martes, 24 de noviembre de 2009

China debe ser consciente de las intenciones ocultas en la diplomacia climática de Occidente

Yu Zheng (XINHUA)

Sigo tosiendo después de una breve visita a un país en desarrollo, no por la gripe A (H1N1) sino por la exposición continuada al fuerte olor del petróleo y de las emisiones contaminantes que envolvían unas carreteras llenas de coches obsoletos de más de 20 años.

Casualmente, un compañero me dijo que la contaminación del aire de un país montañoso en el que estuvo recientemente era diez veces mayor que la de Beijing, aunque no supo darme ningún dato científico.

A pesar de que muchos residentes de Beijing, incluidos los extranjeros, todavía no están satisfechos con la calidad del aire de la ciudad, el gobierno de la capital china está implementando una de las reglas de restricción de emisiones de vehículos más estrictas del mundo, especialmente desde el verano de los Juegos Olímpicos. La mejora es perceptible.

Tras tres décadas de rápido crecimiento económico, China se ha convertido en la tercera mayor economía del mundo, pero también en uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero.

Al igual que hicieron casi todos los países industrializados en su fase inicial de desarrollo, China escogió un camino de crecimiento basado en un consumo energético poco eficiente y un uso desenfrenado de los recursos naturales.

Ahora, el país asiático está dispuesto a crear una economía más respetuosa con el medio ambiente, no sólo por el bien de su propia población sino por el de todo el planeta. El presidente chino, Hu Jintao, ha prometido una reducción significativa de las emisiones para el 2020, aunque no existe ninguna convención internacional que exija a China hacer ese tipo de promesas debido a su condición de país en vías de desarrollo.

Si pudiéramos volver a las primeras décadas de la industrialización global, China habría sido uno de los estudiantes más disciplinados de la clase por su capacidad de coordinar su propio desarrollo económico con la necesidad de proteger la naturaleza.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, siglas en inglés), aprobada y firmada por más de 192 países, especifica que los países industrializados generan la mayor parte de las emisiones humanas.

Algunos científicos han apuntado que si se tuviera que establecer un tope para cada país de acuerdo con su comportamiento histórico, todas las economías industrializadas que firmaron la UNFCCC ya han generado las emisiones que les corresponden.

Sin embargo, son pocos los países desarrollados de la UNFCCC que pueden ofrecer planes significativos de recorte de las emisiones que se acerquen a las promesas que hicieron hace una docena de años en el Protocolo de Kyoto.

Muchos habitantes de los países más ricos siguen viviendo en casas grandes, conduciendo coches deportivos que utilizan grandes cantidades de carburantes y utilizando lavadoras y secadoras de alto consumo energético.

Lejos de compartir la carga del recorte de las emisiones de acuerdo con el principio de la UNFCCC de "responsabilidades comunes pero diferenciadas", muchos países industrializados están eludiendo sus responsabilidades y pidiendo a los países en vías de desarrollo que hagan contribuciones excesivas.

¿Cómo pueden estos países convertirse involuntariamente en líderes morales que preconizan la necesidad de luchar por un mundo más verde y mejor a pesar de tener una enorme deuda de emisiones con el mundo?

La defensa moral en el diálogo internacional sobre el cambio climático esconde una intención no declarada. A menudo, los poderes que establecen las reglas del juego las siguen defendiendo para conservar su competitividad y proteger sus intereses financieros, sus prestaciones sociales y, consecuentemente, su fortaleza nacional, algo que se ha demostrado tanto en el caso de Bretton Woods, establecido por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, como en la consolidación de la Organización Mundial del Comercio (OMS) y el desarrollo de un mercado global de emisiones.

Convertir las emisiones en un bien con precio es un error, especialmente teniendo en cuenta que Wall Street fracasó en su intento de convertirlo todo en acciones, desde las compañías hasta los seguros de vida e incluso las deudas. Se trata de comercializarlo todo, y esta vez le ha llegado el turno al clima.

Consciente de las amenazas del cambio climático y del calentamiento global, China debería ser consciente del control intencionado de la distribución de la riqueza que algunos llevan a cabo bajo el pretexto de la defensa de nobles ideales.

Aunque el pueblo chino empieza a disfrutar ahora de una situación más acomodada después de haber trabajado diligentemente y haber adoptado una actitud emprendedora, todavía sigue guiándose por las ideas del sabio Lao-Tzu: "Manteneos en armonía con el universo".

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