martes, 6 de octubre de 2009

Fábricas militarizadas: De Rigolleau a Kraft-Terrabusi

Daniel Cadabón (especial para ARGENPRESS.info)

Era la primavera de 1977, la dictadura militar había cumplido algo más de un año en el poder, pero la represión ya estaba consolidada y el genocidio sumaba víctimas sin solución de continuidad; que el proceso represivo se haya consolidado tan rápidamente se debía fundamentalmente al apoyo civil que recibieron los organismos de inteligencia de la dictadura de parte de los partidos del régimen, de los paramilitares de la derecha peronista (triple A), de las listas facilitadas por los empresarios para eliminar al activismo de las fábricas, etc.

Aunque muchos posteriormente declaraban “que no sabían”, el clima general de opresión estaba instalado y abarcaba sobre todo a los trabajadores. Las razzias policiales y militares se enfocaban fundamentalmente en el transporte público, en las barriadas populares, en las fábricas y en las universidades. 

No había piquetes obreros que interrumpieran el tránsito, pero había retenes militares que impedían llegar al trabajo a horario, llamativamente muchos de esos piquetes militares se realizaban en las paradas de las puertas de fábrica sin importar la hora; “voy a marcar tarde” se desesperaban los trabajadores, “no hay problema está arreglado” respondían los represores a cargo de los operativos, la frase continuaba con un “nada de apurarse, hoy no hay descuentos”, lo que daba cuenta de la complicidad entre la patronal y los milicos para sistematizar el ejercicio represivo. 

La revisión en el trasporte público, era cotidiana, revisaban los bolsos, las carteras y si había alguna sospecha demoraban al sospechado, procediendo a detenciones a granel. Podían ser a las 5 o 6 de la mañana o a las 11 o 12 de la noche, los tipos se tomaban todo el tiempo, requisaban el pasaje armando retenes en los lugares más insólitos. A veces, paraban los trenes entre estaciones y bajaban al pasaje completo en medio de la oscuridad, lo formaban contra las paredes de los vagones para someterlo a una minuciosa revisión que duraba hasta una hora o más. 
 
En medio de este clima de terror los trabajadores de la sección moldería, en la fábrica Rigolleau, pararon por reclamos relacionados con modificaciones a los horarios de descanso, paso previo al quite de la insalubridad y la aplicación del turno de 8 horas. 

Moldería no era una de las secciones más numerosas de la fábrica, pero estaba integrada por obreros calificados: matriceros, ajustadores, torneros, etc. y era calificada como una de las más combativas. 

El paro se inició en el turno mañana y las repercusiones llegaron apenas pasado el medio día. La fábrica fue objeto de una ocupación ruidosa y trágica por fuerzas policiales y del ejército. 
 
La entrada de la policía tuvo características grotescas; dos decenas de uniformados blandiendo itakas y armas de puño corrían por la playa de carga adyacente a la puerta de entrada gritando órdenes y puteando a los trabajadores que circunstancialmente se encontraban en el camino. Los patrulleros hacían ulular las sirenas mientras un cordón armado por uniformados y personas de civil rodeaban la planta haciendo ostensible el armamento pesado. 

Uno de los oficiales se acerca a un obrero que maniobraba con un “sampi” -montacargas- y lo apunta ordenándole que se detenga, el conductor, un joven grandulón y de buen humor, parece marchitarse de golpe, levanta las manos, la expresión de su cara descompuesta por el miedo divierte a los represores que estallan en carcajadas –“seguí pibe, no pasa nada” dice el uniformado contagiando de risa al resto de esbirros que lo acompañan. El operativo “verdugueo” no hacia más que comenzar. 
 
Minutos después, se estacionan dos Falcon verde oliva con los escudos del ejército argentino en la puerta y tres camiones cargados de tropas entran en el patio de carga despertando la curiosidad de los trabajadores del resto de las secciones que seguían con la producción. Los trabajadores de Revisación, Expedición, Automotores, Almacenes, miraban con curiosidad y espanto todo el operativo, mientras comentaban lo sucedido con el compañero del “sampi”. 
 
Un oficial mayor cruzó la playa acompañado por el odiado jefe de personal hacia la sección moldería, lo acompañaban 7 soldados con armas largas y tres personas de civil desconocidas. 

Los supervisores y capataces ordenaban a los trabajadores volver a sus puestos y continuar la producción, se llegó a escuchar “ahora van a aprender estos boludos”, la producción se reinició mientras los “Mercedes” verdes y su carga se calentaban al sol. 
 
La zona de moldería fue cerrada con guardias armados y los efectivos policiales empezaron a recorrer las secciones. Miraban todo con curiosidad infantil, alguno hasta llegó a acercarse para preguntar sobre el funcionamiento de las máquinas y tomar alguna botella del “archa” quemándose la mano y largando una puteada, recibida con risas por parte de los obreros revisores, pequeño acto de resistencia: reírse del desgraciado represor. 
 
Las cosas en moldería no iban bien, el oficial exigía levantar el paro “o van todos presos”, los obreros intentaban explicar la razón de su medida mientras veían a la cara a los soldados armados; “me importa un carajo” sostenía el oficial mayor “el derecho de huelga está suspendido, ustedes no saben o son boludos”. 
 
Moldería paró sola, porque la fábrica había sido diezmada de su comisión interna en el mes de marzo del 76; días antes del golpe la patronal había echado cerca de trescientos trabajadores entre integrantes de la Comisión interna, delegados y miembros de la agrupación Naranja. “La naranja” de Rigolleau, que estaba integrada por compañeros del PRT, entre otros sectores de izquierda, había provocado una verdadera revolución cultural, social y sindical en Berazategui al ganarle el gremio del vidrio a la burocracia peronista. 

La fábrica, pese al poco tiempo que fue dirigida por la agrupación Naranja, había ganado una fuerte tradición combativa en la zona y era referente del conjunto de conflictos que desató el “rodrigado” y las luchas por mejoras en condiciones laborales y salariales. 

La empresa tenía el aval de la dictadura para modificar en corto tiempo gran parte de las conquistas obreras, extensión de turnos, modificación de francos, insalubridad, etc. La lucha por la recuperación de la plusvalía fue, desde siempre, una lucha regada con sangre obrera; la dictadura no era más que el experimento puesto en funcionamiento por el gran capital para que la sangre siguiera corriendo y las ganancias siguieran creciendo. 
 
La militarización de Rigolleau duró apenas unos días, los compañeros de moldería fueron sacados de la fábrica en fila india, con los brazos cruzados sobre sus cabezas y subidos a camiones, posteriormente fueron liberados y algunos despedidos. 
 
La actividad militar-policial dentro de la fábrica dejo sus huellas. Las verduguedas, los aprietes, las amenazas fueron resistidas calladamente por los trabajadores. La fábrica trasformada en cárcel se movía con códigos de resistencia clandestina, pequeñas fallas en la producción, boicot a los represores, charlas y puteadas a ocultas de la mirada policial. La represión dentro de la planta invalidaba cualquier conato organizativo. Ya se sabía de la desaparición de compañeros y del despido selectivo de otros por la simple sospecha de comulgar con las ideas de los anteriores miembros de la Comisión interna. 

La patronal, los milicos y la policía le pusieron un cepo a la palabra: era causal de despido, y quién sabe de que más, el referir a la “antigua” comisión. La resistencia obrera, en esos días de militarización, tomaba así un carácter instintivo, casi individual, donde cada uno buscaba la forma de expresarse en contra de la represión en el lugar de trabajo sin poner en juego ni su empleo, ni su vida. 
 
Quien podía afirmar que los compañeros de moldería en Rigolleau no tenían apoyo en su reclamo del resto de nosotros, como hoy se afirma desde “pagina12” sobre la falta de apoyo de los trabajadores de Kraft-Terrabusi, a los miembros de su Comisión Interna. 

Hay que ser demasiado imbécil o tener la mente fatalmente colonizada por la teoría de los dos demonios para afirmar que el apoyo obrero a sus dirigentes sólo puede ser medido por el paro de la producción en una fábrica militarizada. Es como afirmar que los detenidos en campos de concentración aceptaban la autoridad de sus captores por que no se resistían o no publicaban solicitadas en su diario, denunciando sus pesares. 
 
Cuando el “progresismo” habla de la clase trabajadora, hace notorio que no ha pasado por la puerta de una fábrica en su vida y que, lo que más cerca puede estar de la conciencia de los trabajadores es interpretando la publicidad de “don Carlos” el de la Afip. 
 
La lucha en Kraft no pone en situación de igualdad a una Comisión interna con la embajada yanqui y la patronal kirchnerista; como la lucha de la sección moldería en Rigolleau, no ponía en situación de igualdad a una decena de trabajadores con la dictadura y la patronal. Los escribas de “página” deberían reflexionar sobre eso. 
 
Finalmente a finales del ´77, en una calurosa mañana de diciembre, los militares volvieron con su mensaje a las puertas de la fábrica para evitar que nos contagiáramos de moldería e iniciáramos una resistencia masiva por nuestras reivindicaciones. Esta vez fueron los cadáveres de dos compañeros desconocidos, acribillados a balazos en el interior de un auto con las puertas abiertas, los significantes que nos decían que la lucha por la plusvalía la venía ganando la patronal. 
 
Fuente foto: INDYMEDIA

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