martes, 13 de octubre de 2009

Vaticano II, el Concilio de un Papa tonto pero no tan tonto

Domingo Riorda (ECUPRES)

El 11 de octubre de 1962 se inició el Concilio Vaticano II, monumental evento llevado a cabo por personalísima decisión de Juan XXIII a quien se lo veía como un simple Papa de transición y se lo promocionaba como el Papa campesino y el Papa tonto.

El conocía esos adjetivos. Con su buen sentido de humor, en una oportunidad que comentó a sus hermanos “Mis queridos hermanos, quizás hayan escuchado que me llaman el papa campesino, el papa que no conoce los idiomas; acuérdense sin embargo que si uno es un tonto no lo llaman aquí en Roma para ser el Papa" (*)

En aquella segunda semana del octubre del 62, unos dos mil quinientos obispos se dieron cita en Roma Algunos expectantes por una nueva época en la Iglesia Católica Romana. Otros, entre ellos los de altos cargos en la curia vaticana, confiados de que no pasaría más allá de un momento de impacto y que “Cuando se cansen de bostezar, los obispos volverán a casa”

En su discurso inaugural, el Papa tonto pero no tan tonto, dio muestras de que conocía esos decires “que disturban nuestros oídos”, esas palabras que provienen de “personas que tienen gran celo religioso” pero “carecen de sentido suficiente para valorar correctamente las cosas” y “son incapaces de emitir un juicio inteligente”

Al pan pan y al vino vino, el Papa de la claridad de la vida especifica su diferencia capital con la de esa gente que sostienen la creencia de que “la situación actual de la sociedad humana está cargada sólo de indicios de ocaso y de desgracia” por lo que “repiten incesantemente que nuestro tiempo se deteriora continuamente en comparación con el pasado”

Sin temblar se introduce en la problemática de la conducta de vida. Esas personas “Se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, maestra de la vida, como si en tiempos de los concilios anteriores la doctrina cristiana, las costumbres y la libertad de la Iglesia hubieran sido puras y correctas”.

Así es que denuncia a “estos profetas de desdichas, que prevén constantemente la desgracia, como si el mundo estuviera a punto de perecer” haciendo gala de su capacidad y coraje. Para el Papa Roncalli en los nuevos tiempos “hay que reconocer más bien un plan oculto de la providencia divina” que “persigue su propia meta con el decurso de los tiempos, mediante las obras de los hombres y, casi siempre, superando las expectativas de éstos"

El Papa campesino podría ser conservador, sin embargo sostiene que hay que dar "un salto hacia adelante en la fundamentación de la verdad y en la formación de la conciencia”. Si bien esa tarea “requiere abundantes dosis de paciencia” hay que hacerla pues ya que debe iluminarse los interrogantes que se plantean “el magisterio tiene como misión fundamental y esencial el servicio a la pastoral” Sentencia aleccionadora y dura, que baja la pica para desalojar la idea del magisterio refugiado en la sotana de las palabras y gestos exigiendo sumisión a la feligresía y vuelve a colocar en el lugar que corresponde la propuesta de Jesús sobre el servicio a las personas.

El rescate del ejercicio de la libertad se encuentra en esa frase que repite una y otra vez "Preocupémonos por lo que une, y dejemos aparte, lo que nos divide" Expresión que no implica ser buenitos y darse palmaditas, sino debatir y discutir en serio, sin miedo a la guillotina de la represión ni del chaleco de fuerza de obligada uniformidad.

Esa ventana abierta a la libertad es la que posibilitó la entrada de los vientos renovadores, que ya en la primera sesión de Vaticano II mostraban hacia donde soplaba.

Pronto se constituyo una mayoría de obispos que se animaban oponerse abiertamente al propósito de la Curia vaticana de reducir el Concilio a una rápida confirmación de los programas preparados en Roma.

El campesino lector de los vientos, erigido en Papa, advierte que algunos estaban preocupados por el lenguaje violento que no pocos obispos usaban en el Concilio. En una reunión con los obispos enfrentó esa preocupación. Les dijo “¿de qué se preocupan? No son un grupo de monjas que tienen que estar siempre de acuerdo con la madre superiora”

La época del disenso se abría en la ICR con el impulso de la búsqueda de la verdad y dejar de lado la campaña en encontrar el error. No tiene problemas en catalogar este abrir como la “primavera” de la iglesia ni tampoco usar el término “la reforma permanente” de la Iglesia, sabiendo que era un lema del protestante Juan Calvino con aquello de la “iglesia siempre reformada”

El obispo de Roma triunfa en cuanto a que sus pares impulsen la apuesta de que en el mundo aparece un nuevo orden de las relaciones humanas que exige examinar como presentar las verdades de la fe en la cultura moderna. Para ello, además de la seriedad en la investigación debe estar presente “la expresión literaria que exige el pensamiento moderno”.

Da un giro copernicano en el intercambio humano. Apela a “la medicina de la misericordia más que la de la severidad”, practicar el amor más que la condena, tanto en la interna del catolicismo romano como en la propuesta de la unidad cristiana

Vaticano II, que al decir de Juan XXIII surgió “como la flor espontánea de una primavera inesperada”, fue fiel a la Revelación y a la Tradición, según la ICR, con el propósito del "aggiornamento", dado que los tiempos han cambiado y existen otras necesidades.

Privilegió la orientación pastoral más que la dogmática. Avanzó en lo ecuménico. Se abrió al mundo. Una muestra, entre otras, fue la activa participación en el enfrentamiento Kennedy-Kruschev, por la interpretación de que en Cuba se establecía una base nuclear rusa. En la discusión ideológica, el Papa del cariño y del amor, siempre distinguió entre personas y doctrinas y aprovechó siempre lo que acerca y no lo que divide.

Ahora, a poco de cumplir sus 50 años, Vaticano II fue depositado en la trastienda del Vaticano. Benedicto XVI es uno de los gestores más importantes para esconder el evento más importante de la historia eclesial del siglo XX.

Las causas del desmerecimiento de Vaticano II pueden ser enfocadas desde distintos ángulos con resultados inesperados. Desde lo doctrinal/dogmático y la Tradición no se le puede acusar de nada. Bajo la óptica de privilegiar lo pastoral a lo doctrinal tampoco. Desde los fundamentos de sus resoluciones tampoco.

Una clave para la desconsideración de Vaticano II se encuentra en el objetivo, que fue el aggiornamiento. La primavera de la iglesia. Esto tiene que ver más con la actitud que con la fundamentación doctrinal/dogmática/tradición a la que se es proclive. Esa posición conlleva a cambiar las relaciones humanas. Vuelve a la misericordia y deja de lado la severidad y la condena. Reestablece el rostro humano del evangelio.

Evidente que BXVI, ya cuando era Joseph Alois Ratzinger, tiene una actitud opuesta. Se hace notar mediante la condena bajo el manto protector de la supuesta defensa de la doctrina. Se nutre del arca del pasado para repetirlo, mientras que Juan XXII lo buscaba para valorarlo bajo la consigna de la iglesia siempre renovada. Juan XXII apela al movimiento del Espíritu, que como el viento no se sabe bien hacia donde va, pero seguro de la guía de Dios. BXVI se parapeta detrás del muro presuntamente intelectual, dirigido para encerrarse en la torre Vaticana contra cualquier intento de novedad humana.

Dado que no es una cuestión teológica, doctrinal, de negación de la Tradición o de falta de respeto a la institución y resaltando la actitud la problemática humana se plantea el acercamiento desde óptica de la diferencia de la clase social.

El Papa tonto pero no tan tonto, es campesino, pobre. El Papa intelectual pero no tan intelectual, burgués, de condición económica aceptable .Uno ve el nazismo desde el país que sufre la opresión. El otro, vive dentro del nazismo. Uno que se decide ser sacerdote para servir a los pobres. El otro porque en su niñez es impresionado por las vestimentas de un obispo. Uno, se mantiene firme en la defensa de su clase social. El otro, que en el inicio de su carrera cuestiona puntos dogmáticos y eclesiales, se va acomodando bajo el síndrome de su clase social que lo impulsa a defender el status quo. Uno, desarrolla su ministerio en el ejercicio del servicio. El otro para alcanzar títulos y privilegios.

Resulta evidente que Juan XXII, en la misma situación que BXVI, nunca hubiera dicho las cosas que dijo BXVI sobre los musulmanes, los aborígenes latinoamericanos, las condenas a Teólogos críticos, desmerecer a los africanos y africanas con su opinión sobre los preservativos, la discriminación a los protestantes ni desfasarse de la realidad cotidiana de la vida como lo hace el actual Papa.

Vaticano II lleva en su germen la promoción del pobre para que levante su cabeza y luche por el lugar que le corresponde. El pobre aparece como un sujeto activo, protagonista de la historia. BXVI reafirma la actitud de asistir al pobre y lo hace con eficaces organizaciones, como Caritas, pero que no se desprende de la historia de las señoras del te de beneficencia, para recaudar dinero y comprar alimentos y ropa para los pobres, mientras sus esposos los explota en las minas y en las fabricas. El pobre, pasivo, recibe las sobras para la subsistencia.

Para quienes defienden la pecaminosa diferencia de clases y las estructuras donde los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, Vaticano II es subversivo. Como tantas otras veces el ataque tiene la expresión de las grandes premisas, la pureza doctrinal. La alfombra de las palabras que esconde las inmundicias de las egoístas actitudes humanas. Ya lo decía Jesús, cuando vio a unos piadosos religiosos orar en público con grandes discursos. Dirigiéndose a sus discípulos les advirtió “Ustedes no sean como ellos”

Hace unos añitos, allá por el siglo I, el Apóstol Pablo escribió una carta a la iglesia que estaba en Corintio. De entrada, en el capitulo uno de su primer envío, les dice “aunque la gente de este mundo piensa que ustedes son tontos y no tienen importancia, Dios los eligió para que los que se creen sabios entiendan que no saben nada”.

*) El material promotor de esta nota fue el artículo Juan XXIII, publicado en la revista Umbrales en el año 2000 y enviado por Movimiento Teología de la Liberación–Chile y Movimiento También Somos Iglesia–Chile.

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