viernes, 9 de octubre de 2009

Sinfonía para un bloqueo

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Por alguna razón, las circunstancias que llevaron a la cancelación del viaje a Cuba de la Orquesta Filarmónica de Nueva York me ha recordado algunos instantes en los cuales la música clásica ha estado ligada a coyunturas trágicas o a momentos estelares de la humanidad; entre los más impresionantes figura la historia de la Séptima Sinfonía de Shostakovich, popularizada precisamente por una orquesta neoyorquina.

Nacido en 1906, en San Petersburgo, Shostakovich contaba con 11 años cuando allí triunfó la Revolución Bolchevique, bajo cuya influencia creció como ejecutante y compositor. En 1925, con gran éxito de público y crítica escribió su Sinfonía No 1. En 1934 compuso la opera Lady Macbeth, a una de cuyas representaciones acudió Stalin, a quien la obra no le agrado, razón suficiente para que fuera duramente criticado y la obra retirada de los repertorios. 

En 1941, cuando la Unión Soviética fue invadida por las tropas nazis, el compositor, junto con otros dos millones y medio de compatriotas, quedó atrapado en el cerco a su ciudad natal, que se prolongaría por 900 días. Bajo aquellas terribles y heroicas circunstancias escribió su Séptima Sinfonía, conocida como “Sinfonía de Leningrado”. Hasta ese momento ninguna obra musical se había difundido de un modo tan espectacular ni tenido un significado tan profundo.

Estrenada el 5 de marzo de 1942 por la orquesta del teatro Bolshoi evacuada a la ciudad de Kuibischev, la función fue transmitida por radio a toda la Unión Soviética y la partitura, llevada a Nueva York donde fue interpretada en la radio por la NBC Symphony Orchestra, bajo la batuta de Arturo Toscanini. Adoptada por los aliados, rápidamente se convirtió en himno de la lucha y la resistencia antifascista. 

Conociendo que el arte no es ajeno a la política por la sencilla razón de que no es ajeno a nada, puedo explicarme que elementos retrógrados lo utilicen contra Cuba, tal como ha ocurrido con el Concierto Paz sin Fronteras, efectuado recientemente en La Habana, lo que no consigo imaginar es por qué en una administración como la de Barack Obama que aboga por “un nuevo comienzo”, se ha impedido a la Filarmónica de Nueva York viajar a La Habana y actuar ante las élites culturales cubanas. 

Se dice que el presidente toleró la intromisión del Departamento del Tesoro que prohibió el viaje de 150 mecenas que se disponían a acompañar a la orquesta por presiones del legislador de origen cubano Bob Menéndez, quien condicionó su apoyo al proyecto de reforma del sistema de salud a la prohibición del viaje de la orquesta a La Habana. Todavía hay quienes no creen que Obama pueda prestarse a tan repugnante tráfico de influencias. 

Sería extraño porque, tratándose de un intelectual, autor de cuatro libros, tres de ellos escritos antes de ser senador y presidente, mérito que comparte con JFK, debería saber que, a la larga, entre aquello que el poder no puede someter figura el arte cuya naturaleza lo hace inmune a las bajas pasiones. 

Los censores pueden suprimir textos, prohibir canciones, dinamitar esculturas y excluir intérpretes, mas no pueden impedir que una y otra vez, con una u otra factura, las obras de arte y sus mensajes reaparezcan. Poner fronteras a la música es como tratar de atrapar el viento con una red. 

La Orquesta Filarmónica de Nueva York, conocida en escenarios de todo el mundo, incluyendo los de Corea del Norte donde se presentó el año pasado, no podrá actuar ahora en La Habana en lo que a juicio de la crítica hubiera sido un relevante suceso cultural y el intercambio más importante entre Cuba y los Estados Unidos desde hace cincuenta años. 

El desenlace de las presiones que han conducido a la cancelación de la presentación de la emblemática formación musical, desmiente el clima de apertura y tolerancia que hace apenas unas semanas permitió la celebración en la Habana del Concierto Paz sin Fronteras y abre nuevas interrogantes acerca de la real voluntad de la administración de remover obstáculos y descontinuar prácticas absurdas.

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