su evolución 2 500 años antes de Jesucristo, (incluyendo al Sinanthropus pekinensis u Homo erectus) y cuya historia contiene todos los momentos y experiencias posibles, se asomó al siglo XX como uno de los países más pobres y de expectativas más complejas del planeta.

Un país inmenso, culturalmente diverso que albergaba la quinta parte de la población mundial, padecía una pobreza endémica, con predominio del campesinado, un pueblo victima de las mayores injusticias sociales y un sistema político que, en los inicios del siglo pasado se caracterizaba por el anacrónico dominio imperial y por la opresiva dominación extranjera fue el escenario donde una vanguardia política autóctona intentó llegar al socialismo por un atajo.

En medio de tan penosas realidades, por aquella época se produjo una inédita conjunción de circunstancias que incluyeron el movimiento nacionalista encabezado por Sun Yat-sen, que puso fin a un régimen feudal que duró tres mil años y condujo al establecimiento de la republica y a la formación de liderazgos autóctonos entre los cuales descollaron los del propio Sun Yat-sen, Chiang Kai-shek (Jiang Jieshi) y Maosedong (Mao Tsé-tung); así como el Kuomintang, un partido nacional y el Partido Comunista.

No obstante sus éxitos, el proceso revolucionario que en 1911 condujo a la proclamación de la República liberal, no pudo extenderse a todo el país, no aseguró la unidad nacional ni la gobernabilidad, cediendo ante la presencia de los señores de la guerra y otros rezagos feudales, como tampoco pudo sustraerse a condicionamientos impuestos por eventos internacionales como la primera y segunda guerras mundiales y sobre todo a la Revolución Bolchevique de 1917.

Aunque las etapas iniciales del proceso político chino que desembocó en la Revolución democrático burguesa y nacionalista de 1911 se desplegaron antes que la Revolución bolchevique, resulta imposible subestimar el papel inspirador que a partir de 1917 tuvo la Unión Soviética, bajo cuyos auspicios, por intermedio de la Internacional Comunista se introdujo el marxismo en China, en 1923 se fundó el Partido Comunista Chino y se desplegaron las luchas revolucionarias a lo largo de más de veinte años.

Concluida la II Guerra Mundial, con Japón derrotado, el Partido Comunista liderado por Maosedong siguió sus propios caminos para con sus tácticas de lucha propias basadas en una guerra popular prolongada, derrotar a los remanentes del Kuomintang que liderados por Chiang Kai-shek, bajo la protección de la escuadra norteamericana se refugiaron en Formosa.

La victoria abrió el camino para la proclamación, en 1949 de la República Popular China y el inicio de la construcción del socialismo en uno de los países más pobres de la tierra, pero también en uno de los más antiguos, de tradiciones culturales, religiosas y filosóficas más profundas y solidamente establecidas y donde a pesar de los imperios y las dinastías, se establecieron sólidos lazos nacionales.

Pese a que las circunstancias nacionales, el carácter de la lucha, la naturaleza autóctona de la revolución y la calidad del liderazgo hicieron que los caminos que condujeron a la implantación del socialismo en China fueran radicalmente diferentes a los seguidos en Europa Oriental, no pudieron impedir que la China socialista padeciera lo que parece haber sido una malformación congénita del socialismo real: el mimetismo y el copismo que sacralizó la experiencia soviética y su modelo socialista adoptándola como artículo de fe. Ese fue el primer atajo, no el único. Mañana les cuento.

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