martes, 20 de octubre de 2009

Argentina, La Pampa: El "mal ejemplo" de la madre-albañil

LA ARENA

Coincidiendo con el Día de la Madre este diario publicó un extenso artículo que narra la conmovedora historia de una joven mamá que decidió, en compañía de su pequeño hijo de 12 años y de una amiga, y con sus propios medios, comenzar a construir su propia casa. Sin ningún conocimiento de albañilería, la mujer -una modesta empleada doméstica- se arremangó, tomó cuchara, pala y balde y se dio a la tarea sin más sapiencia que su férrea voluntad y su deseo de tener el techo propio.

A falta de asesoramiento profesional, la mujer cosechó de inmediato algo mucho más preciado: la solidaridad del vecindario y de otras amistades que se sumaron a las tareas. También los vecinos la ayudan y aconsejan. Desde el municipio recibió un pequeño aporte en materiales pero desde el Estado provincial, nada. De ahí la ironía del título. Para la burocracia gubernamental, lo que está haciendo esta mujer es un ejemplo "pésimo": hasta compró el terreno en cuotas y con su propio dinero, sin pedirle nada a nadie: todo un "horror".

Desde hace más de un cuarto de siglo, los planes de viviendas construidas por el Estado y su posterior entrega a los adjudicatarios ha representado lo peor de la política clientelar que ha sabido instalar el justicialismo en esta provincia que gobierna sin interrupción desde el retorno de la democracia.

Ese sistema ha sido utilizado para favorecer a los adictos partidarios, los amigos del poder y es una de las formas más inicuas de comprar conciencias para ganar elecciones. Llenar la ficha partidaria para convertirse automáticamente en adjudicatario de una vivienda construida por el Estado ha pasado a ser parte del folklore político pampeano. Hay miles de testigos que -si pudieran hablar sin temor a represalias- darían fe de este método perverso.

Y ni hablar de la corrupción que supo enseñorearse en el Instituto Provincial de la Vivienda, de las licitaciones sospechadas, de la mala calidad de las viviendas, etc.

Lo que ha logrado este sistema es pura negatividad. Muchos de los adjudicatarios ni se sienten obligados a pagar las cuotas. El Estado tampoco se preocupa por su cobro ya que ahí está el núcleo de su práctica proselitista y clientelar. Por lo tanto el sistema se desfinancia y no puede retroalimentarse para continuar extendiéndose. Este mecanismo, en lugar de estimular la solidaridad social multiplica los comportamientos mezquinos, individualistas. "Voy al IPAV a que me "den" una casa", es una de las frases más repetidas. Demuestra que el individuo no tiene conciencia de que no es un "regalo" lo que recibe sino el fruto del ahorro de toda la sociedad, y por lo tanto, no se siente obligado a pagar las cuotas que, por lo general, son muy inferiores a un alquiler.

Y el Estado no ha hecho otra cosa que estimular esas reacciones individualistas. Pareciera que fuera hecho a propósito, con el fin de evitar que en la sociedad se genere una conciencia solidaria, más independiente del poder político y con mayor autonomía.

La cultura del esfuerzo también ha sido herida de muerte. Y esta madre-albañil es el mejor ejemplo al constituirse en una excepción, en un caso rarísimo. Con sus modestos ingresos de empleada doméstica pudo comprarse en cuotas un terreno y comenzar a construir la casa. ¿No puede el Estado estimular este tipo de emprendimientos a fin de fortalecer la cultura del trabajo, el ahorro y la autosuperación? ¿No puede diseñar un mecanismo diferente que premie el esfuerzo y ayude a la superación? No hay que inventar nada, el Banco Hipotecario, cuando era del Estado, supo implementar políticas financieras de carácter verdaderamente popular.

Claro que eso sería estimular "demasiada" independencia, "demasiada" autonomía; lo que menos quieren los gobiernos que ganan elecciones comprando conciencias con dineros públicos.

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