martes, 13 de octubre de 2009

Chile: Deportación

Álvaro Cuadra (especial para ARGENPRESS.info)

El término deportar se usa en el sentido de desterrar a alguien, como una suerte de castigo, de la tierra que reconoce como su hogar a un lugar que le es extraño. Se trata de una palabra que nos trae a la memoria momentos muy amargos para la humanidad. Práctica corriente en regímenes totalitarios que han deportado masivamente a seres humanos en virtud de su filiación étnica, religiosa o política. La deportación ha sido practicada por tiranos como Hitler o Pinochet, y hace no mucho en los Balcanes. Por ello, las naciones civilizadas del orbe entienden que este tipo de políticas, si cabe tal calificativo, atenta contra la dignidad humana y constituye un grave delito.

Plantear la deportación de inmigrantes peruanos ilegales, como ha hecho el candidato a diputado de la derecha, señor Cristián Espejo, no sólo es feo e impropio sino que es un acto de barbarie inaceptable en la democracia que queremos para Chile. Todos los credos religiosos y las formas laicas del humanismo, reconocen en los inmigrantes la figura de una humanidad que sufre, y consecuentemente, se reclama para ellos el auxilio de entidades nacionales y mundiales con el propósito de salvaguardar su dignidad. Nuestro país ha suscrito tratados internacionales que nos obligan a dar un trato humano a todos los extranjeros que habitan en nuestro suelo.

Los chilenos hemos conocido de la solidaridad internacional cuando miles de compatriotas debieron marchar al destierro por razones políticas. Muchos pueblos hermanos recibieron a los chilenos que habían dejado atrás su hogar, sus familias, sus esperanzas. Llegar a otro país, sin conocer sus leyes y su administración, desconociendo sus costumbres, y muchas veces hasta el idioma, y tratar de comenzar de cero, con la tristeza de estar fuera del terruño no es una situación fácil. Todo inmigrante es un ser humano que sufre: sin recursos, sin familia, sumido en la soledad y dispuesto a trabajar en condiciones desmejoradas.

La idea de deportar a extranjeros ilegales de nuestro país es doblemente grave si es propuesta por un candidato a diputado de cualquier partido. Chile quiere construir una democracia en que la xenofobia, la intolerancia y el racismo no tienen cabida alguna. Lo éticamente correcto es abrir cauces para que quienes se encuentren en una situación anómala tengan la oportunidad de regularizar sus papeles en nuestro país. En un mundo en vías de globalización, las fronteras se tornan permeables y en los años que vienen las migraciones humanas serán cada día más frecuentes, por tanto, las naciones deben crear los dispositivos para esta nueva realidad.

La deportación masiva que propone el candidato de la derecha no desprestigia tan sólo a su sector político sino que abre la interrogante sobre los límites de los argumentos legítimos y admisibles en el debate político chileno. Un argumento de este tipo proferido en otras latitudes bien pudiera ser entendido como una apología del racismo y el odio hacia el extranjero y, por tanto, susceptible de acciones legales. El hecho de que en nuestro debate político surjan este tipo de argumentos y sea tratado de manera anecdótica, salvo la justa protesta de la candidatura de Jorge Arrate, es preocupante, por cierta ligereza con que se bordan cuestiones tan sensibles. Instilar en la población sentimientos xenófobos y chauvinistas para ganar adeptos es, exactamente, lo que hicieron los nazis en la Alemania de los años treinta.

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