martes, 20 de octubre de 2009

Argentina, Santa Fe: De la tortura en La Casita al encierro de la GIR

Héctor M. Galiano (NOTIFE)

Antilde Bugna y Stella Vallejos pasaron por la tenebrosa "casita" antes de ser trasladadas, "blanquedas", a distintos lugares de detención. Todos los acusados fueron apuntados por las declarantes. Quedó en evidencia el rol del ex suboficial del Ejército, Nicolás Correa, en los centros de tortura. Fue funcionario con alto rango en la primera gestión de Obeid como gobernador.

Para las dos testigos que declararon ayer en la denominada causa "Busa", la definición, o la simple denominación de un lugar conocido como "la Casita", representa dolor, sadismo, espanto. Cualquier desprevenido será simplemente literal en la acepción: casa pequeña. Los cual tampoco, a los ojos de las expositoras de hoy, es ciertamente preciso.

La "Casita" era un lugar clandestino de detención que funcionó durante la dictadura en una casa de campo ubicada en las cercanías de la ruta nacional 19, a pocos metros del cruce con la autopista que une a la capital con Rosario. Dependió del Ejército y, según los relatos y pruebas incorporados en el expediente judicial, fue montada por el fallecido Nicolás Correa, alias "El Tío", un suboficial de Ejército retirado en 1975 que fue convocado por la dictadura para organizar la caza de militantes políticos. El "Tío" fue funcionario del primer gobierno de Jorge Obeid (1995-1999). En los papales era asesor obeidista. En la realidad era el verdadero jefe policial, recibía a los jefes regionales en el segundo piso de la Casa de Gobierno y ajustaba los planes de seguridad del justicialismo en el poder. Murió en el 2007, con él se fugaron los mejores secretos. Los más crueles. Los más indolentes.

Por la mañana, Anatilde Bugna comprometió con su testimonial a todos los acusados sentados en el banquillo. Por la tarde, su amiga de la vida y militante incansable, Stella Vallejos, hacia lo propio. Quedó también en evidencia que, si "El tío" hubiese estado sentado en el banquillo de los victimarios, probablemente su rostro habría empalidecido. Pero no está bien hablar de los muertos. Una máxima que llevó Correa consigo.

A Bugna y a Vallejos las secuestraron en marzo de 1977. Las dos militaban en la JUP. Antes, pero en 1976, al hermano de la primera fue secuestrado por un grupo de tareas que, sin más, también desvalijó el estudio de arquitectura que había montado para desempeñar su trabajo. La impunidad de la noche era totalmente inmoral.

Las dos mujeres estuvieron entre el 23 y el 26 de marzo (aproximadamente) de 1977 encerradas y fueron vejadas en "la Casita". "Gritos y llantos todo el tiempo", definió Bugna al lugar. "Una vez recuerdo que hubo mucho movimiento, se prepararon y salieron. Todo quedó en silencio cuando partieron. Al regresar se los escuchaba eufóricos y gritaban "Triki-triki". La patota se había cargado a tres militantes y alardeaban de ello. Como si fuere un logro. "Uno contó que al regreso pasaron por la casa de una mujer y al verla en la vereda le gritaron 'matamos a tu hija', creo que era por Avenida Luján", señaló Bugna.

La mujer declaró ante los jueces que en "la Casita" la golpearon y que una vez la hicieron desnudar, la sentaron en una silla y aprontaron los elementos para tomarle una declaración. "Fue allí que un hombre agradable, de voz gruesa me dice que me quede tranquila, que había un abogado al lado que no me preocupara. En uno de esos momentos, aparecen en escena Juan Calixto Perizzotti y María Eva Aebi. Habían ido a buscar a algunas detenidas". Allí también estaba detenido Juan Perassolo, entonces novio de Anatilde, y Daniel Gatti, que estudiaba en Santa Fe pero era oriundo de Entre Ríos. Ya en democracia, Gatti se radicó en Río Gallegos y se dedicó al periodismo no kirchnerista. Perassolo sólo pudo denunciar su paso por "la Casita" en 1984 y ante la Conadep.

Cuando a Stella y a Anatilde las sacan del centro de torturas, las someten a un simulacro de fusilamiento en un descampado en las afueras de -se supone- la ciudad de Santo Tomé. María Eva Aebi les arrimó el caño del arma reglamentaria a la sien. Y verdugueó: "Perdiste flaca", dijo. Y gatilló. La bala no salió y entonces cerró el cuadro con un "esta vez zafaste flaca". Las dos mujeres contaron la misma historia con matices distintos. -¿Cómo reconocieron a Aebi si estaban encapuchadas y esposadas?, quisieron saber los abogados defensores. - Porque en la Guardia de Infantería -a donde la trasladaban- nos sacamos las vendas y pudimos unir cara con voz - dijeron ambas.

Heridas en el alma

Vallejos contó que en dos oportunidades fue violada en "La Casita" y Anatilde Bugna narró el desenlace fatal de su marido en 1996, cuando se suicidó. "Juan había sufrido un grave problema de salud y quedó con la mitad del cuerpo inmovilizado. Tuvo que hacer una rehabilitación intensa que incluía electrodos en algunos músculos. Tuvo una regresión a la tortura porque había sido picaneado y los electrodos pasan energía (controlada y con menos amperes) como la picana. Se suicidó en 1996". Anatilde se casó con Juan en 1979 mientras éste estaba preso en Rawson y allí dejaron de ser novios, para ser algo más. Tuvieron tres hijos y Juan nunca pudo declarar en sede judicial los excesos, ni tampoco denunciar a los verdugos. La causa se abrió recién en 2002 por un requerimiento del fiscal porteño Eduardo Freiler, motivado por el accionar del juez de la Audiencia Nacional de Madrid Baltasar Garzón, a donde "las chicas", como define Stella Vallejos a las detenidas en la GIR, también depositaron sus denuncias por la vía diplomática en 1998.

En la Guardia de Infantería también estaba "la patota" e incluso entraba al despacho de Perizzotti como quien entra al living propio. "Era toda una comunidad represiva", dirá Bugna. "En julio de 1978 -dice- me abrieron una causa federal, todo lo hacían de noche. En la GIR me dijeron que iba a atenr contacto con la justicia, entré a una sala, larga, de piso de madera (...)parecía un depósito. Estaba Víctor Brusa, a quien conocía por haber cursado con el una materia en la facultad de Derecho de la UNL. Estaba con un escribiente, a quien presentó como 'el toto' Nuñez. Me mostró la declaración que había hecho en La Casita. Cuando le dije cómo me la habían sacado a esa declaración se puso iracundo, empezó a tirar patadas de karate para todos lados, estaba muy nervioso. No quiso dejar sentado lo que le dije que me armaron en 'la Casita' y me dijo: 'agradecé que la podés contar'. La verdad que con el tiempo me doy cuenta que lo pude contar porque no dejé de hacerlo desde entonces".

Bugna mencionó que en la GIR pudo ver, "desde invierno de 1978 hasta diciembre" a un oficial de apellido Fariña, que vestía de uniforme militar y tenía rango importante. "Recuerdo mucho de mi paso por la GIR a un oficial de apellido Córdoba, que era chofer de Perizzoti". Anatilde recuperó la libertad en 1979 y entonces el Jefe del Área 212, Juan Orlando Rolón, citó a sus padres al Distrito Militar. Hizo una apología de moralidad y aclaró: "la próxima vez se las voy a entregar de forma horizontal".

"El rey" y "el pollo", patoteros todo terreno

Bugna y Vallejos tienen esos apodos retumbando en los oídos desde marzo de 1977. Anatilde ya sabía que Eduardo Ramos (conocido como "el Curro" o "el rey") había participado del operativo de detención de su hermano en 1976. Lo identificó entre la patota. Luego volvería a escuchar su apodo de "el rey" en "la Casita", otro que estaba siempre en boca de los torturadores era "el pollo", que no es otro de Héctor Colombini, quien llegó al cargo de subdirector de (la dirección policial) Drogas Peligrosas en Santa Fe. Se casó con una militante de la JP, de quien se separó hace algunos años. Bugna lo conoció en 1989 cuando , con su madre, visitaron el edificio de la dependencia policial que había sido propiedad de su famillia. Colombini también era uno de los policías que participó del operativo de detención de su hermano. Stella Vallejos comentó que "un día me fue a visitar Anatilde a casa y me dice que mi vecino era Ramos, el de la patota. Yo me sentí muy mal porque mis hijos jugaban con los de él y recordé una vez que Ramos alzó a uno de mis niños. Fue todo muy desagradable".

Anatilde también lo conocía "al Curro". Habían ido juntos a la escuela hasta los 10 años. La testigo llevó dos fotos de esa constancia y quedaron reservadas para anexarlas al expediente. El marido de Anatilde, Juan Perassolo trabajó en un Banco cooperativo, tras la recuperación de la democracia. Un día llegó hasta su oficina un señor que quería abrir una cuenta, que lo reconoce, y empieza a recordarle su pasado militante, de forma despectiva. "Yo recuerdo que 'el Tío' me dijo en la Casita que me quede tranquila porque en otra pieza había un abogado, yo no sé si eso fue cierto o no. Lo concreto es que ese abogado que fue a abrir la cuenta era Oscar Valdéz, que trabajo como asesor de la Dirección de Drogas Peligrosas. Cuando apenas había pasado pocos minutos de las dos de la tarde, Stella Vallejos le dijo a los jueces: "siempre supe que los que están siendo juzgados hoy no son todos los responsables, porque si se tiene en cuenta que los que participaron del operativo del 23 de marzo por la mañana, tarde y noche, eran más de 15, evidentemente no están todos. Pero es un gran paso para la justicia. Yo no quiero venganza, sólo justicia", dijo. Y nadie más preguntó nada.

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