martes, 10 de noviembre de 2009

El cerco político de las FARC

Mario Rivera Ortiz (especial para ARGENPRESS.info)

En memoria de los estudiantes mexicanos asesinados en Sucumbios, Ecuador, el 1 de marzo de 2008: Verónica Velázquez Ramírez, Juan González del Castillo, Soren Ulises Avilés Ángeles y, Fernando Franco Delgado.

Las FARC son un grupo armado que libra una guerra civil impuesta a sangre y fuego por la oligarquía colombiana y sus patrones yanquis, que actúa como un contrapoder popular en Colombia a partir del asesinato del luchador social liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y la sublevación subsiguiente conocida como El Bogotazo. Desde entonces las fuerzas insurgentes de Colombia han resistido la guerra desatada por la antigua coalición anticomunista y a partir del 11/9, por la alianza antiterrorista conformada principalmente por los gobiernos de los Estados Unidos, Canadá, Unión Europea, Japón, Israel, Perú y Colombia. Hoy, lo ha dicho el embajador estadounidense en Colombia, William Brownfield: “las FARC son un blanco para las tropas yanquis acantonadas en ese país”. Este sería el gran cerco político-militar de las FARC.

Pero hay también un segundo cerco político e ideológico que se ha integrado en su entorno inmediato y que, quiéralo o no, tiende a perjudicar la existencia de las FARC. En esta formación secundaria lamentablemente se cuentan algunos gobiernos que forman parte de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de nuestra América (ALBA). Examinemos algunos hechos y palabras al respecto consumados por algunos gobiernos de los países de este bloque político: el gobierno nicaragüense de Daniel Ortega reanudó nexos diplomáticos con el gobierno de Álvaro Uribe apenas 7 días después de la masacre de Sucumbíos, suscribiendo con ello la impunidad y pasando por alto claras violaciones al derecho internacional; imitando a Ortega, cuatro meses después, Ecuador y Colombia inician un proceso de restablecimiento de sus relaciones diplomáticas mediante los buenos oficios de Jimmy Carter, “constructor de confianza”, al mismo tiempo el presidente ecuatoriano preguntaba: “¿Saben quiénes son los mejores apoyos para Uribe? Las FARC.
Con todas las tonterías que hacen, cuánta popularidad le dan a Uribe.” Y el mismo Rafael Correa se expresó “satisfecho” por el supuesto rescate militar de la Betancourt; , tres meses después el presidente Hugo Chávez, dijo: “La guerra de guerrillas pasó a la historia y ustedes en las FARC deben saber una cosa: se han convertido en excusa del imperio para amenazar a todos. Son la excusa perfecta. El día que haya paz en Colombia se acabará al imperio su excusa, la principal que tiene, el terrorismo…Liberen a los rehenes a cambio de nada” y a continuación felicitó a su “hermano” y “amigo”, Álvaro Uribe, por la liberación de Ingrid Betancourt; , , lo dijo, e inmediatamente fue aplaudido y apoyado por el republicano derechista John MacCain; Evo Morales, presidente de Bolivia, cerró la rosca afirmando que “Ojalá ese movimiento armado (las FARC) pueda hacer una profunda reflexión, y lamento mucho decirle que es el mejor instrumento del imperio en este momento.” También rindió tributo a la vía parlamentaria de la revolución; y hasta Fidel Castro criticó los secuestros de las FARC, aunque se abstuvo de sugerir su desarme incondicional.

De esta manera, casi todos los mandatarios mencionados, de una o de otra forma, estuvieron de acuerdo en censurar a las FARC, mientras que los medios de comunicación, conservadores y liberales, batían palmas, jubilosos, y proclamaban que Uribe estaba más fuerte que nunca y las FARC iban en “caída libre.”

No cabe duda que desde la muerte de Manuel Marulanda Vélez, jefe máximo y fundador de la guerrilla colombiana, el 26 de marzo de 2008, se inició una dura etapa en la vida de las FARC, que bajo fuego cruzado hizo crisis en julio de ese mismo año, cuando al plomo de los “para-contratistas” de Álvaro Uribe se sumó la crítica de la izquierda regional, demandando su autoliquidación en bien de la paz en América del Sur.

Y en un círculo intermedio están los gobiernos burgueses que no califican a las FARC de “terroristas”, como los de Ecuador, Brasil, Argentina, Chile, pero que tampoco les brindan solidaridad de ningún tipo. ¡Al fin y al cabo se sabe que este grupo guerrillero es el que más cercos ha roto en la historia del continente!

No casualmente Álvaro Uribe, jefe del Estado colombiano, el mismo tres de julio de 2008, se apresuró a invitar a las FARC a negociar, precisamente cuando creía que la guerrilla estaba en la lona y que era “fruta madura”. Invitaba Uribe con tal desfachatez, como si no existiese una historia de traiciones en las mesas de negociación, antes y después de la que permitió el gobierno de Pastrana, con la presencia del comandante guerrillero Raúl Reyes, en junio del año 2000. No obstante, Alfonso Cano, actual dirigente de las FARC, hizo una reciente invitación al diálogo a Uribe, quien sólo contestó que Cano no era un interlocutor válido y que era un “bandido”. Uribe confía demasiado en el poder letal de las siete bases militares yanquis instaladas en su tierra. Alguien debería contarle la historia de Dien Bien Phu.

Así pues, no se necesita ser superrevolucionario o ultra -palabras que hoy por hoy no tienen ningún significado frente a las atrocidades de la guerra preventiva practicada por la OTAN e Israel-, para estar en desacuerdo con las opiniones que hemos mencionado y llamar respetuosamente a su pronta reconsideración, máxime que no sabemos si fue agotado el diálogo directo con los interesados más inmediatos antes de ser criticados.

Pero existen otras fuertes razones prácticas que obligan tener prudencia cuando se quiere opinar, desde afuera, sobre las FARC; entre ellas, muy fundamentalmente, y luego de que Barack Obama ha desatraillado sus perros en las selvas ecuatoriales de Sudamérica, el papel central que jugarán los combatientes de las FARC en la resistencia contra las tropas imperiales invasoras.

Imagen: Colombia - FARC-EP, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército Popular

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