jueves, 22 de octubre de 2009

Crisis Global I: Un respiro en la turbulencia (Parte III)

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

Crisis prolongada

Cualquiera sea el perfil que presenten las recuperaciones coyunturales existen fuertes indicios del carácter prolongado de la crisis en curso. Este escenario es previsto por todos los analistas que pronostican un extenso período de bajo crecimiento (en L), frente a quiénes anticipan una salida rápida (en U) u oscilante (en W) de la recesión.

Esta significativa duración derivaría de la confluencia de tres procesos, que presionan especialmente en Estados Unidos hacia una nueva retracción del PBI: la contracción del crédito, la desvalorización de las propiedades y la pérdida de riqueza patrimonial.

La restricción de los préstamos (credit crunch) tiende a perdurar. Los bancos se han visto obligados a recortar su otorgamiento de fondos para contrarrestar las pérdidas sufridas durante la crisis. Sólo una vertiginosa re-capitalización atenuaría este achicamiento crediticio.

La crisis puede prolongarse, además, por la retracción de los gastos que genera la depreciación de los ahorros y la reducción de los ingresos. La caída del empleo y de los salarios afecta directamente al consumo, que motoriza a la economía norteamericana. Los intentos de sostener este nivel de compras con asignaciones estatales a las familias no han logrado remontar esa retracción de la demanda. Si este impacto deteriora nuevamente al sector productivo podría retroalimentarse la vulnerabilidad de las finanzas. Este despeñadero descendente ha sido la norma de todas recesiones profundas.

Muchos economistas estiman que este sombrío escenario impondrá un freno a la economía estadounidense por lo menos hasta el 2012-13. Ciertos desajustes externos adicionales, provocados por ejemplo por un nuevo encarecimiento del petróleo podían agravar el panorama. (7)

En este cuadro se inspira la frecuente analogía entre la crisis actual y la prolongada recesión que padeció Japón en los años 90. Este contexto diferiría del abrupto desplome que caracterizó a la depresión del 30. En lugar de un colapso uniforme y generalizado predominaría un estancamiento de varios años en los países más avanzados, combinado con imprevisibles estallidos de las economías más frágiles. Estas conmociones son presentidas por todos los analistas, que comparan el colapso de Argentina (2001) con los desmoronamientos observados el año pasado en Europa Oriental. (8)

La elite del establishment exhibe gran prudencia al tomar nota de esta posibilidad de crisis continuada. Cómo tiene pavor a una recaída recesiva al cabo de transitorios respiros (la temida “segunda vuelta”) mantiene los programas de auxilio estatal. Esta actitud predominó entre los mandatarios del G 20 que participaron de la última reunión de Pittsburg.

Todos desconfían de los efectos de una recuperación carente de inversión privada, que se sostiene en el empujón fiscal. Un duro dilema a resolver es cuándo despegar el pie de este sostén. La continuidad de este socorro conduce al descalabro de la deuda pública, pero su corte anticipado amenaza con recrear el abismo recesivo.

Depuración de empresas

El carácter prolongado de la crisis está condicionado por la imperiosa necesidad de desvalorizar el capital existente, a fin de recomponer los beneficios afectados por el crack. Esta depuración es el único camino que conoce el capitalismo para emerger de sus periódicos descalabros. Durante los ciclos descendentes de este sistema suelen procesarse drásticas reorganizaciones de las firmas, fuertes reducciones de los ingresos populares y agudos procesos de expropiación.

Estos reajustes ya comenzaron en la esfera financiera, dónde el FMI estima que deberán digerirse pérdidas por 4,1 billones de dólares. Estos quebrantos se distribuirían entre Estados Unidos (2,7 billones), Europa (1,19 billones) y Japón (149 mil millones). Un rebalanceo semejante se está consumando en las Bolsas, mediante la absorción de los grandes desplomes del año pasado. (9)

Esta reorganización tiende a transparentar quiénes serían los bancos ganadores y perdedores de la crisis. El ajuste de cuentas puede incluir el cierre de grandes entidades, pero el gobierno norteamericano tiende a evitar este tipo de clausuras, luego del tembladeral creado por el entierro de Lehman Brothers.

El equipo de Obama trata de impedir fuertes penalizaciones, inyecta liquidez y elude el reconocimiento de las situaciones de insolvencia. Busca posponer las puniciones y la resolución de los quebrantos financieros, mediante quitas obligatorias o canjes compulsivos de bonos. Nadie sabe hasta que punto se podrá evitar estas medidas, ya que el uso del dinero público para redimir bancarrotas tiene un límite. Pero la intención es lograr una administración regulada de la inevitable depuración financiera. (10)

Mucho más convulsiva será la extensión de esta desvalorización a la órbita productiva. Este ajuste ya afecta a las grandes empresas y golpea a los salarios. Es probable que el tiempo requerido por esta limpieza determine la duración de la crisis.

La quiebra de General Motors brinda un anticipo de la forma que podría asumir esa desvalorización. La firma recurrió a un amparo judicial para situaciones de bancarrota que permite pautar los sacrificios de las pensiones, los salarios y las condiciones de trabajo. El objetivo es transferir todo el costo de la cirugía a los asalariados.

Este atropello se justifica atribuyendo el quebranto a los “privilegios” que mantuvieron los obreros sindicalizados de Detroit, frente a sus pares desorganizados de otras compañías. Esta explicación del desmoronamiento de la empresa ha ganado preeminencia frente a otras interpretaciones, que ponen el acento en aspectos administrativos (mala gestión, reinvención fallida, decisiones empresariales desacertadas), económicos (pérdida de competitividad) o culturales (declinación de un estilo de vida).

En General Motors se negocia el cierre de once fábricas y la supresión de 21.000 de los 54.000 puestos de trabajo. También se instrumenta el vaciamiento de los fondos de pensión de los obreros, mediante la conversión de estos activos en títulos de una empresa desvalorizada. Además, el nuevo contrato laboral imposibilitaría las huelgas, repitiendo el precedente de destrucción sindical perpetrado en las compañías aéreas.

Este plan reaccionario es solventado con fondos públicos. Los capitalistas reciben sumas millonarias para financiar despidos y rebajas de salarios. En lugar de sancionar a una empresa que multiplicó el despilfarro para incrementar sus ventas (obsolescencia acelerada), generalizó el derroche de gasolina y hostigó sin pausa a los trabajadores, se premia a los responsables de la bancarrota. La reestructuración en curso desalienta, además, una reconversión más estructural del ineficiente sistema de vehículos individuales a un esquema no contaminante de transporte público. (11)

La negociación de General Motors constituye un test para toda la industria norteamericana. Indica un sendero de soluciones reaccionarias, que tendería a bloquear todos los intentos de resucitar el peso de los sindicatos en la vida estadounidense.

Neoliberales y keynesianos

Cuándo estalló la crisis los neoliberales olvidaron sus principios de competencia y exigieron el socorro inmediato del estado. Esta actitud se mantuvo sin cambios mientras registraban el agravamiento del temblor. Pero con el alivio financiero de los últimos meses han reaparecido las convocatorias a garantizar la preeminencia del mercado.

Estos llamados recobran fuerza, cómo si el colapso financiero hubiera ocurrido hace siglos. Los banqueros mantienen su exigencia intervención estatal para socializar pérdidas, pero ya retoman el evangelio de la desregulación. Reconocen que hubo un momento de pánico, con escapes en manada que amenazaron a todo el sistema financiero. Pero el respiro les ha quitado el susto y observan con resquemor el nuevo paisaje económico creado por la ingerencia estatal.

En pocos meses el gobierno norteamericano se ha transformado en la principal entidad hipotecaria, asumió participaciones en 600 bancos, sostiene a las grandes aseguradoras y es garante de la reestructuración automotriz. Esta presencia retrata el típico esquema de “capitalismo de amigos” (los funcionarios deciden el destino de cada empresa), que los neoliberales siempre han objetado en forma hipócrita. Para mantener viva la llama del libre-mercado hay que remover en algún momento esa estructura. Pero nadie sabe cómo y cuándo instrumentar esa modificación.

El periodismo neoliberal proclama a los cuatro vientos que “la crisis terminó”. Algunos incluso estiman que una recesión corta y leve ha pavimentado un nuevo ciclo de venturosa globalización. (12)

Pero este anuncio de estabilización necesita ser corroborado por los hechos. La crisis ya ha probado cuán voluble es la imagen idílica del capitalismo, como un sistema de prosperidad infinita. Un nuevo giro recesivo volverá a transformar estas utopías tranquilizadoras en desesperados pedidos de auxilio.

Un debate más serio involucra al futuro de la política monetaria. Muchos economistas ortodoxos estiman que la Reserva Federal se equivocó al instrumentar las políticas laxas, que desde el 2001 favorecieron la expansión de la burbuja inmobiliaria. Aprueban la instauración de bajas tasas de interés en la emergencia, pero propugnan una orientación más restrictiva para el futuro. Confían en la capacidad de la FED para manejar las tasas y la emisión en la coyuntura, pero alertan contra los peligros inflacionarios de esa estrategia.

También los economistas keynesianos tienden a oscilar con los vaivenes del momento, pero en general presentan evaluaciones más cautelosas del alivio actual. Consideran que la recuperación sólo adoptará un sendero consistente, cuándo se introduzcan nuevas regulaciones en el sistema financiero. Cómo explican la crisis por las “fallas de mercado” (información asimétrica, incentivos desacertados, falta de transparencia) estiman que un buen control sobre los bancos garantizará la salud del capitalismo. (13)

Pero omiten aclarar cómo se ha logrado el respiro actual sin la adopción de ninguna de esas medidas. A pesar del congelamiento de todas las reformas bajo consideración oficial, la tensión financiera se aquietó. Este resultado parece indicar que los vaivenes del ciclo son más sensibles al socorro a los banqueros, que a la supervisión de sus operaciones.

A diferencia de sus colegas ortodoxos, los keynesianos avalan la continuidad y la ampliación del gasto público (14). Pero olvidan las consecuencias desestabilizadoras de esos gastos. Cómo restringen todos los problemas del capitalismo a defectos de la administración gubernamental, imaginan que una buena dosis de intervención pública enmendará al sistema. Por eso le asignan al financiamiento oficial una capacidad mayúscula para disipar la recesión, cómo si este recurso tuviera elasticidad infinita y provisión garantizada de fondos hasta el fin de los tiempos.

En cualquier caso es importante registrar cómo la heterodoxia ha bajado los decibeles de sus críticas en la coyuntura de alivio financiero. Hay muchos signos de subordinación al nuevo perfil del neoliberalismo, que a su vez tiende remodelarse con mayores regulaciones estatales. Esta es la fórmula elegida por el establishment para salir de la crisis. Se busca preservar los atropellos contra los trabajadores, acotando los excesos de la liberalización financiera, mediante cierto control sobre los bancos y los movimientos internacionales de capital.

Si esta orientación se afianza la vieja convergencia entre economistas neoclásicos y keynesianos podría asumir nuevas modalidades. No hay que olvidar que los reguladores de posguerra adoptaron los principios conservadores del libre-mercado, mientras que el neoliberalismo de las últimas décadas mantuvo todos los instrumentos heterodoxos de la política anticíclica y el déficit fiscal. Muchas propuestas de reorganización bancaria, coordinación del gasto público y engrosamiento de las deudas estatales se ubican en esta perspectiva de empalme keynesiano-liberal.

Pero la continuidad de la crisis afecta por igual a ambas tradiciones. Demuestra la imposibilidad de evitar los colapsos financieros, recurriendo a la auto-regulación mercantil o priorizando la supervisión estatal. Estos descalabros obedecen a contradicciones intrínsecas del capitalismo y tienden a reaparecer en escenarios regulados y desregulados.

La crisis no deriva de la codicia o de la especulación. Es una consecuencia del comportamiento económico ciego y auto-destructivo que impone la competencia. El estallido repitió todos los rasgos típicos de las eclosiones capitalistas. Incluyó el contagio, la propagación (dominó) y la retroalimentación (ping pong), es decir todos los mecanismos que la economía convencional periódicamente considera extinguidos. La crisis expresa desequilibrios sistémicos y contradicciones acumulativas del capitalismo, que la ortodoxia y la heterodoxia nunca logran explicar. (15)

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Notas:
7) Stiglitz Joseph, “La crisis no ha terminado”, Clarin 15-9-09. Roubini Nouriel, “The risk of a double-dip recession is rising”, Financial Times, 23-8-09
8) Algañaraz Julio, “Argentina del Báltico”, Clarín, 28-2-09, Ferguson Niall, “Tan endeudados como Argentina”, Clarín, 11-2-09, The Economist, “Argentina en el Danubio”, 1-3-09, Krugman Paul, “La economía mundial corre el riesgo de un largo estancamiento”, Clarín, 5-7-09.
9) Clarín, 24-3-09.
10) Esta política es retratada por Hossein Zadegh Ismael, “The Wall Street coup and the bailout cam”, www.counterpunch.org/prashad, 21-10-08, Hossein Zadegh Ismael, “Too big to fail: a Bailout Hoax” www.huffingtonpost.com,2-2-09
12) Estos efectos son documentados por Moore Michel “Adiós a General Motors”, Página 12, 5-6-09.
12) Castro Jorge, “El G 20, en busca de retomar el control sobre las finanzas mundiales”, Clarín, 20-9-09. Castro Jorge, “Al final, la temida recesión mundial ha sido breve y leve”, Clarín, 13-9-09.
13) Es la postura de Vanoli Alejandro, “Cómo salir de un orden financiero ineficaz y cruel”, Clarín, 26-02-09 Lavagna Roberto, “La crisis global reclama reformas no cosméticas”, Clarín, 24-2-09.
14) Stiglitz Joseph, “Un nuevo sistema de crédito es vital para frenar esta crisis”, Clarín, 11-4-09.
15) Hemos expuesto nuestra caracterización de la crisis en: Katz Claudio, “Lección acelerada de capitalismo”, Laberinto, Universidad de Málaga, n 28, 3er cuatrimestre de 2008, Málaga. Katz Claudio, “Codicia, regulación o capitalismo”, Revista Herramienta, n 41, julio 2009, Buenos Aires.

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